LARGO CAMINO. Nelson Mandela (en la foto, junto a su vice, Frederick de Klerk) fue presidente tras estar preso durante 27 años. Los contrastes de la sociedad de su país quedan expuestos en Langa, la villa miseria de Ciudad del Cabo.

Gabriel García Márquez decía que cuando miraba un mapa en Buenos Aires sentía que el planeta estaba sobre sus espaldas y que le podía caer encima en cualquier momento. Algo similar le pasa a Sudáfrica. La diferencia es que en los mapas no puede mantenerse erguida como la Argentina. Es un país aplastado por el peso insoportable de un continente que está empantanado en otra época. El que alberga a 18 de las 24 naciones más pobres del planeta. El producto bruto de los 47 países del Africa subsahariana -excluyendo Sudáfrica- es, en conjunto, menor que el de nuestro país. La renta anual per cápita ronda los U$S 500 (menos de dos dólares diarios) mientras que en los países desarrollados supera los 30.000. La sede del Banco Mundial en Washington consume más electricidad que Chad, un país que tiene el doble de tamaño de Francia. Cada doce horas, la misma cantidad de personas que murieron en los atentados a las Torres Gemelas muere de sida en el continente. Cada año, 150.000 madres africanas -una cifra no muy lejana al saldo de víctimas mortales que dejó el tsunami que golpeó a ocho países asiáticos de la zona costera del Indico en 2004- mueren en el parto. El genocidio, por cierto, también es algo habitual en este lado del mundo: 800.000 tutsis fueron masacrados por los hutus hace no muchos años. Y 50.000 sudaneses corrieron igual suerte -que en Africa nunca fue mucha- en 2004. La cuna de la humanidad va tomando la forma de un gigantesco ataúd.Estas escalofriantes estadísticas no son debidamente asimiladas por los países desarrollados. La crisis africana se convierte en noticia en los diarios europeos cuando dos chicos senegaleses aparecen congelados en el tren de aterrizaje de un avión en el que viajaban ocultos hacia Bruselas. O a causa de los permanentes intentos de miles de africanos de penetrar las fronteras de Europa, arriesgando sus vidas en una apuesta que normalmente pierden. Sólo entonces, los invadidos se plantean cuán terrible ha de ser la realidad de la que huyen desesperadamente tantos hombres y mujeres.
El país del contraste
Autos sofisticados y precarias carretas atraviesan modernas autopistas o senderos selváticos que los conducen a imponentes edificios o a chozas rudimentarias. El Primer y el Tercer Mundo se mezclan en Sudáfrica. De acuerdo a una estimación de las Naciones Unidas, si la Sudáfrica blanca fuera un país autónomo estaría entre los 25 más desarrollados del mundo. La Sudáfrica negra, en cambio, ocuparía la posición 123. Quedaría ubicada después de Camerún. Ese otro pariente pobre que vive en el patio del fondo en que se ha convertido Africa. En las calles de Johannesburgo o en los suburbios de Ciudad del Cabo o en los valles de Mpumalanga, la desigualdad de la sociedad humana se hace carne. Y rostro.
Uno de cada cinco sudafricanos es portador de HIV. La mayoría se infecta por ignorancia. Otros lo hacen deliberadamente, para obtener un subsidio del Estado. Prefieren morir de sida y no de hambre. La libertad de elección no es libre por aquí.
La tasa real de desempleo supera el 40%, y el promedio de vida no llega a los 50 años. Dos de cada tres sudafricanos mueren de sida, tuberculosis, desnutrición o -si ninguno de estos males dio cuenta de ellos- por violencia física. Porque Sudáfrica tiene una de las tasas de homicidios y violaciones más altas del mundo.
"Todas las noches miembros de bandas armadas se matan entre sí porque la vida aquí no tiene valor", le decía un taxista a quien escribe estas líneas, hace una semana, mientras recorría junto a un periodista de LA GACETA las calles de Langa, donde tiene emplazamiento la mayor villa miseria de Ciudad del Cabo.
El apartheid era parte de la realidad sudafricana hace menos de dos décadas. Los negros y otras minorías raciales, que constituían casi el 90% de la población, no podían votar, vivían en guetos y estaban sometidos a estrictas normas discriminatorias. Necesitaban una visa para ingresar en algunas ciudades, tenían restringido el acceso a muchos lugares reservados sólo para blancos y eran encarcelados cuando se quejaban públicamente de las opresiones del régimen.
Las relaciones sexuales entre blancos y negros estaban prohibidas. Como consecuencia de ello, existe hoy toda una generación de mulatos que fueron abandonados por sus padres: generalmente, blancos que embarazaban a negras que trabajaban en sus casas y a las que obligaban a entregar a sus hijos en los orfanatos. ¿Cómo es posible que en esta sociedad, con la caída del apartheid (ese muro de Berlín sudafricano, concreto pero sin concreto) no haya estallado una guerra civil? La pregunta es ineludible para cualquiera que estando en Sudáfrica mira su mapa histórico y social. La respuesta es siempre la misma: por Mandela.
Largo camino a la libertad
Nelson Mandela nació en 1918, en una tribu xhosa. Entre los xhosas existía una tradición ancestral. Todos los jóvenes debían atravesar una prueba para transformarse en hombres. Eran circuncidados sin anestesia, como parte de un ritual en el que no debían expresar dolor alguno. Entre algunos sudafricanos circula una versión acerca del paso de Mandela por esta experiencia. Se dice que no pudo evitar que se le escapara una lágrima; quizás porque vislumbró que el sufrimiento sería su destino.
Su lucha por la igualdad y la libertad, sobre la cual aclaraba constantemente que no consistía en una batalla contra los blancos sino contra la injusticia de un régimen, le significaron 27 años de cárcel. Trece de ellos los pasó en la isla Robben de Ciudad del Cabo. Allí dormía en el piso, con un uniforme de verano durante el invierno, y con una dieta muy limitada.
"En este jardín de la cárcel -decía uno de los ex prisioneros, ahora convertido en guía, a quienes recorríamos la isla- Mandela enterraba fragmentos de lo que sería su libro Un largo camino hacia la libertad, para evitar que cayeran en manos de los guardiacárceles". Así sobrevivió ese testimonio sustancial sobre el que se construyó la independencia de una nación.
En 1994, aquel ex presidiario fue elegido para dirigir su país. Dejó de lado el dolor y las humillaciones a las que había sido sometido por sus opresores, y los convocó a su gobierno. Puso por encima sus ideales, enarboló la bandera de la unión sudafricana y los oprimidos lo siguieron.Entonces, se hizo hombre.
Una señal para el mundo
La transformación de Sudáfrica recién empieza y sus metas todavía están muy lejos. Mandela instauró la igualdad política e inició un largo camino de integración social. Bajo el gobierno de su sucesor, el actual presidente Thabo Mbeki, las diferencias económicas siguen siendo astronómicas. La redistribución de la riqueza a través del acceso a la educación y a la capacitación de un gran porcentaje de la población es muy lenta. Pero es progresiva. Y ha implicado un avance relevante frente a los tiempos de dominación blanca. Lo notable del caso sudafricano es que este arduo proceso ha sido pacífico.
El desafío que hoy vive Sudáfrica refleja la compleja coyuntura que debe atravesar el planeta. La tragedia africana inevitablemente se contagiará al resto del globo si no se le presta debida atención. No será fácil para Occidente cerrarles sus puertas a aquellos que provienen del continente al que hace no muchos siglos europeos y americanos fueron a buscar mano de obra esclava. Migraciones humanas masivas, mayores a las que ya enfrenta Europa, portadoras de enfermedades y miseria se infiltrarán por las ventanas del mundo desarrollado. El Primer Mundo debe buscar los caminos para ensayar un proceso de integración con el Tercero, que logre esa difícil convivencia con la que todavía sueña Mandela.
Mientras tanto, resulta sobrecogedor mirar un mapa en la Sudáfrica donde decenas de millones de personas eran segregadas por unos pocos. Algo similar le ocurre al resto de Africa. La diferencia es que ese es todo un continente excluido por la humanidad. (c) LA GACETA
Bibliografía
- Jack Lang, Mandela (Buenos Aires, Anagrama, 2007)
- Robert Calderasi, The trouble with Africa (Londres, Yale University Press, 2007)
- Sakhela Buhlungu, South Africa, state of the nation (Ciudad del Cabo, HRSC Press, 2007)
- Lester Venter, When Mandela goes (Johannesburgo, Doubleday, 1997)







