20 Mayo 2007 Seguir en 

Al producirse la Revolución Rusa, en octubre de 1917, la familia Argounov, propietaria de una fábrica textil, marchó desde San Petersburgo hacia Crimea con la esperanza de que los disturbios iban a superarse pronto, pero en 1922 tuvieron que regresar a su ciudad y adaptarse a la nueva situación. Una de las hijas del matrimonio, Kira, es ya una muchacha de 18 años bella, altiva, desafiante, que quiere estudiar ingeniería porque ama el progreso, la técnica, la construcción. Imaginativa, inquieta, positiva, se ve obligada a vivir en un ambiente de decadencia, privaciones, bajezas y contradicciones. Mientras la mayoría de los rusos se acomoda a la dictadura de los soviets y otros luchan contra ella, Kira solamente desea realizarse individualmente. Piensa que los mejores seres humanos viven para si mismos y que en cada individuo hay algo sagrado que ninguna comunidad debe tocar. Cree que, aunque se cumplan los ideales colectivistas, el mentado paraíso comunista se convertirá en un infierno, porque no es aceptable que una persona tenga que trabajar para el Estado. "No quiero luchar con el pueblo ni contra el pueblo -explica-, sólo quiero que me dejen sola".
Enamorada de un joven contestatario, proveniente, como ella, de una familia burguesa, Kira se va a vivir con él y recibe la reprobación de los suyos. Pero a poco andar se enamora simultáneamente de un joven comunista, abnegado, idealista, una especie de cruzado de la igualdad. "Tú eres capaz de matar a los demás por la vida; yo, en cambio, sólo quiero vivirla", le dice a su amante.
En un clima humano de miedo y delación, donde el "afán de justicia convierte a la gente en bestias", Kira es expulsada de la universidad y debe rebajarse para sobrevivir, mientras afronta las azarosas alternativas de sus sentimientos.
Kira no es una mujer atormentada, como el Rodion Raskolnicoff de Fedor Dostoievsky o el Boris Godunov, de Alexander Pushkin; ni la caracteriza el hastío de Eugenio Onyegin, otro personaje de Pushkin. Tampoco muestra la melancolía de los seres imaginados por el genio de Antón Chéjov, ni la inocencia de los personajes de Leon Tolstoy.
Pero su fuerza, la dignidad con que sobrelleva sus vicisitudes y transita sobre las miserias y las hipocresías del régimen, su nobleza, su independencia, la elevan a una gran categoría de la narrativa universal.
Ayn Rand, la escritora rusa que emigró a los Estados Unidos y proyectó una gran influencia intelectual, elaboró un personaje entrañable, seguramente con mucho de autobiográfico, que deja profundas huellas en el pensamiento a través de la magia de la buena literatura. (c) LA GACETA
Enamorada de un joven contestatario, proveniente, como ella, de una familia burguesa, Kira se va a vivir con él y recibe la reprobación de los suyos. Pero a poco andar se enamora simultáneamente de un joven comunista, abnegado, idealista, una especie de cruzado de la igualdad. "Tú eres capaz de matar a los demás por la vida; yo, en cambio, sólo quiero vivirla", le dice a su amante.
En un clima humano de miedo y delación, donde el "afán de justicia convierte a la gente en bestias", Kira es expulsada de la universidad y debe rebajarse para sobrevivir, mientras afronta las azarosas alternativas de sus sentimientos.
Kira no es una mujer atormentada, como el Rodion Raskolnicoff de Fedor Dostoievsky o el Boris Godunov, de Alexander Pushkin; ni la caracteriza el hastío de Eugenio Onyegin, otro personaje de Pushkin. Tampoco muestra la melancolía de los seres imaginados por el genio de Antón Chéjov, ni la inocencia de los personajes de Leon Tolstoy.
Pero su fuerza, la dignidad con que sobrelleva sus vicisitudes y transita sobre las miserias y las hipocresías del régimen, su nobleza, su independencia, la elevan a una gran categoría de la narrativa universal.
Ayn Rand, la escritora rusa que emigró a los Estados Unidos y proyectó una gran influencia intelectual, elaboró un personaje entrañable, seguramente con mucho de autobiográfico, que deja profundas huellas en el pensamiento a través de la magia de la buena literatura. (c) LA GACETA
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