Un trazado de la historia de esos a los que hoy llaman intelectuales

Por María Eugenia Valentié. Perspicacia y erudicion en un libro que deja abiertas preguntas clave para los lectores.

17 Junio 2007
El libro contiene una serie de siete ensayos que permiten, con algunas breves adiciones, trazar una historia de los llamados actualmente intelectuales. En el trabajo titulado "Perspectivas sociológicas" surge la pregunta: ¿habría intelectuales en las sociedades ágrafas? La respuesta de los antropólogos es afirmativa. En toda sociedad existe un complejo simbólico y hombres que se formulan las grandes preguntas y buscan las respuestas. Los signos grabados en las rocas dan cuenta de esos conocimientos y de la prehistoria del arte.
En las culturas clásicas, especialmente en Grecia, aparecen filósofos y científicos, la religión se une al mito y surge un arte maravilloso. En la Edad Media están los Clerc, "hombres que piensan y estudian". Generalmente pertenecen a la Iglesia. Recién en el Humanismo y el Renacimiento hay laicos que se distinguen en la ciencia, la filosofía y las artes. En la modernidad se acentúa la confianza en la razón y la adquisición de nuevos conocimientos. Todo esto va unido a los cambios sociales, desde la invención de la imprenta hasta la extensión de una economía del mercado produjeron un aumento de las profesiones intelectuales. En el ámbito social la influencia de una nueva clase media que compra libros permite la independencia económica de sus autores.
Este prestigio de los gens de lettres se acentúa en el siglo siguiente como lo pone de manifiesto el caso Dreyfus. El capitán Alfred Dreyfus fue condenado por un consejo de guerra y, a pesar de la fragilidad de las pruebas, se dictó cadena perpetua y fue enviado a la Isla del Diablo. El capitán Dreyfus era de origen judío, sus jueces, antisemitas. Al descubrirse nuevos documentos que probaban la inocencia de Dreyfus, los jueces decidieron no reabrir el proceso alegando que de esa manera se menoscababa el prestigio del ejército. El escritor Emile Zola comenzó, a través de los diarios, una campaña para lograr la revisión del juicio. Publicó una carta abierta dirigida al presidente de la República titulada "Yo acuso", que se hizo famosa. A ellas se adhirió una larga lista de escritores, científicos, artistas, profesores y alumnos universitarios. Fue un gran triunfo de los intelectuales porque el presidente ordenó la reapertura del juicio y Dreyfus fue liberado.
Este triunfo de los intelectuales nos lleva a plantear lo que Altamirano llama la tradición normativa. Diversos autores han escrito sobre los deberes de los intelectuales ante una sociedad a la que puede tratar de guiar mediante una actitud ética que defienda los valores de la libertad de opinión y la necesidad de justicia. Entre los autores citados figura Sartre, quien dice: "Aunque la literatura sea una cosa y la moral otra muy distinta, en el fondo del imperativo estético discernimos el imperativo moral".
En la obra de Marx y Engels no se da demasiada importancia a los intelectuales, aunque muchos de ellos adoptaron la ideología marxista. Para Marx lo que importa son los hechos y no las ideas. Sólo la lucha de clases llevará a la dictadura del proletariado que culminará con el establecimiento de la sociedad comunista como fin de la historia. Los términos "intelectuales" o "ideológicos" aparecen con sentido negativo o irónico. Sin embargo, hace otra Altamirano, tanto Marx como Engels eran ideólogos, es decir, intelectuales.
Los intelectuales no pertenecen actualmente a ninguna clase social determinada, pero se mueven dentro de los mismos contextos: el Estado, el mercado, la Universidad. El Estado puede ser democrático y liberal y apoyar el trabajo de los intelectuales, pero también puede se despótico y ejercer la censura y perseguir el libre pensamiento. En cuanto al mercado, no siempre la calidad literaria o artística coincide con la rentabilidad. La universidad no sólo transmite los conocimientos adquiridos y forma a profesionales, sino que fomenta la investigación.
En el conjunto de estos ensayos donde el autor muestra su perspicacia y su erudición, muy inteligentemente deja abiertas para el lector las preguntas principales: ¿qué es un intelectual? Y ¿qué debe ser un intelectual? © LA GACETA

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