03 Diciembre 2006 Seguir en 

-Todavía estaba oscuro. Me levanté semidormido para ir al baño. Era la cuarta vez, creo. Y cuando me agaché para buscar las pantuflas me atacó desde atrás. Sentí como si me clavara un estilete aquí, a la altura del nervio ciático.
El comisario escuchaba, jugando con un cigarrillo apagado. Era evidente que evitaba encenderlo para fumar menos, tal vez.
-¿Usted escuchó o vio algo, una sombra, un movimiento?
-No, nada. Bah, no estoy seguro. Le dije que estaba medio dormido. El dolor era terrible, casi similar al del infarto que tuve el año pasado, pero en la columna. Quedé doblado en dos y me costaba respirar. Lentamente logré enderezarme, no del todo, y entré al baño. Encendí la luz y lo vi. ¡Justo enfrente de mí! Nos miramos. Me pareció que estaba más sorprendido que yo.
-¿Podría describirlo?
-Mayor de sesenta, canoso, la cara con marcadas arrugas y bolsas alargadas bajo los ojos.
-¿Lo conocía? inquirió el policía acariciando el encendedor.
-Al principio no, aunque tenía un aire familiar -bajó la vista y tratando de disimular el temblor de sus manos, añadió-. Después me di cuenta. Era yo. Me había estado mirando en el espejo. ¡Era yo mismo!
La llama brotó del encendedor. El comisario quedó inmóvil. Parecía una caricatura de la Estatua de la Libertad. Finalmente prendió el cigarrillo, aspiró el humo lentamente dejándolo escapar luego como si lo escupiera.
-¿Ahora entiende, no?
-Ni un carajo.
-Pero es evidente. Cualquier detective se daría cuenta.
-Oiga -dijo molesto-, yo soy un vulgar policía de barrio, nada de detective ni investigador. Un “cana” que persigue mecheras, violadores, borrachos, asesinos y arrebatadores -aclaró tratando de no levantar la voz- después de todo el denunciante estaba bien vestido, había llegado en su propio automóvil y podría ser alguien importante.
Hubo una pausa tensa, incómoda.
-Perdón, comisario, tal vez no supe explicarme con claridad. A veces me pasa con algunos estudiantes -reconoció con una leve sonrisa conciliadora-.
-¿Qué enseña usted?
-Filosofía.
-Con razón, claro -murmuró. Miró su reloj y comenzó a ordenar el escritorio-. Profesor, debo efectuar un allanamiento. No lo tome a mal pero el tiempo...
-¡Justamente, El Tiempo! Ese es el maldito traidor que intenta matarme. Tiene que hacer algo, por Dios. Es un asesino serial y silencioso. Además, muy paciente y obstinado.
-Pierda cuidado, profesor -le dijo mientras se incorporaba y lo llevaba suavemente hacia la salida.
-¡Ese malvado no debería andar suelto! Ya se llevó a mi esposa, también a mis mejores amigos. Y como ahora estoy solo me está atacando con más ferocidad.
-No se preocupe, vaya tranquilo. Cualquier cosa, me llama. Comisario Méndez, pregunte por mí.
-Es peligroso, no tiene piedad. Jamás se presenta de golpe. Es hábil, ataca con suavidad. Parece inofensivo, al principio, claro. Una leve calvicie, algunas canas, gastritis. Luego comienza a obstruir arterias, acorta la vista, provoca olvidos. El Tiempo se toma su tiempo pero es implacable. Ya ha matado a millones de personas. Cuídese. El policía le agradeció sin poder evitar una sonrisa irónica. Regresó apurado y entró al baño de la comisaría. Mientras se peinaba descubrió un par de cabellos blancos en sus patillas. -“Qué raro, pensó, ayer no estaban”. Un agente golpeó la puerta.
-Comisario, estamos atrasados.
-¿Qué pasa?
-El allanamiento.
-Ah, me había olvidado. Vamos ya mismo. Esperá, esperá un segundo que tomo bicarbonato. La acidez me está matando. ¡Che!, ¿dónde está la orden de allanamiento?
-La tiene en la mano, comisario.
Esa noche el comisario Méndez no pudo dormir.
(c) LA GACETA
El comisario escuchaba, jugando con un cigarrillo apagado. Era evidente que evitaba encenderlo para fumar menos, tal vez.
-¿Usted escuchó o vio algo, una sombra, un movimiento?
-No, nada. Bah, no estoy seguro. Le dije que estaba medio dormido. El dolor era terrible, casi similar al del infarto que tuve el año pasado, pero en la columna. Quedé doblado en dos y me costaba respirar. Lentamente logré enderezarme, no del todo, y entré al baño. Encendí la luz y lo vi. ¡Justo enfrente de mí! Nos miramos. Me pareció que estaba más sorprendido que yo.
-¿Podría describirlo?
-Mayor de sesenta, canoso, la cara con marcadas arrugas y bolsas alargadas bajo los ojos.
-¿Lo conocía? inquirió el policía acariciando el encendedor.
-Al principio no, aunque tenía un aire familiar -bajó la vista y tratando de disimular el temblor de sus manos, añadió-. Después me di cuenta. Era yo. Me había estado mirando en el espejo. ¡Era yo mismo!
La llama brotó del encendedor. El comisario quedó inmóvil. Parecía una caricatura de la Estatua de la Libertad. Finalmente prendió el cigarrillo, aspiró el humo lentamente dejándolo escapar luego como si lo escupiera.
-¿Ahora entiende, no?
-Ni un carajo.
-Pero es evidente. Cualquier detective se daría cuenta.
-Oiga -dijo molesto-, yo soy un vulgar policía de barrio, nada de detective ni investigador. Un “cana” que persigue mecheras, violadores, borrachos, asesinos y arrebatadores -aclaró tratando de no levantar la voz- después de todo el denunciante estaba bien vestido, había llegado en su propio automóvil y podría ser alguien importante.
Hubo una pausa tensa, incómoda.
-Perdón, comisario, tal vez no supe explicarme con claridad. A veces me pasa con algunos estudiantes -reconoció con una leve sonrisa conciliadora-.
-¿Qué enseña usted?
-Filosofía.
-Con razón, claro -murmuró. Miró su reloj y comenzó a ordenar el escritorio-. Profesor, debo efectuar un allanamiento. No lo tome a mal pero el tiempo...
-¡Justamente, El Tiempo! Ese es el maldito traidor que intenta matarme. Tiene que hacer algo, por Dios. Es un asesino serial y silencioso. Además, muy paciente y obstinado.
-Pierda cuidado, profesor -le dijo mientras se incorporaba y lo llevaba suavemente hacia la salida.
-¡Ese malvado no debería andar suelto! Ya se llevó a mi esposa, también a mis mejores amigos. Y como ahora estoy solo me está atacando con más ferocidad.
-No se preocupe, vaya tranquilo. Cualquier cosa, me llama. Comisario Méndez, pregunte por mí.
-Es peligroso, no tiene piedad. Jamás se presenta de golpe. Es hábil, ataca con suavidad. Parece inofensivo, al principio, claro. Una leve calvicie, algunas canas, gastritis. Luego comienza a obstruir arterias, acorta la vista, provoca olvidos. El Tiempo se toma su tiempo pero es implacable. Ya ha matado a millones de personas. Cuídese. El policía le agradeció sin poder evitar una sonrisa irónica. Regresó apurado y entró al baño de la comisaría. Mientras se peinaba descubrió un par de cabellos blancos en sus patillas. -“Qué raro, pensó, ayer no estaban”. Un agente golpeó la puerta.
-Comisario, estamos atrasados.
-¿Qué pasa?
-El allanamiento.
-Ah, me había olvidado. Vamos ya mismo. Esperá, esperá un segundo que tomo bicarbonato. La acidez me está matando. ¡Che!, ¿dónde está la orden de allanamiento?
-La tiene en la mano, comisario.
Esa noche el comisario Méndez no pudo dormir.
(c) LA GACETA
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