Realidad y fantasía se alternan en un libre fluir de recuerdos de los lazos de una familia

Por Rodolfo Alonso. El lenguaje y la memoria fundan la condición humana en el último libro de la tucumana.

13 Mayo 2007
"La facilidad de lectura es la norma en las letras desde que comenzó el reinado de la prisa general (...). Todo el mundo tiende a no leer sino aquello que todo el mundo podría escribir. // Por lo demás, puesto que, a fin de cuentas, en literatura se trata de entretener al prójimo o de hacerlo pasar el rato, no pidáis el esfuerzo (...).
Confieso, por lo que a mí me toca, que no capto casi nada en un libro que no se me resiste." Estas líneas, que parecen producidas directamente hoy para aludir a la deslucida situación del arte literario en los opacos tiempos que nos toca vivir, fueron escritas, sin embargo, alrededor de 1920, cuando el límpido y lúcido Paul Valéry (1871-1945) se sintió obligado a romper una lanza por la alta poesía de Mallarmé.
Salvando las distancias (especialmente a mi respecto) y rogando a los amables lectores que me disculpen la cita, confieso que no pude resistir la tentación de traerla al caso. Porque si ya era difícil esperar alguna concesión de una escritora por lo general tan original y exigente como la tucumana Inés Aráoz, este nuevo libro suyo viene a resultar -por suerte- deliciosamente insólito para lo que suele ofrecer bajo forma de libro el sector editorial de nuestra arrasadora industria cultural.
Texto errante de (casi) evidentes historias de familia -aunque no sólo eso-, donde la realidad pareciera alternarse con la fantasía pero mucho más con el libre fluir de los recuerdos, que nunca son sencillamente de orden cronológico en nuestra vida personal, los lazos que relacionan aquí a un Aráoz con otros no son siempre (o al menos, no solamente) documentales, aunque también pueden serlo de improviso, sino que afloran como las estribaciones de una cordillera largo tiempo sumergida, guiados por el sano -y sabio- viento del azar, que no es casual, sino afectivo; que no es sentimental; que no es nunca gratuito.
Pero no tiene nada de azaroso que ese devenir no sólo se manifieste y tome cuerpo -como debe ser- en la escritura, desligada también de todo compromiso que arriesgue concluir en desecho o excrecencia. Porque en el transcurso de ese fluir, que es materia y es medio, revivido y escrito al mismo tiempo, es donde aparece y reaparece una y otra vez, en forma explícita, convertido en sujeto si es que no en protagonista, como síntoma activo de sí mismo, el LENGUAJE, hasta así directamente en completas mayúsculas, para nada solemnes ni grandilocuentes por supuesto en la ocasión: "¿Es el crimen de la lengua?"; "El espejismo de cada cual, casi como el lenguaje"; "... o simplemente la tinta del lenguaje (léase historia personal, memoria)"; "El lenguaje, como la inspiración, también es una ventana"; "Sólo por amor es posible ese lenguaje, la música en ellos del idioma"; "... arde el mundo y su ceniza cae sobre el lenguaje"; "...el lenguaje: un ?estado de cosas? que recibo de mis mayores"; "...¡ah! el lenguaje, la vida de cada cual"; "... una placa rectangular enlozada que, sobre fondo blanco y con letras y rebordes azules, decía EL LENGUAJE"; "... me preguntaba si alcanzaría mi vigilia para guardar lo que veía en la posibilidad de su lectura (comunidad del lenguaje)"; "Es el ojo, por supuesto. Y el lenguaje, por supuesto"; "Creer que se está más cerca de la redención sólo porque se está más comprometido con el lenguaje"; "El lenguaje es, siempre, una instancia superior. En otra dimensión, un plano distinto. Y cuanto se diga, no responde, de ninguna manera, a otra realidad que el lenguaje mismo"; "... la redención sólo es posible por el lenguaje"; "... nuestro origen es el lenguaje"; "... ¿y si cada hombre necesitara redimir su culpa para acceder al lenguaje (...)?"; "... porque mayores son los logros del lenguaje que los del sueño".
"La comunidad" es un libro que exige y que da al lector capaz, porque, estoy casi seguro, también escribirlo le ha exigido y le ha dado a la autora. Mucho más que "cuadernos de navegación", aunque en todo caso nunca de superficie o cabotaje, muy pocas veces un libro argentino contemporáneo me ha parecido evidencia de lo que me descubrí intuyendo hace ya tiempo, en el discurrir de un reportaje: No, el tiempo no es algo que debemos "aprovechar", porque los seres humanos somos tiempo como somos lenguaje. Y, en consecuencia, memoria. Esa memoria que es como el humus o la hierba de nuestra condición. Esa memoria donde la vida, las experiencias de la vida se mantienen vigentes y activas, constituyéndonos como individuo y como especie, como cultura y como persona, como sociedad y como tribu.
Desde ambas vertientes, entonces, lenguaje y memoria, que en el vivir son uno, se funda y constituye la condición humana. Y también aquello que no sé si todavía podemos continuar denominando poesía, cuando (aunque sea como intento, si no como logro) es realmente digna de todo esto y de sí misma. (C) LA GACETA

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