Convite bien escrito a un debate crudo e inevitable

Por Federico Abel. El modernizador del periodismo argentino reconstruye desde la ficción un hecho histórico vinculado con la irrupción de la guerrilla en Salta.

17 Junio 2007
Mientras Marianela, en el más elocuente síntoma del estado mental de buena parte de la sociedad argentina, es la última en salir de la Casa de Gran Hermano con casi tantos votos como los que obtuvo el recordado presidente Arturo Humberto Illia y con muchos más que los que acaba de conseguir Mauricio Macri, Jorge Lanata convida a un debate crudo y atormentador, pero inevitable. Y el disparador es Muertos de amor, novela en la que reconstruye desde la ficción un hecho histórico: la irrupción en el monte salteño, en mayo de 1963, de una célula del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP), liderada por el periodista Jorge Ricardo Masetti, más recordado como "Comandante Segundo", y patrocinada por el mismísimo Ernesto "Che" Guevara, desde Cuba.
En teoría, el bautismo de fuego del grupo -no llegaban a 20 hombres- iba a ser en Yuto (Jujuy), el 18 de marzo de 1964, cuando se cumplirían dos años del derrocamiento del presidente Arturo Frondizi. No obstante, delatados a la Gendarmería por campesinos de la zona, 14 de los guerrilleros fueron capturados y torturados (no estaba entre ellos Masetti, cuyo cuerpo jamás fue encontrado), mientras que Adolfo Rotblat y Bernardo Groswald fueron fusilados por sus propios compañeros, luego de haber sido sometidos a un juicio sumario.
El origen del relato fueron las confesiones efectuadas, en 2004, a una revista cordobesa (La Intemperie) por Héctor Jouvé (sobreviviente del grupo) y Oscar del Barco, que, con valor, se adjudicó aquellos fusilamientos, simplemente por haber apoyado el diseño del EGP. A Lanata parece haberlo conmovido la contrición de Del Barco: "no hay causas ni ideales que puedan eximirnos de culpa".
Indescifrable y acostumbrado a embestir contra los prejuicios sin medir costos, Lanata confesó que le fastidia que sectores de la izquierda puedan culparlo de hacerle el juego a la derecha sólo por mostrar la estructura militar -que no militante- con que, pese al romántico perfume de las utopías, fueron concebidos aquellos focos de rebelión. "Cualquier debate te expone. Lo enfermo es callarse la boca", respondió en una entrevista publicada recientemente por el diario La Voz del Interior. Al mismo tiempo y tras haber aclarado que sólo le importaba que el libro estuviera bien escrito -y, aunque de forma caótica, lo está-, agregó que no le importaba defenderlo en términos políticos.
Es, entonces, cuando se le nota su única fidelidad a la ideología periodística, si es que existe tal cosa, aun cuando escribe una obra de ficción. Porque es, precisamente, esa esencia de reportero móvil, sin compromisos aparentes, sólo preocupado por tirar para adelante y decir lo que pasa, hiera a quien hiera, lo que le permitió cronicar con tanta soltura el complejo y enrarecido germen de los violentos 60 y 70. Lanata, modernizador del periodismo argentino con Página/12, sabe como pocos que no hay una conexión directa entre el oficio de divulgar noticias (prensa) y la redención del género humano, como le gusta decir al español Miguel Angel Bastenier. Osado e irreverente -en serio-, Lanata fue capaz de meterse con el mito de Jacobo Timerman antes de que este muriera.
Ese Lanata con espíritu de cronista es el que, cual demiurgo, subyace detrás -o bien adelante- de un polifónico relato, en el que conviven anárquicamente guerrilleros que sienten miedo (ese viejo sabio), gendarmes que, pese a la proscripción imperante desde 1955, gritan en la soledad de una montaña "Viva Perón", para sentir el eco, así como impertinentes y políticamente incorrectas declaraciones, en las que Fidel Castro afirma que "la revolución no necesita peluqueros ni mariquitas (sic)", u otras del propio "Che" ante la ONU, en las que asegura que los fusilamientos van a seguir "mientras sea necesario". Hasta hay un diálogo imaginario, en el que el general Julio Argentino Alsogaray habla amablemente con uno de los jóvenes capturados (Jouvé), pero no en el afán de descifrar dónde podían operar otras células similares, sino con preocupación de padre: "¿Y usted qué cree que puedo hacer con mi hijo, que se parece mucho a usted?". Efectivamente, uno de sus hijos (Juan Carlos) integrará posteriormente el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) y morirá en Tucumán, en 1976. Esto le costó a esa rama de la familia Alsogaray -no a la luego vinculada al menemismo- un enfrentamiento con el entonces todopoderoso Antonio Bussi. Para colmo, hay una escéptica -y, por momentos, descorazonadora- voz en "off", que va apuntando cosas como "me da miedo que matar sea tan fácil", "a veces me parece que la Revolución teme que nos volvamos demasiado humanos" o "el cuerpo, en la tortura, es un accidente menor". Lanata se cubre y esgrime que recurrió a esa fragmentación coral, porque expresa ese espejo roto -sin posibilidad de unirlo- que es la Argentina desde entonces. Tal vez tenga razón y sólo sea posible mostrarlo. Como intentó hacerlo él. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios