
Varias cuestiones saltan al punto. ¿Nos consideraremos dueños y responsables de nuestros actos si ellos están previstos y determinados? ¿O acaso es posible una conciliación entre libertad y determinismo? Como se desprende de suyo, las respuestas están supeditadas a las distintas corrientes filosóficas, cada una de las cuales ha forjado una idea particular de conceptos, tales como el de las acciones libres, la responsabilidad, la valoración de las acciones buenas o malas, el perdón, el arrepentimiento. Si damos por existente el destino, ni el bueno merece elogios por sus acciones, ni el malo, castigos o desprecio por las suyas. Como dice E. W. Stevens: "Creer en un destino inmutable e inscrito en el gran libro de la suerte equivaldría a descorazonar todas las iniciativas y obstruir todas las perseverancias".
Distintos significados
Antes de seguir conviene señalar dos conceptos o en todo caso dos significados de la palabra "destino". Creo que, junto al concepto religioso o metafísico de destino, concebido como un poder superior que gobierna la vida de los hombres, hay otro sentido que podría llamar antropológico, el cual -hasta donde yo sé- no se ha convertido suficientemente en blanco de reflexiones. Ilustraré este segundo sentido con algunas citas:"Cada cual se fabrica su destino" (Cervantes). "Que yo fui el arquitecto de mi propio destino" (Amado Nervo). "Tendremos el destino que nos hayamos merecido..." (Einstein). Recalco que no hay en este uso de "destino" alusión a un poder superior sino la afirmación de que las acciones y consecuencias de las acciones son fruto de la propia voluntad, de la libertad de las decisiones. Es algo así como si declaráramos "Yo soy mi destino". Resulta evidente ahora la coexistencia de dos nociones de "destino". El destino metafísico es inevitable; en cambio, el destino antropológico entraña autonomía de la voluntad, exalta la libertad, la responsabilidad, la moral. Responder al destino propio es responder a sí mismo, a su ser más íntimo. En definitiva, este sentido de destino debiera llamarse de otro modo, y creo que quienes lo usan quieren a toda costa exaltar la libertad humana en desmedro de los poderes del destino.
A continuación sólo tendré en cuenta el destino metafísico, según el cual los hechos van a ocurrir necesariamente, hagamos o dejemos de hacer las cosas. Esto es, era inevitable que ocurriera lo que ocurrió porque todo está sometido a la inexorable fatalidad. De este modo, la inevitabilidad del destino afecta por igual al pasado y al futuro. "El que está destinado a morir ahorcado no morirá ahogado", comenta Cicerón en De Fato. Esquilo expresa: "Lo que deba ser, será", "Nadie lucha contra el destino". Séneca: "Los destinos conducen al que consiente; arrastran al que no quiere." Estas ideas dieron pie al llamado argumento perezoso. Si estoy enfermo y destinado a curarme no tengo para qué recurrir al médico; si mi destino es no curarme, la participación del médico es inútil. En ambos casos no haré nada porque nada se puede contra la fatalidad del destino.
Se advierte fácilmente que esta idea del destino involucra la de un poder situado más allá de las posibilidades electivas del hombre, de una fuerza superior que lo tiene sometido y sojuzgado porque su frágil condición humana lo torna impotente para modificar lo ya determinado. Esta idea con diferentes matices es común a todas las cosmogonías y religiones: entre los árabes, el destino de cada hombre está fijado en la mente de Alá. Entre los griegos, las palabras para designar el destino son: eimarméne y moira; la primera apunta a la palabra de los dioses que determina lo que sucederá en el modo de la conexión causal, y la segunda pone énfasis en la parte o porción de la vida que a cada uno le toca en suerte, según lo ordenado por el dios. Ambas expresan, de esta manera, cierta forma de determinismo, esto es, el poder supremo al cual están sometidos no sólo los hombres sino los mismos dioses.
En las obras de los grandes trágicos de la literatura griega hallamos ecos de esta necesidad misteriosa y tremenda y su relación con el obrar humano. Solón expresa: "Si por vuestra debilidad habéis sufrido no echéis la culpa a los dioses".
También el estoicismo abordó la inevitabilidad del destino; hay una determinación cósmica que rige todos los acontecimientos, un ordenamiento de todo lo que ocurre desde la eternidad, regidos por una ley o logos divino. Ante el destino el sabio no tiene otro recurso que aceptarlo. Y son precisamente los estoicos quienes plantearon la relación que se convertirá en clásica, la oposición entre la necesidad causal y la libertad. Si existe la necesidad causal cósmica no existe la libertad porque no hay espacio disponible para el ejercicio espontáneo de la voluntad. Con todo, algunos estoicos trataron de conciliar de distinta manera el determinismo y la libertad, como es el caso, entre otros, de Séneca, quien creía en la eficacia del voto, de la plegaria para abrir una brecha de libertad en la fuerza del destino. Lo que importa es que este problema de la libertad y necesidad plantea el tema de la conciliación que diversos autores intentan resolverlo de manera diferente.
Dios, libertad y predestinación
Notables filósofos y teólogos cristianos se aplicaron con denuedo a hacer compatible la libertad, la necesidad, la providencia, la predestinación y la omnipotencia divina. La providencia (del latín pro-videre, ver antes) es la visión que Dios tiene de las cosas, sucesos o personas antes de que acontezcan, y esta visión parece oponerse, según algunos, a la predestinación según la cual unos hombres están predestinados por Dios a la salvación -la gracia y la gloria- y otros a la condena eterna. Esta oposición -que simplifico aquí por estar más allá de mis alcances- de salvación y condena eternas ha sido motivo de sutiles controversias entre los teólogos católicos y protestantes, prolongada controversia que arranca sobre todo con San Agustín y llega hasta nuestros días.
Son, en verdad, difíciles o más bien enigmáticas estas cuestiones porque en el fondo ocultan la insondabilidad de un misterio. La existencia del destino no es susceptible de comprobación ni de refutación, pues quien lo intentara para dejar a salvo la libertad estaría en la situación que escribe la famosa aporía del "asno de Buridán" que se murió de hambre por no saber elegir uno de los dos haces de heno iguales y situados a la misma distancia que estaban a su alcance.
Alternativas
Ahora podemos preguntarnos: ¿qué actitud asumen los hombres frente al destino? Las respuestas posibles son: 1) Aceptarlo, esto es, asumirlo tal como es. 2) Negarlo sin más ni más porque torna imposible la libertad. 3) Aceptarlo, pero no cejar en sus acciones voluntarias como forma de hacer compatibles el determinismo y la libertad. Este es el sentido del viejo dicho español: "A Dios rogando y con el mazo dando" y el del símil que emplea Pierre Grimal hablando del destino en su estudio sobre Virgilio: "? cada uno de nosotros es semejante a un pez enganchado a un anzuelo que tira el pescador; podrá agitarse, ir a la derecha o a la izquierda, pero será arrastrado hacia la orilla".
Y ¿cuál es la lección filosófica que podemos extraer de la relación de estos dos grandes misterios; el Destino y la Libertad? ¿Acaso obramos de distinta manera cuando creemos en el destino que cuando lo negamos? Pienso que la libertad real, la que ponemos en ejercicio diariamente al actuar deslindando responsabilidades, la que impone castigos y recompensas, alabanzas y censuras está tan arraigada en el espíritu humano que prescinde totalmente de la creencia en el Destino. Un juez que cree en el Destino no deja por ello de castigar a quienes han delinquido. Prescindiendo aquí de las limitaciones naturales y sociales que condicionan a la libertad, me permito modificar una frase de Spinoza y expresar: sentimos y experimentamos que obramos con libertad, independientemente de creer o no creer en el Destino. La Libertad, en este caso, es el fruto de una plena autonomía espiritual y el Destino sólo muestra su figura fantasmal en los instantes en que nos entregamos a reflexiones de alto vuelo teórico. (c) LA GACETA







