Borges es universal, pero, ante todo, argentino
Por Cristina Bulacio, para LA GACETA - Tucumán. En el espíritu desafiante que alienta la inteligencia, y en la libertad para esquivar los cánones vigentes, se encuentra, para la autora, la verdadera argentinidad de un escritor que -afirma- debe enorgullecernos.
13 Mayo 2007 Seguir en 

Ecos de palabras borgeanas resuenan en el ambiente. Vocablos como aleph, zahir, tigres, laberintos, memoria, tiempo, eternidad, reverberan y se multiplican en los incontables matices con que Latinoamérica habla la lengua española. Se escuchan también en inglés y en portugués. Y algunos, haciendo gala de dominio de la lengua española, hablan, con acento, el lenguaje de nuestro Borges. Ello sucedió en el simposio organizado por el Borges Center, de la Universidad de Iowa, Estados Unidos, que tuvo lugar del 11 al 14 de abril de este año. El Centro, dirigido por Daniel Balderston, reconocido especialista en Borges y autor de numerosos libros sobre el tema, reunió a un nutrido grupo de intelectuales dedicados al estudio de la obra de nuestro máximo escritor, Jorge Luis Borges.
En ese entorno, era tácito el valor de Borges como uno de los mayores escritores de la literatura del siglo XX y de todos los tiempos. Sin embargo, Borges, el maestro, sin duda un escritor universal, como se decía a cada paso en los trabajos presentados, es, ante todo, un argentino. Ese solo hecho es motivo de orgullo; en tanto argentino nos pertenece y debemos reconocer que su obra es, sin duda, uno de los mejores productos culturales de Occidente. Y no exagero, esto estaba a la vista; se lo escuchaba con insistencia en boca de los intelectuales allí presentes. Había en este encuentro académicos de numerosas universidades norteamericanas, además de Italia, Francia, Holanda, Bélgica, Alemania, Inglaterra, Argentina. Estaban presentes, también, muchos argentinos que encontraron su lugar en el mundo lejos de su patria. Estudiosos de Borges, algunos de gran renombre como Evelyn Fishburn, autora de un diccionario sobre Borges, profesora de la universidad de Londres, o Silvia Molloy, autora de Las letras de Borges, de la universidad de Nueva York, quien cerró las intensas jornadas con una conferencia titulada, curiosamente: Homecomings.
Pero vuelvo a mis reflexiones. Me pregunto entonces sobre la dimensión de la obra de este escritor y pensador de nuestra tierra, sólo desde hace unos cuantos años valorada en toda su magnitud. Sentí claramente que Borges es argentino. Sin embargo, no lo es sólo porque nació aquí y pondera el mundo -en lengua castellana- desde un rincón de su aldea con genialidad universal; tampoco por ser el representante más conspicuo de nuestra cultura rioplatense. Es argentino, a mi criterio, porque posee ese espíritu desafiante que alienta la inteligencia y le permite esquivar cánones vigentes con libertad. Hace literatura con fuertes raíces filosóficas y hace filosofía bajo bellas formas literarias. Es argentino porque -con inclaudicable capacidad creativa- llevó al más alto nivel una cultura que floreció en los márgenes de lo europeo, mezcla de pampas, compadritos, budismo zen, paradojas de Zenón y laberintos temporales. Cultura que aun hoy, entre los argentinos del siglo XXI, sigue siendo marginal. Sin embargo, esos rasgos los comparten, de un modo u otro, muchos argentinos; hablo de esa mezcla inexplicable -y a menudo fructífera- de lo propio y lo ajeno. Formado en la tradición europea, él pudo aunar, en una obra mayor, única, lo mejor de ambos lados del Atlántico con sello argentino y estilo universal. Su obra emite un resplandor del que es difícil sustraerse.
Y eso se vivía en aquel campus universitario de Iowa. Se habló de Borges, cuatro días, incansablemente, desde distintas perspectivas: literatura, semiótica, psicoanálisis, filosofía, culturas orientales, etc. La paradoja consiste en que no es un escritor que genere adhesiones ciegas, ni fanatismos inconfesables; es más grave aun, crea adictos; los juegos de inteligencia, las ironías, las tramas de sus cuentos hacen que su lectura otorgue placer y reverbere en los espíritus por mucho tiempo. Aquello era una verdadera celebración de la palabra con distintos acentos y en diferentes lenguas. Se vio con claridad que el lenguaje no es sólo un medio de comunicación, sino más bien la tradición de un pueblo, la historia del mundo y de la tierra en cada grupo humano.
Reflexiono que, si la lengua es un sistema de instalación vital, como lo afirma Ivonne Bordelois, entonces, según cómo hablemos será el diseño de nuestro mundo. Si nuestro lenguaje es amplio, generoso, rico en matices; si sabe de palabras como poesía, pensamiento, amistad, valores, tolerancia, respeto, nuestro mundo será, a una con él, abierto, interesante, habitable para nosotros y para los otros con quienes lo compartimos. Si, por el contrario, la lengua que hablamos es escasa, mezquina; si apenas alcanza para lo inmediato; si no entran en su vocabulario palabras como proyectos, utopía, esperanza, imaginación y una pizca de locura que señale a lo imposible; si se reduce a unas pocas y mezquinas palabras, nuestro universo será estrecho, limitado, pequeño.
De allí el valor de leer a Borges. No es por su erudición que se lo lee, que sin duda la tiene en demasía, sino porque en su palabra se glorifica la riqueza de la lengua española y se expande el mundo de cada lector. Como todo poeta mayor, su lenguaje es fundante de una cultura, de un mundo. Recordemos que fue la palabra poética de Parménides la que inició nuestra historia occidental y desde ella, desde ese gesto poético pensante, se perfilaron las marcas que nos distinguen. Me atrevo a pensar que, de modo semejante, la palabra poética de Borges funda nuestro modo de ser argentinos: con orgullo, somos sus herederos. Basta comprobar la creatividad e imaginación de nuestros escritores, pensadores, filósofos, artistas, científicos. El poder de la palabra revestida de inteligencia se percibe en este grupo de borgeanos; hubo algo en el decir de todos que abría el universo hacia los demás. Y eso provocó un fenómeno interesante en aquel encuentro: se estableció un clima de amistad. Eso suele suceder. Borges es un amigo peculiar; incisivo, sutil, irónico, sorprendente. Leer a Borges es cultivar una entrañable amistad con él y con los otros; amistad que nace de la lectura compartida de su obra y crea lazos intelectuales perdurables. La palabra poética de Borges, sus tramas de belleza, a menudo permiten salvar la pequeñez contra la que se debate la condición humana.
Leer a Borges es gozar del poder demiúrgico de la palabra; ingresar en un círculo de amigos; complacerse en los intrincados senderos de su pensamiento; pero, al mismo tiempo, es encontrar las huellas profundas de la cultura argentina y latinoamericana; es transitar un pensamiento lúcido, el de él y de muchos otros hombres y mujeres valiosos que nos precedieron. Lo inhabitual de sus imágenes y la fuerza reveladora de sus metáforas son un modo de ver el mundo desde esta tierra nuestra; no podía haber sido desde ninguna otra parte.
Aunque lo sabemos, debemos repensarlo: Borges, si bien es único en su género, paradójicamente, es también un claro ejemplo de peculiares rasgos argentinos. (c) LA GACETA
En ese entorno, era tácito el valor de Borges como uno de los mayores escritores de la literatura del siglo XX y de todos los tiempos. Sin embargo, Borges, el maestro, sin duda un escritor universal, como se decía a cada paso en los trabajos presentados, es, ante todo, un argentino. Ese solo hecho es motivo de orgullo; en tanto argentino nos pertenece y debemos reconocer que su obra es, sin duda, uno de los mejores productos culturales de Occidente. Y no exagero, esto estaba a la vista; se lo escuchaba con insistencia en boca de los intelectuales allí presentes. Había en este encuentro académicos de numerosas universidades norteamericanas, además de Italia, Francia, Holanda, Bélgica, Alemania, Inglaterra, Argentina. Estaban presentes, también, muchos argentinos que encontraron su lugar en el mundo lejos de su patria. Estudiosos de Borges, algunos de gran renombre como Evelyn Fishburn, autora de un diccionario sobre Borges, profesora de la universidad de Londres, o Silvia Molloy, autora de Las letras de Borges, de la universidad de Nueva York, quien cerró las intensas jornadas con una conferencia titulada, curiosamente: Homecomings.
Pero vuelvo a mis reflexiones. Me pregunto entonces sobre la dimensión de la obra de este escritor y pensador de nuestra tierra, sólo desde hace unos cuantos años valorada en toda su magnitud. Sentí claramente que Borges es argentino. Sin embargo, no lo es sólo porque nació aquí y pondera el mundo -en lengua castellana- desde un rincón de su aldea con genialidad universal; tampoco por ser el representante más conspicuo de nuestra cultura rioplatense. Es argentino, a mi criterio, porque posee ese espíritu desafiante que alienta la inteligencia y le permite esquivar cánones vigentes con libertad. Hace literatura con fuertes raíces filosóficas y hace filosofía bajo bellas formas literarias. Es argentino porque -con inclaudicable capacidad creativa- llevó al más alto nivel una cultura que floreció en los márgenes de lo europeo, mezcla de pampas, compadritos, budismo zen, paradojas de Zenón y laberintos temporales. Cultura que aun hoy, entre los argentinos del siglo XXI, sigue siendo marginal. Sin embargo, esos rasgos los comparten, de un modo u otro, muchos argentinos; hablo de esa mezcla inexplicable -y a menudo fructífera- de lo propio y lo ajeno. Formado en la tradición europea, él pudo aunar, en una obra mayor, única, lo mejor de ambos lados del Atlántico con sello argentino y estilo universal. Su obra emite un resplandor del que es difícil sustraerse.
Y eso se vivía en aquel campus universitario de Iowa. Se habló de Borges, cuatro días, incansablemente, desde distintas perspectivas: literatura, semiótica, psicoanálisis, filosofía, culturas orientales, etc. La paradoja consiste en que no es un escritor que genere adhesiones ciegas, ni fanatismos inconfesables; es más grave aun, crea adictos; los juegos de inteligencia, las ironías, las tramas de sus cuentos hacen que su lectura otorgue placer y reverbere en los espíritus por mucho tiempo. Aquello era una verdadera celebración de la palabra con distintos acentos y en diferentes lenguas. Se vio con claridad que el lenguaje no es sólo un medio de comunicación, sino más bien la tradición de un pueblo, la historia del mundo y de la tierra en cada grupo humano.
Reflexiono que, si la lengua es un sistema de instalación vital, como lo afirma Ivonne Bordelois, entonces, según cómo hablemos será el diseño de nuestro mundo. Si nuestro lenguaje es amplio, generoso, rico en matices; si sabe de palabras como poesía, pensamiento, amistad, valores, tolerancia, respeto, nuestro mundo será, a una con él, abierto, interesante, habitable para nosotros y para los otros con quienes lo compartimos. Si, por el contrario, la lengua que hablamos es escasa, mezquina; si apenas alcanza para lo inmediato; si no entran en su vocabulario palabras como proyectos, utopía, esperanza, imaginación y una pizca de locura que señale a lo imposible; si se reduce a unas pocas y mezquinas palabras, nuestro universo será estrecho, limitado, pequeño.
De allí el valor de leer a Borges. No es por su erudición que se lo lee, que sin duda la tiene en demasía, sino porque en su palabra se glorifica la riqueza de la lengua española y se expande el mundo de cada lector. Como todo poeta mayor, su lenguaje es fundante de una cultura, de un mundo. Recordemos que fue la palabra poética de Parménides la que inició nuestra historia occidental y desde ella, desde ese gesto poético pensante, se perfilaron las marcas que nos distinguen. Me atrevo a pensar que, de modo semejante, la palabra poética de Borges funda nuestro modo de ser argentinos: con orgullo, somos sus herederos. Basta comprobar la creatividad e imaginación de nuestros escritores, pensadores, filósofos, artistas, científicos. El poder de la palabra revestida de inteligencia se percibe en este grupo de borgeanos; hubo algo en el decir de todos que abría el universo hacia los demás. Y eso provocó un fenómeno interesante en aquel encuentro: se estableció un clima de amistad. Eso suele suceder. Borges es un amigo peculiar; incisivo, sutil, irónico, sorprendente. Leer a Borges es cultivar una entrañable amistad con él y con los otros; amistad que nace de la lectura compartida de su obra y crea lazos intelectuales perdurables. La palabra poética de Borges, sus tramas de belleza, a menudo permiten salvar la pequeñez contra la que se debate la condición humana.
Leer a Borges es gozar del poder demiúrgico de la palabra; ingresar en un círculo de amigos; complacerse en los intrincados senderos de su pensamiento; pero, al mismo tiempo, es encontrar las huellas profundas de la cultura argentina y latinoamericana; es transitar un pensamiento lúcido, el de él y de muchos otros hombres y mujeres valiosos que nos precedieron. Lo inhabitual de sus imágenes y la fuerza reveladora de sus metáforas son un modo de ver el mundo desde esta tierra nuestra; no podía haber sido desde ninguna otra parte.
Aunque lo sabemos, debemos repensarlo: Borges, si bien es único en su género, paradójicamente, es también un claro ejemplo de peculiares rasgos argentinos. (c) LA GACETA
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