El encuentro de varios géneros en una obra fuera de lo común

Por Lucía Piossek Prebisch. Notable combinación de novela de costumbres, de novela psicológica y de suspenso.

13 Mayo 2007
Sándor Márai fue un escritor húngaro que puso fin a su vida en Estados Unidos, en California, en 1989, muy poco antes de la caída del Muro de Berlín. Allí, en Norteamérica, había terminado radicándose, una vez que el régimen comunista se instaló en su país. También por motivos políticos, en la década del 30, vivió por un tiempo en Alemania y en Francia.
Ya antes de abandonar Hungría, Márai era reconocido por sus calidades excepcionales de dramaturgo, periodista y, sobre todo, de novelista. Pero, como las obras fueron prohibidas en Hungría, no se las pudo conocer en el resto del mundo sino después de su muerte y tras la caída del régimen soviético. Hoy sus novelas y sus relatos autobiográficos, como "Confesiones de un burgués" y "¡Tierra tierra!", llevan varias ediciones traducidas a diferentes idiomas y alcanzan resonantes éxitos de librería.
"El último encuentro" es una combinación perfectamente lograda de novela de costumbres, de novela psicológica y de suspenso. De costumbres, porque describe ambientes y modos de vida de fines del siglo XIX en la Hungría y en la Viena de la época imperial, su vida cortesana, su brillo, el esplendor de la vida cultural. Psicológica, por la notable y morosa descripción del proceso de interpretación de un hecho ocurrido 41 años atrás. De suspenso, porque, hasta las últimas páginas, el lector, lo mismo que el personaje central, está cada vez más ansioso por develar la verdad de tal hecho ocurrido en el pasado.
Los personajes son tres: el general, recluido en su mansión de campo desde hace más de cuatro décadas; el amigo entrañable y traidor que regresa tras 41 años de inexplicable ausencia, y la vieja nodriza del general.
Para el "último encuentro" de los antiguos amigos, esta última, la nodriza, logra reconstruir minuciosamente el ambiente y el clima de una cena ocurrida en el año 1899: los mismos muebles, la misma iluminación con velas, el mismo menú. El amigo músico, el que ha regresado tras 41 años de ausencia, es prácticamente un asistente mudo. El general, personaje central, busca a la vez dos cosas con sus extensos y tensos monólogos: una venganza sutil y la confirmación de una verdad sospechada.
Los monólogos del general, al mejor estilo de Thomas Mann, son magistrales. Entre otras cosas, sobriedad, finura, excepcional manejo de la intriga hacen de este libro algo fuera de lo común. (c) LA GACETA

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