A favor de Gran Hermano

Criticar el programa televisivo se convirtió en una especie de deporte nacional. Por Marcelo L. Zavaleta, para LA GACETA - Buenos Aires.

13 Mayo 2007
Criticar el programa televisivo ??Gran Hermano?? se convirtió, en los últimos meses, en una especie de deporte nacional. En las reuniones de amigos, en las charlas en el trabajo, en el colegio o en la universidad, en las páginas de diarios y revistas, en los programas de radio o televisión lanzar dardos contra los protagonistas del reality show fue una constante.
Desde las burlas dirigidas a "esos tipos que no hacen nada?? o que "son capaces de cualquier cosa para lograr una pizca de fama?? a los cuestionamientos a los organizadores por jugar inescrupulosamente con la vida de los participantes, se desplegó una gran variedad de planteos. Casi todos apuntaron a la banalidad del programa o a los efectos nocivos que puede generar en la juventud. Lo paradójico es que el programa batió récords de audiencia. No fue inusual que entre dos y tres millones de personas se congregaron frente a sus televisores para ser testigos de las eliminaciones mediáticas o de las síntesis de las vivencias de la casa. Y es aquí donde radica la primera contradicción. Eso que decimos detestar es la consecuencia de nuestras propias elecciones.
Otra curiosidad es que algunos de los jóvenes preferidos por los televidentes fueron, en muchos casos, aquellos que habían sido excluidos por esa misma sociedad que, a modo de expiación de pecados, los rescataba con su voto (una prostituta fue la ganadora de GH 3; y entre los favoritos de las distintas ediciones hubo homosexuales, ex presidiarios y jóvenes con conductas antisociales).
¿Es tan grave la emisión de estos reality shows? ¿Constituyen la expresión de un nuevo totalitarismo mediático, como sostenía Rodolfo Alonso, hace una semana en estas páginas? No lo creo. Los contenidos televisivos son más el resultado de una elección libre del público que de una imposición de quienes los producen. La medición del rating "minuto a minuto?? indica que la oferta se confecciona a gusto de los consumidores.
Los reality shows tienen ilustres predecesores, como las novelas naturalistas decimonónicas, el neorrealismo italiano, el documentalismo del cine iraní o, más cercanamente, el nuevo cine argentino. Lógicamente hay diferencias en cuanto a la calidad estética entre los diversos antecedentes y el neorrealismo televisivo. Pero todos comparten una idea básica: la realidad, exhibida tal cual es, puede tener un valor intrínseco.
Puede, en definitiva, conmovernos, entretenernos, hacernos reflexionar, sugerirnos un sentido, revelarnos algo de nosotros mismos o de nuestras circunstancias que ignorábamos. Y este acceso directo a la realidad, desprovisto de intermediaciones o artificios, parece constituir el mejor camino hacia alguna de las caras de la verdad. En el caso de GH, probablemente la que revela el escepticismo imperante en toda una generación que "no hace nada?? porque si el futuro es indescifrable o apocalíptico, todo movimiento es absurdo.
"Umberto D??, la película de Vittorio De Sicca, no fue protagonizada por un actor profesional sino por un hombre común que nunca más volvió a interpretar otro papel. En GH ocurre algo similar. Lo conforman, en general, jóvenes sin ninguna habilidad particular, sin capacidad para ornamentar o disimular los defectos de la realidad. El valor que se premia es la franqueza, la autenticidad plasmada a través de sus falencias. El desafío cuasipirandelliano de GH es no convertirse en un personaje. Y esto, en un mundo de hipocresías, degradado más por una crisis ética que estética, no es menor.
Pero hay algo más allá de una visión escéptica compartida o de un afán por "ser ellos mismos??; hay un deseo más superficial que esconde un anhelo profundo. Todos quieren popularidad. Una popularidad concebida como la mejor vía para comunicarse con sus congéneres; plasmar su imagen en el espacio natural de la sociedad contemporánea que es la televisión; dejar una huella de su paso por una vida inexorablemente finita y expresar su desconcierto ante el mundo. Al igual que Orwell con su "1984?? o los pintores de la cueva de Altamira. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios