01 Julio 2007 Seguir en 

Geoffrey Best publicó Churchill: a Study in Greatness en 2001. Ahora nos llega en versión castellana. Profesor en Edimburgo, Sussex, Oxford, Harvard y Chicago en diversas épocas, el autor es uno de los grandes historiadores británicos contemporáneos. Su maestría brilla en este libro, cuyo estilo ameno esconde una formidable investigación. La inició impulsado por una gran curiosidad, el mayor acicate que un estudioso puede experimentar.
Churchill nació en 1874 en el palacio de Blenheim, hijo de la norteamericana Jennie Jerome y de lord Randolph Churchill. Compartió con su padre rasgos como "egoísmo, audacia, afán de notoriedad, ambición política, picos depresivos, capacidad de resistencia frente a la adversidad, agilidad mental, energía, locuacidad, descaro, dotes para la oratoria, impetuosidad, irreverencia y, en ocasiones, una peligrosa falta de tacto y de discernimiento". Luego de sufrir varios internados, egresó de Sandhurst como oficial y entró en el regimiento de Húsares. Era un experto jinete, muy aficionado al polo. Sirvió en el ejército de la India, en el Sudán, y participó den la batalla de Omdurman, última carga de caballería de la historia. También estuvo en la guerra de Cuba y en la de Sudáfrica. Fue hecho prisionero de los boers y se fugó de modo novelesco. Inevitablemente, dejó el ejército. Era un incordio para sus jefes este oficial indisciplinado, que escribía en los diarios y opinaba con gran libertad sobre asuntos militares. Ya para entonces su enorme talento natural y las copiosas aunque desordenadas lecturas le habían dado una buena prosa, "rica en ironía e ingenio" y en ocasiones "excesivamente densa y campanuda".
Comenzaba el siglo XX cuando entró en la Cámara de los Comunes como diputado conservador; cuatro años después se pasó a los liberales. Cuando estos llegaron al poder, Churchill se desempeñaría sucesivamente como subsecretario de las Colonias, jefe del Ministerio de Comercio y luego del Interior, y primer lord del Almirantazgo. Desde allí fue autor de sustanciales mejoras en la armada y le otorgó gran impulso a la aviación militar, que quedó lista para la Gran Guerra. En el transcurso de esta, propuso el ataque de los Dardanelos. El fracaso de esa operación motivó su ida del gobierno, en 1915. Partió al frente, donde mandó un regimiento de fusileros escoceses. En 1917, Lloyd George lo reincorporó al gabinete: fue ministro de Armamentos y secretario de Guerra y Marina. Perdió su banca en los Comunes en 1922 y sólo la recuperó luego de tres intentos, en 1924, tras variar de partido y volver con los conservadores. Baldwin lo nombró ministro de Economía, cargo que desempeñó hasta 1929.
Se sucedieron diez años de relativa calma política. Churchill los aprovechó para escribir y para dedicarse a la pintura. Al estallar la II Guerra, en 1939, Chamberlain lo llamaría otra vez al Almirantazgo, como miembro del gabinete de guerra. En mayo de 1940, asumió como primer ministro. Nadie ignora su formidable papel en la conducción del conflicto, la forma en que se las arregló para coordinar su acción con los jefes de los países aliados, la serenidad con que enfrentó las horas más difíciles y la forma en que confortó al pueblo y lideró la guerra hasta la victoria. Pero en 1945 perdió las elecciones y debió dejar el ministerio. Regresaría en 1951, hasta su dimisión definitiva en 1955. Murió el 24 de enero de 1965.
La prosa de Best, clara y elegante, en todo momento controla su tema y se las arregla para desplegar un contexto que a muchos historiadores hubiera creado serias dificultades de exposición. Best las vence a todas y no deja sin escudriñar ningún aspecto de Churchill, como estadista y como persona. Entre muchos otros, la enorme influencia que tuvo Clementine, su bella e inteligente mujer. Junto a las dotes de voluntad indomable, genialidad y visión que caracterizaban a Sir Winston, aparecen otros costados: el mal genio, el egotismo, el amor a la aventura y al coqueteo con la muerte, la capacidad para ser tosco e hiriente, la afición a los tragos y a la buena vida. No menos importante es su examen crítico y desapasionado de los libros que escribió, y que cooperaron intensamente para exaltar su celebridad.
El espíritu ecuánime del historiador se declara en el párrafo final. "Cuando Churchill murió", escribe Best, "Gran Bretaña se estaba convirtiendo en una tierra en la que un hombre como él nunca volvería a hallar espacio para prosperar; con una cultura popular cada vez más hostil a sus valores y que, por lo tanto, es probable que no notara o apreciara correctamente sus logros. Espero que mi libro pueda ayudar a hacer sus valores inteligibles y sus logros respetados. En los años 1940 y 1941, Churchill era de verdad el salvador de la nación. Sus logros, contemplados de forma general, justifican su derecho a ser conocido como el inglés más grande de su época. Estoy convencido de que, en esta época posterior, nos ponemos límites si al reconocer los defectos y fracasos de Churchill ya no podemos reconocer sus virtudes y victorias??. (c) LA GACETA
Churchill nació en 1874 en el palacio de Blenheim, hijo de la norteamericana Jennie Jerome y de lord Randolph Churchill. Compartió con su padre rasgos como "egoísmo, audacia, afán de notoriedad, ambición política, picos depresivos, capacidad de resistencia frente a la adversidad, agilidad mental, energía, locuacidad, descaro, dotes para la oratoria, impetuosidad, irreverencia y, en ocasiones, una peligrosa falta de tacto y de discernimiento". Luego de sufrir varios internados, egresó de Sandhurst como oficial y entró en el regimiento de Húsares. Era un experto jinete, muy aficionado al polo. Sirvió en el ejército de la India, en el Sudán, y participó den la batalla de Omdurman, última carga de caballería de la historia. También estuvo en la guerra de Cuba y en la de Sudáfrica. Fue hecho prisionero de los boers y se fugó de modo novelesco. Inevitablemente, dejó el ejército. Era un incordio para sus jefes este oficial indisciplinado, que escribía en los diarios y opinaba con gran libertad sobre asuntos militares. Ya para entonces su enorme talento natural y las copiosas aunque desordenadas lecturas le habían dado una buena prosa, "rica en ironía e ingenio" y en ocasiones "excesivamente densa y campanuda".
Comenzaba el siglo XX cuando entró en la Cámara de los Comunes como diputado conservador; cuatro años después se pasó a los liberales. Cuando estos llegaron al poder, Churchill se desempeñaría sucesivamente como subsecretario de las Colonias, jefe del Ministerio de Comercio y luego del Interior, y primer lord del Almirantazgo. Desde allí fue autor de sustanciales mejoras en la armada y le otorgó gran impulso a la aviación militar, que quedó lista para la Gran Guerra. En el transcurso de esta, propuso el ataque de los Dardanelos. El fracaso de esa operación motivó su ida del gobierno, en 1915. Partió al frente, donde mandó un regimiento de fusileros escoceses. En 1917, Lloyd George lo reincorporó al gabinete: fue ministro de Armamentos y secretario de Guerra y Marina. Perdió su banca en los Comunes en 1922 y sólo la recuperó luego de tres intentos, en 1924, tras variar de partido y volver con los conservadores. Baldwin lo nombró ministro de Economía, cargo que desempeñó hasta 1929.
Se sucedieron diez años de relativa calma política. Churchill los aprovechó para escribir y para dedicarse a la pintura. Al estallar la II Guerra, en 1939, Chamberlain lo llamaría otra vez al Almirantazgo, como miembro del gabinete de guerra. En mayo de 1940, asumió como primer ministro. Nadie ignora su formidable papel en la conducción del conflicto, la forma en que se las arregló para coordinar su acción con los jefes de los países aliados, la serenidad con que enfrentó las horas más difíciles y la forma en que confortó al pueblo y lideró la guerra hasta la victoria. Pero en 1945 perdió las elecciones y debió dejar el ministerio. Regresaría en 1951, hasta su dimisión definitiva en 1955. Murió el 24 de enero de 1965.
La prosa de Best, clara y elegante, en todo momento controla su tema y se las arregla para desplegar un contexto que a muchos historiadores hubiera creado serias dificultades de exposición. Best las vence a todas y no deja sin escudriñar ningún aspecto de Churchill, como estadista y como persona. Entre muchos otros, la enorme influencia que tuvo Clementine, su bella e inteligente mujer. Junto a las dotes de voluntad indomable, genialidad y visión que caracterizaban a Sir Winston, aparecen otros costados: el mal genio, el egotismo, el amor a la aventura y al coqueteo con la muerte, la capacidad para ser tosco e hiriente, la afición a los tragos y a la buena vida. No menos importante es su examen crítico y desapasionado de los libros que escribió, y que cooperaron intensamente para exaltar su celebridad.
El espíritu ecuánime del historiador se declara en el párrafo final. "Cuando Churchill murió", escribe Best, "Gran Bretaña se estaba convirtiendo en una tierra en la que un hombre como él nunca volvería a hallar espacio para prosperar; con una cultura popular cada vez más hostil a sus valores y que, por lo tanto, es probable que no notara o apreciara correctamente sus logros. Espero que mi libro pueda ayudar a hacer sus valores inteligibles y sus logros respetados. En los años 1940 y 1941, Churchill era de verdad el salvador de la nación. Sus logros, contemplados de forma general, justifican su derecho a ser conocido como el inglés más grande de su época. Estoy convencido de que, en esta época posterior, nos ponemos límites si al reconocer los defectos y fracasos de Churchill ya no podemos reconocer sus virtudes y victorias??. (c) LA GACETA
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