Los marinos enemigos de una hora argentina
Por Miguel Angel de Marco, para LA GACETA - Buenos Aires. El próximo viernes se celebrará el 197º aniversario de la conformación de la Primera Junta de Gobierno patrio, acontecimiento que iniciaríó el camino hacia la Declaración de la Independencia en 1816. LA GACETA Literaria evoca ese hito con los artículos de dos historiadores, referidos a los que conspiraban contra la Revolución y a la situación de los hombres que eran propiedad de otros hombres en el Tucumán de la época.
ESTAMPA HISTORICA. Detalle de un cuadro de Villa y Prades sobre la Primera Junta.
20 Mayo 2007 Seguir en 

Junto con la erección, en 1776, del Virreinato del Río de la Plata, se procedió a la creación del Apostadero Naval de Montevideo, cuya misión era resguardar el río de la Plata y proteger a las islas Malvinas de las apetencias inglesas. Cuatro de las naves que integraban la gran expedición del general Pedro de Cevallos destinada a consolidar la presencia hispana en la Banda Oriental e impedir nuevos intentos portugueses de apoderarse de la Colonia de Sacramento, quedaron afectadas al servicio del organismo que, en sus primeros tiempos, desarrolló una intensa actividad y adquirió un relevante papel.
Los sucesivos comandantes de la base y sus oficiales eran "hijosdalgos notorios", graduados en las compañías de Guardias Marinas de Cádiz, Cartagena y El Ferrol, que como tales habían tenido entre sus privilegios ser custodios de las reales personas en los buques de la Armada y ocupar un sitio junto a las Guardias Walonas en las formaciones terrestres. Por tanto, no aceptaban que nadie pusiese en entredicho o en peligro el derecho divino del rey sobre sus súbditos de aquende y allende el océano. Su actuación durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 así lo probó. Igual actitud adoptarían tras la abdicación y confortable prisión del rey Fernando VII, enfrentándose a la Junta de Mayo que rechazaba la Junta Central o del Consejo de Regencia, custodios de la soberanía del monarca imposibilitado de ejercerla. No obstante, con la prudencia propia de su condición de militares, dejaban traslucir en sus comunicaciones a sus superiores, cierta desaprobación por el desinterés y el desconocimiento que ambos cuerpos hispanos manifestaban con respecto a las posesiones de América.
La oposición a los cambios políticos y el horror frente al crimen de querer la independencia, quedarían demostrados a través de las acciones y reclamos del comandante del Apostadero, capitán de navío José María de Salazar, que no tenía dudas sobre "los infames planes de la Junta de la Capital, por más que sus vocales hayan querido disfrazarlos con la hipócrita máscara de nuestro augusto soberano el señor Fernando VII".
Frente al despropósito de una revolución, que les parecía francamente separatista, los marinos actuaron según se lo mandaban las ordenanzas de la Armada, su formación y su condición de fieles sostenes de la Monarquía. Santiago de Liniers, vituperado por los españoles, acusado de pro napoleónico por el gobernador de Montevideo, Francisco Javier de Elío, pese a sus estrechos lazos con algunos de los dirigentes criollos, no dudó, fiel a su condición de general de marina, en encabezar la contrarrevolución de Córdoba para derrocar la Junta y devolver a la Regencia el Río de la Plata. Lo acompañó otro oficial general lleno de méritos y servicios, el brigadier Juan Gutiérrez de la Concha. Liniers, a punto de ser fusilado en Cabeza de Tigre junto con este y otros compañeros de infortunio, los exhortaría a que no protestaran ante el vocal del Primer Gobierno Patrio Juan José Castelli, que había llegado para apresurar la ejecución, "diciéndoles que eran felices pues todos morían con la satisfacción de haber sido fieles al rey y a la nación y que su honor bajaba ileso al sepulcro". En aquellos momentos, el capitán Salazar insistía desde Montevideo en que "el partido de la independencia es grandísimo", cosa que también hacían otros contemporáneos en el bando realista, lo cual refuta, al menos parcialmente, la idea de que todo fue producto de conciliábulos reducidos y de la decisión de una elite. El oficial estimaba un deber inexcusable conservar las provincias del Plata para la Monarquía y para España. Con ese fin contaba con el instrumento del Apostadero Naval de Montevideo, pese a la precariedad de medios que lo afligía.Salvo excepciones como las del brigadier Pascual Ruiz Huidobro y de los criollos Matías de Irigoyen, Martín Thompson y José Matías Zapiola, los marinos formaron un sólido bloque para evitar la propagación de las ideas revolucionarias, que podían poner en peligro la continuidad del dominio español y la tranquilidad de sus familias. Sin embargo, frente a la guerra desatada, no vacilaron en arriesgarlo todo en aras de su juramento de fidelidad al monarca. Y de hecho, mientras algunos, como los citados Liniers y Gutiérrez de la Concha, murieron en el intento, la mayoría debió volver a la Metrópoli en 1814, tras la capitulación de Montevideo, abandonando transitoriamente a sus esposas, hijos y bienes.
Cabe subrayar que desde los días del sitio de la ciudad oriental, fue un valor entendido, que luego hizo suyo la mayor parte de los historiadores, que el poderío naval español resultó un factor determinante para la conservación de esa plaza; tanto que se pensó que el error de la Junta de permitir el retorno de los marinos que se hallaban en Buenos Aires, luego de no aceptar subordinarse al nuevo gobierno, le quitó a esta la posibilidad de contar con una fuerza incontrastable, a la vez que permitió a las autoridades de la ciudad oriental el dominio absoluto de los ríos interiores. Sin embargo no era así, pues los buques se hallaban en un estado tan calamitoso que tornaba muy difíciles sus operaciones. Nadie mejor que los propios integrantes del Apostadero conocían la debilidad de sus fuerzas y el rechazo que provocaban entre las escasas tropas veteranas y milicias de tierra -también en el vecindario-, por la actitud distante y altanera que ostentaban como punto de honor pero que chocaba con las costumbres de sociedades reducidas y sencillas como las de las provincias del Plata.
De ahí que cuando el Directorio contó con fuerzas navales suficientes, relativamente bien equipadas, dotadas de tripulaciones extranjeras avezadas en la pelea en el mar y galvanizadas por la energía y capacidad táctica de Guillermo Brown, pudo completar la acción de los efectivos sitiadores terrestres y poner término a la resistencia de Montevideo y con ello a la presencia española en el Plata. (c) LA GACETA
Los sucesivos comandantes de la base y sus oficiales eran "hijosdalgos notorios", graduados en las compañías de Guardias Marinas de Cádiz, Cartagena y El Ferrol, que como tales habían tenido entre sus privilegios ser custodios de las reales personas en los buques de la Armada y ocupar un sitio junto a las Guardias Walonas en las formaciones terrestres. Por tanto, no aceptaban que nadie pusiese en entredicho o en peligro el derecho divino del rey sobre sus súbditos de aquende y allende el océano. Su actuación durante las invasiones inglesas de 1806 y 1807 así lo probó. Igual actitud adoptarían tras la abdicación y confortable prisión del rey Fernando VII, enfrentándose a la Junta de Mayo que rechazaba la Junta Central o del Consejo de Regencia, custodios de la soberanía del monarca imposibilitado de ejercerla. No obstante, con la prudencia propia de su condición de militares, dejaban traslucir en sus comunicaciones a sus superiores, cierta desaprobación por el desinterés y el desconocimiento que ambos cuerpos hispanos manifestaban con respecto a las posesiones de América.
La oposición a los cambios políticos y el horror frente al crimen de querer la independencia, quedarían demostrados a través de las acciones y reclamos del comandante del Apostadero, capitán de navío José María de Salazar, que no tenía dudas sobre "los infames planes de la Junta de la Capital, por más que sus vocales hayan querido disfrazarlos con la hipócrita máscara de nuestro augusto soberano el señor Fernando VII".
Frente al despropósito de una revolución, que les parecía francamente separatista, los marinos actuaron según se lo mandaban las ordenanzas de la Armada, su formación y su condición de fieles sostenes de la Monarquía. Santiago de Liniers, vituperado por los españoles, acusado de pro napoleónico por el gobernador de Montevideo, Francisco Javier de Elío, pese a sus estrechos lazos con algunos de los dirigentes criollos, no dudó, fiel a su condición de general de marina, en encabezar la contrarrevolución de Córdoba para derrocar la Junta y devolver a la Regencia el Río de la Plata. Lo acompañó otro oficial general lleno de méritos y servicios, el brigadier Juan Gutiérrez de la Concha. Liniers, a punto de ser fusilado en Cabeza de Tigre junto con este y otros compañeros de infortunio, los exhortaría a que no protestaran ante el vocal del Primer Gobierno Patrio Juan José Castelli, que había llegado para apresurar la ejecución, "diciéndoles que eran felices pues todos morían con la satisfacción de haber sido fieles al rey y a la nación y que su honor bajaba ileso al sepulcro". En aquellos momentos, el capitán Salazar insistía desde Montevideo en que "el partido de la independencia es grandísimo", cosa que también hacían otros contemporáneos en el bando realista, lo cual refuta, al menos parcialmente, la idea de que todo fue producto de conciliábulos reducidos y de la decisión de una elite. El oficial estimaba un deber inexcusable conservar las provincias del Plata para la Monarquía y para España. Con ese fin contaba con el instrumento del Apostadero Naval de Montevideo, pese a la precariedad de medios que lo afligía.Salvo excepciones como las del brigadier Pascual Ruiz Huidobro y de los criollos Matías de Irigoyen, Martín Thompson y José Matías Zapiola, los marinos formaron un sólido bloque para evitar la propagación de las ideas revolucionarias, que podían poner en peligro la continuidad del dominio español y la tranquilidad de sus familias. Sin embargo, frente a la guerra desatada, no vacilaron en arriesgarlo todo en aras de su juramento de fidelidad al monarca. Y de hecho, mientras algunos, como los citados Liniers y Gutiérrez de la Concha, murieron en el intento, la mayoría debió volver a la Metrópoli en 1814, tras la capitulación de Montevideo, abandonando transitoriamente a sus esposas, hijos y bienes.
Cabe subrayar que desde los días del sitio de la ciudad oriental, fue un valor entendido, que luego hizo suyo la mayor parte de los historiadores, que el poderío naval español resultó un factor determinante para la conservación de esa plaza; tanto que se pensó que el error de la Junta de permitir el retorno de los marinos que se hallaban en Buenos Aires, luego de no aceptar subordinarse al nuevo gobierno, le quitó a esta la posibilidad de contar con una fuerza incontrastable, a la vez que permitió a las autoridades de la ciudad oriental el dominio absoluto de los ríos interiores. Sin embargo no era así, pues los buques se hallaban en un estado tan calamitoso que tornaba muy difíciles sus operaciones. Nadie mejor que los propios integrantes del Apostadero conocían la debilidad de sus fuerzas y el rechazo que provocaban entre las escasas tropas veteranas y milicias de tierra -también en el vecindario-, por la actitud distante y altanera que ostentaban como punto de honor pero que chocaba con las costumbres de sociedades reducidas y sencillas como las de las provincias del Plata.
De ahí que cuando el Directorio contó con fuerzas navales suficientes, relativamente bien equipadas, dotadas de tripulaciones extranjeras avezadas en la pelea en el mar y galvanizadas por la energía y capacidad táctica de Guillermo Brown, pudo completar la acción de los efectivos sitiadores terrestres y poner término a la resistencia de Montevideo y con ello a la presencia española en el Plata. (c) LA GACETA
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