Teatro, novela, filme y telenovela

Por Julio Ardiles Gray para LA GACETA - Buenos Aires. A diferencia del teatro, la novela no se basa en el diálogo para hacer avanzar la acción: los actantes son relatados por el narrador omnisciente. Los llamados "unipersonales" del teatro no son otra cosa que una narración hecha por un actor desde un escenario.

27 Mayo 2007
¿Qué tienen en común el teatro, la novela, el filme y la telenovela, aunque aparentemente sean tan diferentes? Estos tres géneros tienen, antes de su realización, una etapa previa literaria: el teatro, un texto para representar; la novela, unos originales para imprimir, y el film y la telenovela, un guión o un libreto. Sobre estos textos literarios trataremos de buscar las estructuras que son comunes a dichos géneros.Comenzaremos por el teatro. La unidad básica de toda pieza teatral es la situación, que se define como relación de fuerzas (actantes) que se componen y descomponen a lo largo del texto espectacular en una sucesión que constituye la anécdota. Dichos actantes son vectorizados por los personajes. La esencia del teatro es el diálogo, y es a través de él que los personajes obligan o impiden a otros personajes a hacer o dejar de hacer algo, los dominan o se liberan mediante recursos verbales perlocutorios o ilocutorios, es decir, mediante elementos racionales o emocionales. Es verdad que el texto literario, para representar, cuenta con didascalias o acotaciones, entre paréntesis, al principio de cada diálogo. Pero sólo son indicaciones del autor al director, para que este componga su texto espectacular, con las que le sugiere los desplazamientos de los personajes en la escena y sus estados de ánimo.
Pero hasta llegar a descubrir la situación y sus componentes hubo numerosas tentativas. Dice Patrice Pavis, en su "Diccionario del Teatro": "La noción de modelo (o esquema o código) actancial se impuso en las investigaciones semiológicas y dramatúrgicas para analizar las fuerzas principales del drama y su papel en la acción. Tiene la ventaja de no continuar separando artificialmente los caracteres y la acción, y de revelar la dialéctica y el traslado progresivo del uno al otro. Su éxito se debe al esclarecimiento que aporta a los problemas de la situación dramática, de la dinámica de la situación y de los personajes, de la aparición y resolución de conflictos."
El primero en intentar esta empresa fue Polti. Pero más que relación de fuerzas, él enumera argumentos posibles. En 1965, B. Propp, a partir de una serie de cuentos populares, destaca siete actantes. Pero fue Souriau quien detecta las primeras funciones dramatúrgicas (la orientada al deseo de la acción, el bien deseado, el dueño del bien, el oponente, el árbitro, y el o los ayudantes). También descubre que los actantes pueden mudar su condición y, por lo tanto, la combinatoria. No en vano su libro se titula "Las 200.000 situaciones dramáticas".
En 1978, D. Greimas establece su modelo actancial a partir de seis fuerzas: destinador, objeto, destinatario, sujeto, ayudante, oponente. Por último, Anne Uberfeld toma el modelo actancial de Greimas y lo corrige.
Algunos semiólogos clasifican a su vez las fuerzas o actantes en resortes y afluentes o ancilares. La situación resorte es aquella que lanza la acción hacia el final y la situación afluente es la que se introduce en la situación resorte para modificarla. Damos un ejemplo: en Hamlet, de Shakespeare, la situación resorte es la aparición del fantasma del difunto rey de Dinamarca, que le cuenta a su hijo que fue asesinado por su hermano, usurpador del trono, y clama venganza. Las situaciones afluentes son, entre otras, la muerte de Polonio, padre de Ofelia, o la fracasada tentativa de asesinato del príncipe en el episodio de Rozenkranz y Guildestern.
El teatro y la novela nacieron juntos. Fernando de Rojas, en los albores del Siglo de Oro, escribió una novela dialogada, La Celestina; si fuera pieza teatral, su representación duraría cerca de ocho horas. Es cierto que se la representa, pero podándola abundantemente. Ello delata que novela y pieza teatral no son sino en apariencia dos géneros que tienen en común ciertas estructuras básicas.
Es cierto que en una novela (o en una "nouvelle" y en un cuento) es dado aplicar para su análisis un modelo actancial; pero a diferencia del teatro, la novela no se basa en el diálogo para hacer avanzar la acción, sino que los actantes de las situaciones son relatados por el narrador omnisciente (que todo lo sabe), quien además describe paisajes o estados de ánimo. El relato puede ser hecho en tercera o en primera persona, pero en ambos casos el narrador no es el autor sino un personaje, como bien lo señala Enrique Anderson Imbert en "Teoría y técnica del cuento". Por esta razón, los llamados "unipersonales" del teatro no son otra cosa que una narración hecha por un actor desde un escenario, aun en los casos en que una de las puntas del diálogo esté tácita y sólo se advierta por la réplica del interlocutor, que siempre es ilustrativa, como en el caso de "Una donna sola", de Franca Rame y Darío Fo.
¿Cuál es la diferencia, entonces, entre novela y cuento? Según sostiene Anderson Imbert en su obra citada "una novela es un cuento largo". Y tiene razón. En el cuento (y aún más en el microcuento) la situación resorte y su final carecen de situaciones afluentes, o, cuanto más, tiene muy pocas. Por esta razón podríamos reducir a cuento una novela. Tomemos el caso de Don Quijote de la Mancha. La situación resorte lanza al actante y a su ayudante en busca de hazañas para ganar el corazón de Dulcinea, pero los "oponentes", "el Cura", "el Barbero", y "el bachiller Sansón Carrasco" logran hacerlo regresar a su hogar, donde muere. Hemos podado pues todas las situaciones afluentes incluidas en los episodios picarescos, pastoriles o ideorrealistas. Y, a la inversa, también es posible hacer de un cuento una novela.
El cine y la telenovela se rigen por las mismas pautas. Tienen algo de teatro, el diálogo, y a veces el narrador omnisciente asoma a la pantalla con su voz en off. Tanto en el cine como en la telenovela el narrador omnisciente es el ojo de la cámara, aunque hubo una única tentativa de narrar todo en un film en primera persona: Robert Montgomery, en "La dama del lago", hizo que uno de los personajes fuera el ojo de la cámara y a este el público únicamente lo veía cuando pasaba frente a un espejo o cuando su mirada lo reflejaba con otro personaje en las aguas de un lago.
Con al avance de las tecnologías cada vez se borran más las fronteras entre los géneros. Hoy la proyección cinematográfica reemplaza la escenografía fija. El pionero en este sentido fue Paul Claudel, quien en "El libro de Cristóbal Colón" realizó el primer projecting del teatro. Lo mismo ocurre con los escenarios giratorios: han borrado las fronteras entre escenas y actos, y sobre todo, entre lugares. Un telefilme puede ser tan largo como una novela cortada por episodios sucesivos y una pieza de teatro puede convertirse en novela. (c) LA GACETA

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