27 Octubre 2002 Seguir en 
Los expertos en temas de contaminación ambiental han señalado reiteradamente la enorme incidencia que tienen, en el proceso degradatorio, los envases descartables que tanto se utilizan en nuestra época y que son tan difíciles de destruir. Es conocido que su volumen los ha convertido en una auténtica pesadilla. Así lo documentan fotografías -tomadas en diversos lugares del mundo- de auténticas montañas de tales elementos de plástico en veredas, calzadas, plazas, parques, terrenos baldíos y otros parajes.
Tucumán no tenía por qué ser una excepción en ese fenómeno. No es necesario llegar hasta los vaciaderos de basura para calibrar la incidencia que tiene el envase descartable de plástico en la formación de la masa de nuestros residuos. Y no nos referimos sólo a los urbanos. A simple vista se advierte, en las áreas serranas de turismo, el alarmante incremento de tal tipo de deshechos, que el público lanza al suelo y a los cursos de agua sin que se le ocurra pensar en las derivaciones de su actitud.
Es obvio decir que, si ese proceso no se detiene de algún modo, dentro de muy poco los aludidos recipientes nos invadirán por todas partes. Ya van desnaturalizando lentamente el aspecto de nuestros ríos, y sin duda seguirán perjudicándonos, de manera similar, en todos los espacios disponibles. El crecimiento de la población, por otro lado, no hace sino multiplicar a los consumidores, y por tanto viene a agudizar el problema.
Mientras se encara alguna manera de evitar técnicamente -sea por la destrucción o por el reciclado- este cuantioso fenómeno de polución, es evidente que existe la imperativa necesidad de concientizar al público al respecto, a fin de lograr que arroje su envase de plástico en los lugares que corresponde y no en cualquier parte, como lo hace en la actualidad.
Parece ocioso repetir que una actitud responsable de tal naturaleza exigiría modificar de raíz ciertos hábitos, francamente antisociales, de los que los tucumanos suelen hacer gala respecto de ese y otros problemas relacionados con la higiene de la capital y de las localidades de su provincia. Es sabido que, entre nosotros, quien puede arroja los residuos al baldío más cercano, con la misma tranquilidad con que va sembrando en la vereda los envoltorios de sus cigarrillos o de sus golosinas.
Si bien desde la época más remota las municipalidades han intentado educar en este sentido, hay que decir que el hábito cuidadoso es la excepción y no la regla, y que esa situación tan negativa se refleja apreciablemente en las múltiples deficiencias higiénicas que exhibimos, y acerca de las cuales tantas veces hemos formulado comentarios críticos.
Los tiempos que vivimos, según se lo ha repetido hasta el cansancio, exigen irreversiblemente el cuidado del ambiente; es decir, del aire que respiramos, de la tierra que nos sustenta y del agua que bebemos. A esta altura de la evolución humana, en ningún lugar de la Tierra es posible permanecer indiferente a estos conceptos, profundamente involucrados con la integridad de nuestra vida, si es que aspiramos a que nosotros y nuestros hijos habiten en un mundo razonablemente saludable.
El problema de los envases plásticos descartables suscita tantas perturbaciones, que le corresponde notable incidencia en el tema ambiental. Nos parece que es hora de que se lo encare con la preocupación necesaria, tanto desde el punto de vista de la autoridad -que deberá tomar decisiones a su respecto y hacerlas observar- como desde la órbita doméstica del ciudadano común.
No puede pensarse de otra manera, repetimos, si aspiramos a librarnos de esta verdadera invasión dañosa.
Tucumán no tenía por qué ser una excepción en ese fenómeno. No es necesario llegar hasta los vaciaderos de basura para calibrar la incidencia que tiene el envase descartable de plástico en la formación de la masa de nuestros residuos. Y no nos referimos sólo a los urbanos. A simple vista se advierte, en las áreas serranas de turismo, el alarmante incremento de tal tipo de deshechos, que el público lanza al suelo y a los cursos de agua sin que se le ocurra pensar en las derivaciones de su actitud.
Es obvio decir que, si ese proceso no se detiene de algún modo, dentro de muy poco los aludidos recipientes nos invadirán por todas partes. Ya van desnaturalizando lentamente el aspecto de nuestros ríos, y sin duda seguirán perjudicándonos, de manera similar, en todos los espacios disponibles. El crecimiento de la población, por otro lado, no hace sino multiplicar a los consumidores, y por tanto viene a agudizar el problema.
Mientras se encara alguna manera de evitar técnicamente -sea por la destrucción o por el reciclado- este cuantioso fenómeno de polución, es evidente que existe la imperativa necesidad de concientizar al público al respecto, a fin de lograr que arroje su envase de plástico en los lugares que corresponde y no en cualquier parte, como lo hace en la actualidad.
Parece ocioso repetir que una actitud responsable de tal naturaleza exigiría modificar de raíz ciertos hábitos, francamente antisociales, de los que los tucumanos suelen hacer gala respecto de ese y otros problemas relacionados con la higiene de la capital y de las localidades de su provincia. Es sabido que, entre nosotros, quien puede arroja los residuos al baldío más cercano, con la misma tranquilidad con que va sembrando en la vereda los envoltorios de sus cigarrillos o de sus golosinas.
Si bien desde la época más remota las municipalidades han intentado educar en este sentido, hay que decir que el hábito cuidadoso es la excepción y no la regla, y que esa situación tan negativa se refleja apreciablemente en las múltiples deficiencias higiénicas que exhibimos, y acerca de las cuales tantas veces hemos formulado comentarios críticos.
Los tiempos que vivimos, según se lo ha repetido hasta el cansancio, exigen irreversiblemente el cuidado del ambiente; es decir, del aire que respiramos, de la tierra que nos sustenta y del agua que bebemos. A esta altura de la evolución humana, en ningún lugar de la Tierra es posible permanecer indiferente a estos conceptos, profundamente involucrados con la integridad de nuestra vida, si es que aspiramos a que nosotros y nuestros hijos habiten en un mundo razonablemente saludable.
El problema de los envases plásticos descartables suscita tantas perturbaciones, que le corresponde notable incidencia en el tema ambiental. Nos parece que es hora de que se lo encare con la preocupación necesaria, tanto desde el punto de vista de la autoridad -que deberá tomar decisiones a su respecto y hacerlas observar- como desde la órbita doméstica del ciudadano común.
No puede pensarse de otra manera, repetimos, si aspiramos a librarnos de esta verdadera invasión dañosa.







