27 Octubre 2002 Seguir en 
"¡Excelente! Dijo usted grandes verdades, con claridad y sencillez?, exclamó un desconocido, acercándose, al concluir mi conferencia. Hablaba observándome con cierta admiración reflexiva, como si mis palabras hubiera revelado la esencia de su drama. Un drama que, con ligeras variantes, se repite en padres de drogadictos. Esta escena se desarrolló a fines del año 2000, en un Centro de Rehabilitación para drogadependientes, a donde fui invitado para disertar sobre Las adicciones en la sociedad actual.
Hasta ese momento no había vislumbrado la posibilidad de que mi presentación tuviera demasiada resonancia entre los asistentes. Tampoco imaginé que ese encuentro tan circunstancial pudiera ser el factor desencadenante de un libro, pero lo fue.El público estaba constituido por docentes, jóvenes en recuperación, algunos psicólogos y muchos padres. Tal diversidad me indujo a comunicar las ideas en un lenguaje poco académico, accesible a todas esas personas que, desde distintos niveles y con dispares inquietudes, esperaban respuestas a múltiples interrogantes suscitados por la compleja problemática de la edición.
Mi exposición apuntó a resaltar las principales circunstancias individuales, familiares y sociales que se encadenan para promover el incremento de las adicciones en el mundo. Con ese marco, hice hincapié en ciertos aspectos de la dinámica familiar que podrían contrarrestar -o, por el contrario, facilitar- el crecimiento del nefasto fenómeno.
El hombre que cordialmente se acercó quería contarme algo más: ?Sabe, yo tengo un hijo que, por suerte, está recuperándose de una adicción. Nosotros ignorábamos las cosas equivocadas que hacíamos como padres. Hemos confundido protección con sobreprotección; dándole todo creíamos hacer lo mejor. No supimos conservar nuestra autoridad, como así tampoco poner límites, sin darnos cuenta de que de ese modo preparábamos a nuestro hijo para esta tragedia. Los padres necesitamos aprender a educar, necesitamos poder recurrir a quien enseñe esas cosas...??Es cierto, tiene usted razón -le dije-. Haría falta una buena escuela para padres o, mejor dicho, muchas buenas escuelas para padres.
Asintiendo, me extendió la mano a modo de despedida y agregó: ?Aunque más no sea, una buena guía para educar a hijos que no resulten adictos... ¡Escríbala!?. Agradecí sus palabras de modo cortés, como si fueran un cumplido más pero no tardé en reconocer que la suya era una estupenda idea.
Asumirla como propia y llevarla adelante implicaba un difícil desafío. ¿Podría desarrollar en un texto, con el lenguaje utilizado ese día, doto aquello que dije y lo que me quedó por decir? Días después la decisión estaba tomada: escribiría un libro sobre los caminos que llevan a la adicción con el objetivo de mostrar aquellos caminos que permiten alejarse de ella. Un libro dirigido a padres y educadores centrados en las personas y en las circunstancias que rodean, motivan e inducen el consumo, más que en las sustancias psicoactivas consumidas. Una guía capaz de dar cuenta de por qué nuestros hijos pueden volcarse en algún momento de sus vidas al consumo de drogas; indagando las situaciones que los hacen empezar y seguir en ese consumo".
Hasta ese momento no había vislumbrado la posibilidad de que mi presentación tuviera demasiada resonancia entre los asistentes. Tampoco imaginé que ese encuentro tan circunstancial pudiera ser el factor desencadenante de un libro, pero lo fue.El público estaba constituido por docentes, jóvenes en recuperación, algunos psicólogos y muchos padres. Tal diversidad me indujo a comunicar las ideas en un lenguaje poco académico, accesible a todas esas personas que, desde distintos niveles y con dispares inquietudes, esperaban respuestas a múltiples interrogantes suscitados por la compleja problemática de la edición.
Mi exposición apuntó a resaltar las principales circunstancias individuales, familiares y sociales que se encadenan para promover el incremento de las adicciones en el mundo. Con ese marco, hice hincapié en ciertos aspectos de la dinámica familiar que podrían contrarrestar -o, por el contrario, facilitar- el crecimiento del nefasto fenómeno.
El hombre que cordialmente se acercó quería contarme algo más: ?Sabe, yo tengo un hijo que, por suerte, está recuperándose de una adicción. Nosotros ignorábamos las cosas equivocadas que hacíamos como padres. Hemos confundido protección con sobreprotección; dándole todo creíamos hacer lo mejor. No supimos conservar nuestra autoridad, como así tampoco poner límites, sin darnos cuenta de que de ese modo preparábamos a nuestro hijo para esta tragedia. Los padres necesitamos aprender a educar, necesitamos poder recurrir a quien enseñe esas cosas...??Es cierto, tiene usted razón -le dije-. Haría falta una buena escuela para padres o, mejor dicho, muchas buenas escuelas para padres.
Asintiendo, me extendió la mano a modo de despedida y agregó: ?Aunque más no sea, una buena guía para educar a hijos que no resulten adictos... ¡Escríbala!?. Agradecí sus palabras de modo cortés, como si fueran un cumplido más pero no tardé en reconocer que la suya era una estupenda idea.
Asumirla como propia y llevarla adelante implicaba un difícil desafío. ¿Podría desarrollar en un texto, con el lenguaje utilizado ese día, doto aquello que dije y lo que me quedó por decir? Días después la decisión estaba tomada: escribiría un libro sobre los caminos que llevan a la adicción con el objetivo de mostrar aquellos caminos que permiten alejarse de ella. Un libro dirigido a padres y educadores centrados en las personas y en las circunstancias que rodean, motivan e inducen el consumo, más que en las sustancias psicoactivas consumidas. Una guía capaz de dar cuenta de por qué nuestros hijos pueden volcarse en algún momento de sus vidas al consumo de drogas; indagando las situaciones que los hacen empezar y seguir en ese consumo".







