10 Diciembre 2006 Seguir en 

El narrador se pregunta: ¿Cómo es que mueren los que ríen y lloran? Y luego: ¿Cómo es que la naturaleza devino tan gratuita crueldad? Y luego: ¿No basta con domesticar al hombre? Y así, en tanto la interrogación sobre las derivas existenciales, sobre el sentido y el sinsentido de la vida, en última instancia la interrogación sobre lo inefable, recorre de principio a fin un texto, como El Apocado, que como medida mínima de espesor ofrece un barniz de singularidad y buen gusto en torno de los enigmas que pulsan y perseveran desde que el hombre es hombre. No aludimos, claro, a un ensayo filosófico, sino en todo caso a una novela capaz de abrevar en la disquisición filosófica sin pisar el palito de lo solemne, de lo pretencioso y, por añadidura, de lo irremediablemente soporífero.
H.F. Herrera (Córdoba, 1956) propone un juego de espejos de prístina simplicidad y envidiable eficacia: el entierro de su primo Felipe convoca al narrador a su Córdoba natal y en el tiempo que media entre el sepelio y el adiós definitivo se despliega un abanico de cavilaciones matizadas con semblanzas, misceláneas, perfiles y demás trazos de una aparente vocación plural. De tal suerte, El Apocado también puede ser interpretado como una ofrenda dispensada a Córdoba, a su historia, a su arquitectura, a sus hombres insignes o simplemente pintorescos, a sus avatares políticos o, si se permite, a la cordobesidad misma. Potentes y gratos son esos tramos donde el narrador se aboca a los detalles y los detalles de los detalles que se le imponen a cada paso, en cada esquina, en cada edificación significativa, en cada evocación impostergable. Sin embargo, mientras el narrador se despide de Felipe, a la sazón su alter ego, se coteja con las trivias más inquietantes (¿Cómo hacer para que las ideas sean ideas de lo tangible, ideas testigo? ¿Cómo hacer coincidir pensamiento y realidad? ¿Cómo es que las personas amadas se conjugan en pasado?) porque, al fin de cuentas, en El Apocado desandar el camino es menos una localización geográfica que un estado del alma. (c) LA GACETA
H.F. Herrera (Córdoba, 1956) propone un juego de espejos de prístina simplicidad y envidiable eficacia: el entierro de su primo Felipe convoca al narrador a su Córdoba natal y en el tiempo que media entre el sepelio y el adiós definitivo se despliega un abanico de cavilaciones matizadas con semblanzas, misceláneas, perfiles y demás trazos de una aparente vocación plural. De tal suerte, El Apocado también puede ser interpretado como una ofrenda dispensada a Córdoba, a su historia, a su arquitectura, a sus hombres insignes o simplemente pintorescos, a sus avatares políticos o, si se permite, a la cordobesidad misma. Potentes y gratos son esos tramos donde el narrador se aboca a los detalles y los detalles de los detalles que se le imponen a cada paso, en cada esquina, en cada edificación significativa, en cada evocación impostergable. Sin embargo, mientras el narrador se despide de Felipe, a la sazón su alter ego, se coteja con las trivias más inquietantes (¿Cómo hacer para que las ideas sean ideas de lo tangible, ideas testigo? ¿Cómo hacer coincidir pensamiento y realidad? ¿Cómo es que las personas amadas se conjugan en pasado?) porque, al fin de cuentas, en El Apocado desandar el camino es menos una localización geográfica que un estado del alma. (c) LA GACETA
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