Un discurso demasiado cargado de ideología

Por Sebastián Dozo Moreno. A pesar de ello, en cada página del libro aparece el esfuerzo de la autora por desentrañar viejos males y por avivar conciencias dormidas.

03 Diciembre 2006
No se puede comentar este libro de Silvia Bleichmar como si fuera una unidad, porque se trata de una recopilación de artículos que tocan temas muy diversos publicados en diarios y revistas de nuestro país. ¿Pero acaso la autora no tiene una unidad de visión sobre los distintos temas tratados? No al parecer, porque para que dicha unidad sea posible tiene que haber antes visión, y lo que predomina aquí es una actitud, tanto intelectual como anímica, condicionada por cierto tipo de ideología.
Para que un intelectual tenga "visión" (conocimiento claro y directo de las cosas), es preciso que haya conquistado la objetividad de criterio a través de una batalla interior (que dura toda la vida) orientada a la superación de los propios prejuicios, preferencias, conveniencias, humores, lecturas, etcétera, que se interponen entre la mirada y la realidad. Sólo quien conquista esa objetividad (nunca de un modo perfecto, naturalmente) adquiere visión, es decir, una mirada honesta y desprejuiciada del mundo y sus aconteceres.
Pero cuando de un intelectual todavía puede decirse que es de izquierda o de derecha, es posible, sí, que estemos hablando de un intelectual, es decir, de una persona que trabaja con su intelecto, pero difícilmente pueda decirse que hablamos de un pensador.
Pensar de un modo honesto requiere magnanimidad. Es un salto del hombre sobre sí mismo en pos de la conquista de la verdad objetiva, o de la justicia si se quiere. Esto, claro está, supone una capacidad de sacrificio y un autodominio tan difíciles de encontrar, que un verdadero pensador aparece en la historia con la misma frecuencia que un santo o un genio, es decir, rara vez.
Además, el pensador es aquel que -a diferencia del intelectual a secas- no goza jamás del amparo de un partido o de cualquier otro organismo de poder, porque su independencia de criterio así lo exige. En este sentido puede decirse que el pensador es siempre, de algún modo, un marginal. El intelectual, en cambio, suele acomodarse en el mullido molde de la ideología, de manera que sus pares puedan reconocerlo a simple vista, y favorecerlo. Ya lo dice un conocido eslogan: "pertenecer tiene su privilegios".
Pues bien, lo que se deduce de la lectura de este libro de Bleichmar es que la autora es una intelectual, pero no una pensadora en el estricto sentido de la palabra, porque su discurso está demasiado cargado de ideología, que vale tanto como decir que está demasiado cargado de discurso.En el último artículo de esta obra, titulado "No quiero venganza", se hace evidente una cierta tendenciosidad ideológica. Acuña frases como las que siguen: "No quiero venganza. Me horroriza la idea de que la hija de alguno de los militares enjuiciados se vea llevada a parir en medio de insultos y maltratos, obligada a limpiar restos de su propia placenta y asesinada luego por robarle el hijo que apenas conoció"; "No quiero venganza. No soportaría el llanto de la madre de los hijos del policía que disparó a la cabeza de los piqueteros muertos, si sus hijos fueran también asesinados de manera impiadosa"; "No quiero venganza; no cabe en mi cabeza cortar las manos de los torturadores, ni de mutilar sus cuerpos, ni de que sean violadas sus madres, hijas o hermanas"; "No quiero venganza, precisamente porque no creo que todos seamos culpables, porque las acciones no son equiparables, porque los fuertes tienen obligaciones que los débiles no tienen, porque no hay un solo niño de militar en manos de civiles que se los hayan apropiado, ni una sola esposa violada, ni una hija eviscerada, ni un padre torturado, ni un cuerpo mutilado"... Y todas las frases de este artículo comienzan del mismo modo, y son del mismo tenor.
Lo que se deduce de las líneas recién citadas es: primero, que si la autora imagina a los familiares de los militares y policías que cometieron abusos sufriendo vejámenes y tormentos, es porque , tal vez sí le cabe esa posibilidad "en la cabeza"; segundo, que en la enumeración detallada de esos tormentos, Bleichmar parece llevar a cabo una suerte de venganza imaginaria; y por último, que la autora, por bloqueo emotivo o condicionamiento ideológico quizás, analiza la historia política del país con escandalosa parcialidad.
Hay que destacar, sin embargo, la fina sensibilidad que Silvia Bleichmar tiene para comprender el sufrimiento de los niños pobres y de los desposeídos en general, y la denuncia lúcida que hace de la "fatiga de la compasión" (expresión tomada de Richard Sennet) de las sociedades modernas. Y que, no obstante la tendenciosidad que hemos mencionado, en cada página de este libro se trasluce el esfuerzo de la autora por desentrañar los males que aquejan a nuestro país desde hace décadas, y su afán por avivar, con sus denuncias y reflexiones, las conciencias dormidas de las nuevas generaciones. (c) LA GACETA

Tamaño texto
Comentarios