24 Junio 2007 Seguir en 

¿Cómo contar la historia de un héroe -o de un loco, tal vez bienintencionado, todo depende- eludiendo el relato maniqueo? ¿Cómo contar la vida de un hombre que, obedeciendo a lo que él llama la palabra de Dios, lucha por una causa sin duda justa, pero que en el proceso de esa lucha sacrifica a los suyos, siembra muerte y destrucción y termina en la horca? La historia registrará el accionar de ese hombre con su cronología y su documentación, y hasta lo juzgará, y dirá que John Brown fue un héroe y un mártir, o dirá que fue un loco asesino, según las simpatías del historiador.
Es la literatura -como lo supo Sarmiento al textualizar la vida de Facundo Quiroga- la que ofrece mayor libertad para abordar las facetas más intrincadas y contradictorias de una personalidad de peso en los avatares históricos de un pueblo. Y lo esencial está en cómo escribir esa narración. Y ese “cómo” incluye aspectos diversos, desde el narrador que contará la historia hasta el estilo que se imprimirá a su discurso, desde la distribución de las secuencias temporales hasta lo que se omitirá para no abusar de las peripecias. El autor deberá además urdir la trama en torno de temas -isotopías- que, reiterados a lo largo del relato, refuercen su coherencia. En una palabra, deberá crear arte a partir de la realidad.
Rompenubes
Russell Banks (EE.UU,1940) lo hace, y lo hace muy bien en las 717 páginas de su undécima novela, Rompenubes, en la que ficcionaliza la vida del antiesclavista John Brown (1800-1859). El narrador es uno de los hijos de Brown, sobreviviente de la batalla de Harpers Ferry, Virginia, último acto de la lucha de su padre contra la esclavitud antes de ser apresado, juzgado y ejecutado. Owen Brown, tercero de los 20 hijos que el caudillo abolicionista engendró con sus dos sucesivas esposas, es en la novela un viejo ermitaño que compagina sus recuerdos medio siglo después de los hechos, para una académica que busca su testimonio para su investigación sobre Brown. Como hijo y como miembro de la pequeña compañía armada que había constituido el “ejército” de Brown, Owen se retrata fascinado por la noble empresa de su padre, cayendo casi hipnóticamente bajo su influjo, pero alejándose al vislumbrar lo absurdo de una lucha condenada al fracaso.
Es Owen quien se interroga y se explaya en comentarios sobre el sentido de la trayectoria de Brown. Con él entramos en ese hogar disciplinado y prolífico regido por la religiosidad profunda del padre, activo miembro de la cadena de postas solidarias para esclavos fugitivos conocido como el “ferrocarril subterráneo”, o “clandestino”, como lo llama Cristina Piña en su muy buena traducción. Es Owen quien pinta la personalidad mística y aguerrida de Brown y su pasión antiesclavista. A través de Owen lo vemos consultando su único “tratado” de estrategia militar: la Biblia. Banks construye a Owen como el hombre común, el que imaginará décadas después cómo habría sido la vida familiar si su padre no hubiese albergado la ingenua idea de que los esclavos, al conocer sus nobles propósitos, matarían a sus amos y se plegarían a la lucha. Sin saber de Marx, Brown vio a la violencia como partera de la historia. Y si bien hizo falta la Guerra Civil (1861-1865) para llegar a la emancipación, queda flotando la pregunta que Owen se formula: esa violencia... ¿no empujó al Sur a separarse, como garantía de supervivencia del régimen esclavista, provocando así la reacción armada del Norte para impedir la fractura de la Nación? Owen, además, asocia la esclavitud del negro con otras esclavitudes irresueltas, como la de la mujer o la de los mineros ingleses, y la crónica deviene filosofía de la historia.
Owen ve en su padre un profeta bíblico, un Abraham conductor de un pueblo y presto a sacrificar a Isaac en aras del llamado que supone divino. Y como tantos “profetas” de la historia, dispuesto a enviar jóvenes a la muerte. Y no hay ángel que les arrebate el cuchillo. Vano el deseo de John Greenleaf Whittier, el poeta que, tras celebrar al héroe en su poema John Brown de Osawatomie, dice: “muera con él la estupidez que busca el bien a través del mal”.
Ecos del presente
Mártir y símbolo. Sucede con los que mueren por una causa capaz de sobrevivirlos. Un viejo himno independentista prestó su música a otros versos: “John Brown’s body lies amolder’d in the grave”, frase que se repite dos veces más para derivar en el grito de batalla: “... but his soul goes marching on”. Henry Thoreau, el solitario de Walden, lo llama “Angel de Luz”, y así tituló Joyce Carol Oates la novela que concibe como reescritura de la muy griega Orestíada, en la que el Agamenón de Esquilo es un personaje idealista hasta la desesperación, descendiente directo de John Brown y, como él, victimizado por una “justicia” carente de autoridad moral.
Rompenubes se integra a la literatura yanqui consciente del legado de los grandes narradores anglófonos. Dice Banks: “A veces tengo la sensación de que escribo para Chaucer, para James Joyce, para Hemingway”. Y por cierto, lo hace desde su país: Banks usa recursos que ubican la génesis del relato en el mismo yunque donde el simbolismo se nutrió de la herencia puritana, aquel en el que la descripción de escenas de acción se armó con los martillazos precisos de Fenimore Cooper, donde el paisaje nativo -los magníficos Adirondacks del norte del Estado de Nueva York- se forjó con los románticos, y la dicción aprendió a ser cauta y precisa al soplo del fuelle de Hemingway.
Rompenubes (Cloudsplitter) significa Tahawus, el nombre nativo del monte Marcy, el más alto de los Adirondacks, favorito de Brown, erguido y recto como él. Así lo retrata Banks. Intimidante, tal vez, como todo profeta que se arroga la interpretación de la voluntad divina. Banks sabe encontrar en la historia ecos que hablan del presente y al presente. Sospecho que con pocas esperanzas de ser escuchado. © LA GACETA
Bibliografía
- Armada, Alfonso. Russell Banks y el misterio de la conciencia. Cultura y Nación (diario Clarín), 21-9-2003, p. 3.
- Banks, Russell. Rompenubes. Buenos Aires, Losada, 2007.
- Monmany, Mercedes. El cronista del naufragio. Cultura y Nación, 21-9-2003, p. 3.
- Oates, Joyce Carol. Angel of Light. Nueva York. Elsevier-Dutton, 1981.
Es la literatura -como lo supo Sarmiento al textualizar la vida de Facundo Quiroga- la que ofrece mayor libertad para abordar las facetas más intrincadas y contradictorias de una personalidad de peso en los avatares históricos de un pueblo. Y lo esencial está en cómo escribir esa narración. Y ese “cómo” incluye aspectos diversos, desde el narrador que contará la historia hasta el estilo que se imprimirá a su discurso, desde la distribución de las secuencias temporales hasta lo que se omitirá para no abusar de las peripecias. El autor deberá además urdir la trama en torno de temas -isotopías- que, reiterados a lo largo del relato, refuercen su coherencia. En una palabra, deberá crear arte a partir de la realidad.
Rompenubes
Russell Banks (EE.UU,1940) lo hace, y lo hace muy bien en las 717 páginas de su undécima novela, Rompenubes, en la que ficcionaliza la vida del antiesclavista John Brown (1800-1859). El narrador es uno de los hijos de Brown, sobreviviente de la batalla de Harpers Ferry, Virginia, último acto de la lucha de su padre contra la esclavitud antes de ser apresado, juzgado y ejecutado. Owen Brown, tercero de los 20 hijos que el caudillo abolicionista engendró con sus dos sucesivas esposas, es en la novela un viejo ermitaño que compagina sus recuerdos medio siglo después de los hechos, para una académica que busca su testimonio para su investigación sobre Brown. Como hijo y como miembro de la pequeña compañía armada que había constituido el “ejército” de Brown, Owen se retrata fascinado por la noble empresa de su padre, cayendo casi hipnóticamente bajo su influjo, pero alejándose al vislumbrar lo absurdo de una lucha condenada al fracaso.
Es Owen quien se interroga y se explaya en comentarios sobre el sentido de la trayectoria de Brown. Con él entramos en ese hogar disciplinado y prolífico regido por la religiosidad profunda del padre, activo miembro de la cadena de postas solidarias para esclavos fugitivos conocido como el “ferrocarril subterráneo”, o “clandestino”, como lo llama Cristina Piña en su muy buena traducción. Es Owen quien pinta la personalidad mística y aguerrida de Brown y su pasión antiesclavista. A través de Owen lo vemos consultando su único “tratado” de estrategia militar: la Biblia. Banks construye a Owen como el hombre común, el que imaginará décadas después cómo habría sido la vida familiar si su padre no hubiese albergado la ingenua idea de que los esclavos, al conocer sus nobles propósitos, matarían a sus amos y se plegarían a la lucha. Sin saber de Marx, Brown vio a la violencia como partera de la historia. Y si bien hizo falta la Guerra Civil (1861-1865) para llegar a la emancipación, queda flotando la pregunta que Owen se formula: esa violencia... ¿no empujó al Sur a separarse, como garantía de supervivencia del régimen esclavista, provocando así la reacción armada del Norte para impedir la fractura de la Nación? Owen, además, asocia la esclavitud del negro con otras esclavitudes irresueltas, como la de la mujer o la de los mineros ingleses, y la crónica deviene filosofía de la historia.
Owen ve en su padre un profeta bíblico, un Abraham conductor de un pueblo y presto a sacrificar a Isaac en aras del llamado que supone divino. Y como tantos “profetas” de la historia, dispuesto a enviar jóvenes a la muerte. Y no hay ángel que les arrebate el cuchillo. Vano el deseo de John Greenleaf Whittier, el poeta que, tras celebrar al héroe en su poema John Brown de Osawatomie, dice: “muera con él la estupidez que busca el bien a través del mal”.
Ecos del presente
Mártir y símbolo. Sucede con los que mueren por una causa capaz de sobrevivirlos. Un viejo himno independentista prestó su música a otros versos: “John Brown’s body lies amolder’d in the grave”, frase que se repite dos veces más para derivar en el grito de batalla: “... but his soul goes marching on”. Henry Thoreau, el solitario de Walden, lo llama “Angel de Luz”, y así tituló Joyce Carol Oates la novela que concibe como reescritura de la muy griega Orestíada, en la que el Agamenón de Esquilo es un personaje idealista hasta la desesperación, descendiente directo de John Brown y, como él, victimizado por una “justicia” carente de autoridad moral.
Rompenubes se integra a la literatura yanqui consciente del legado de los grandes narradores anglófonos. Dice Banks: “A veces tengo la sensación de que escribo para Chaucer, para James Joyce, para Hemingway”. Y por cierto, lo hace desde su país: Banks usa recursos que ubican la génesis del relato en el mismo yunque donde el simbolismo se nutrió de la herencia puritana, aquel en el que la descripción de escenas de acción se armó con los martillazos precisos de Fenimore Cooper, donde el paisaje nativo -los magníficos Adirondacks del norte del Estado de Nueva York- se forjó con los románticos, y la dicción aprendió a ser cauta y precisa al soplo del fuelle de Hemingway.
Rompenubes (Cloudsplitter) significa Tahawus, el nombre nativo del monte Marcy, el más alto de los Adirondacks, favorito de Brown, erguido y recto como él. Así lo retrata Banks. Intimidante, tal vez, como todo profeta que se arroga la interpretación de la voluntad divina. Banks sabe encontrar en la historia ecos que hablan del presente y al presente. Sospecho que con pocas esperanzas de ser escuchado. © LA GACETA
Bibliografía
- Armada, Alfonso. Russell Banks y el misterio de la conciencia. Cultura y Nación (diario Clarín), 21-9-2003, p. 3.
- Banks, Russell. Rompenubes. Buenos Aires, Losada, 2007.
- Monmany, Mercedes. El cronista del naufragio. Cultura y Nación, 21-9-2003, p. 3.
- Oates, Joyce Carol. Angel of Light. Nueva York. Elsevier-Dutton, 1981.
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