13 Mayo 2007 Seguir en 

Cuesta creer la hazaña que ha logrado el historiador suizo Philippe Burrin. En no más de 115 páginas consiguió trazar uno de los esquemas más convincentes para intentar explicar aquello que, según el punto de vista moral, no lo tiene: el genocidio de seis millones de judíos, como consecuencia de la instauración del régimen nazi en 1933. Burrin sabe perfectamente que las preguntas simples, aunque temibles, son inevitables. Por ello, escribió este eficaz e inteligente ensayo para responder a lo que sigue desconcertando a los intelectuales desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, en 1945: ¿por qué pasó lo que pasó en Alemania y no en otro país? ¿Por qué esa sociedad llevó hasta el paroxismo ese antisemitismo que estaba arraigado en el mundo occidental casi desde la irrupción misma del cristianismo?
Lejos de quienes ven en el nazismo una variante improvisada del nihilismo, Burrin demuestra que Adolf Hitler supo desarrollar coherentemente aquello que había tramado en su temible libro "Mi Lucha", en los caóticos años 20. Con habilidad consiguió catalizar los factores, las pulsiones y los prejuicios que intoxicaban a la sociedad alemana como consecuencia de la derrota en la Primera Guerra: una cultura política autoritaria, un Estado tardíamente consolidado -y muy débil- en relación con las potencias europeas tradicionales, y un antisemitismo de base religiosa en su doble vertiente, católica y protestante.
Como consecuencia de un proceso que todavía intranquiliza por su velocidad -y por la posibilidad de que pudiera repetirse-, aquel cabo insignificante del ejército alemán pudo imponer su cosmogonía, según la cual, la historia se desarrollaba basándose en leyes naturales inexorables y a partir de una lucha vital entre dos razas: la aria y la judía. Esta última, según su visión patológica, había impregnado con sus valores la cultura occidental desde hacía 2.000 años. He aquí una novedad: el antisemitismo deja de tener un soporte exclusivamente religioso o nacional (como, de hecho, lo tenía en Francia), para adquirir un sesgo biológico, lo que permitió recurrir a un discurso seudocientífico para disfrazar viejos resentimientos.
El recurso racial sirvió, al mismo tiempo, para construir la imagen de una comunidad étnicamente compacta (la aria) y, de paso, devolverle autoestima al reconfigurado Estado alemán tras la descomposición de la república de Weimar. Pero este no podía quedarse inmóvil porque la conspiración judía no cesaba, según la delirante filosofía nazi. Entonces, estaba condenado a luchar por su supervivencia, que sólo podía lograr a costa del aniquilamiento de los judíos. Y esta pelea no tenía límites geográficos ni jurídicos, porque era vital y porque se desarrollaba al margen del derecho. Por ello, la visión que, con su arrollador aparato propagandístico, Hitler logró instalar sobre el judío -como una metáfora irreal, construida, fantasmagórica- oscilaba entre la figura del microbio y la del demonio, entre lo infrahumano y lo suprahumano. En ambos casos, como bien destaca Burrin, implicaba una deshumanización absoluta, que en los hechos permitió la matanza fabril y experimental de millones de seres humanos en campos de concentración.
En definitiva, Hitler fue el profeta de un mensaje apocalíptico y, como destaca el autor, es lo que explica esa obsesión por un supuesto enfrentamiento "metafísico entre el bien y el mal, que no conoce ni tregua, ni compromiso, ni límites en el ejercicio de la violencia". En forma paralela, en su mayoría, la sociedad alemana fue asumiendo esa judeofobia como una manifestación inequívoca de su identidad nacional. Claro que ello requirió un paulatino ir desaprendiendo los valores que, hasta entonces, se tenían asumidos como expresión de civilidad. Ese es el quiebre irremediable que el nazismo -y todos los que lo emulan; en ocasiones, sin saberlo- significa en la historia de la humanidad: el regreso a la horda -para colmo, sofisticada por los avances científicos-, a la brutalidad sin límites ni frenos inhibitorios. Como decía Jorge Luis Borges, el mayor horror de los infiernos hitlerianos radica en que, a diferencia de los del Dante, tuvieron realidad. Y no hace mucho. (c) LA GACETA
Lejos de quienes ven en el nazismo una variante improvisada del nihilismo, Burrin demuestra que Adolf Hitler supo desarrollar coherentemente aquello que había tramado en su temible libro "Mi Lucha", en los caóticos años 20. Con habilidad consiguió catalizar los factores, las pulsiones y los prejuicios que intoxicaban a la sociedad alemana como consecuencia de la derrota en la Primera Guerra: una cultura política autoritaria, un Estado tardíamente consolidado -y muy débil- en relación con las potencias europeas tradicionales, y un antisemitismo de base religiosa en su doble vertiente, católica y protestante.
Como consecuencia de un proceso que todavía intranquiliza por su velocidad -y por la posibilidad de que pudiera repetirse-, aquel cabo insignificante del ejército alemán pudo imponer su cosmogonía, según la cual, la historia se desarrollaba basándose en leyes naturales inexorables y a partir de una lucha vital entre dos razas: la aria y la judía. Esta última, según su visión patológica, había impregnado con sus valores la cultura occidental desde hacía 2.000 años. He aquí una novedad: el antisemitismo deja de tener un soporte exclusivamente religioso o nacional (como, de hecho, lo tenía en Francia), para adquirir un sesgo biológico, lo que permitió recurrir a un discurso seudocientífico para disfrazar viejos resentimientos.
El recurso racial sirvió, al mismo tiempo, para construir la imagen de una comunidad étnicamente compacta (la aria) y, de paso, devolverle autoestima al reconfigurado Estado alemán tras la descomposición de la república de Weimar. Pero este no podía quedarse inmóvil porque la conspiración judía no cesaba, según la delirante filosofía nazi. Entonces, estaba condenado a luchar por su supervivencia, que sólo podía lograr a costa del aniquilamiento de los judíos. Y esta pelea no tenía límites geográficos ni jurídicos, porque era vital y porque se desarrollaba al margen del derecho. Por ello, la visión que, con su arrollador aparato propagandístico, Hitler logró instalar sobre el judío -como una metáfora irreal, construida, fantasmagórica- oscilaba entre la figura del microbio y la del demonio, entre lo infrahumano y lo suprahumano. En ambos casos, como bien destaca Burrin, implicaba una deshumanización absoluta, que en los hechos permitió la matanza fabril y experimental de millones de seres humanos en campos de concentración.
En definitiva, Hitler fue el profeta de un mensaje apocalíptico y, como destaca el autor, es lo que explica esa obsesión por un supuesto enfrentamiento "metafísico entre el bien y el mal, que no conoce ni tregua, ni compromiso, ni límites en el ejercicio de la violencia". En forma paralela, en su mayoría, la sociedad alemana fue asumiendo esa judeofobia como una manifestación inequívoca de su identidad nacional. Claro que ello requirió un paulatino ir desaprendiendo los valores que, hasta entonces, se tenían asumidos como expresión de civilidad. Ese es el quiebre irremediable que el nazismo -y todos los que lo emulan; en ocasiones, sin saberlo- significa en la historia de la humanidad: el regreso a la horda -para colmo, sofisticada por los avances científicos-, a la brutalidad sin límites ni frenos inhibitorios. Como decía Jorge Luis Borges, el mayor horror de los infiernos hitlerianos radica en que, a diferencia de los del Dante, tuvieron realidad. Y no hace mucho. (c) LA GACETA
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