La Francia musulmana
Por Alicia Dujovne Ortiz, para LA GACETA - París. Las guerras de Medio Oriente contribuyen a crispar a quienes solamente viven su confusa identidad bajo un ángulo negativo. La decisión de Chirac de no mandar soldados a Irak ha salvado a Francia, hasta la fecha, de un atentado fundamentalista como los de Londres o Madrid.
03 Diciembre 2006 Seguir en 

Vistas con ojos distraídos, o con espíritu simplificador, las quemazones de automóviles que se siguen multiplicando en los suburbios de las ciudades francesas podrían ser confundidas con atentados integristas. Los excitados grandulones quinceañeros de origen árabe o africano que, en un barrio de Marsella, acaban de prenderle fuego a un ómnibus con los pasajeros adentro (ironía cruel, la víctima resultó ser una joven africana) se parecen como dos gotas de agua a los mártires palestinos que se suicidan gritando Alá. La rabia es, en efecto, la misma, o casi; las causas y los objetivos distan de serlo. ¿Por qué? Porque el paraíso al que los incendiarios suburbanos aspiran no es del otro mundo sino de este. Si estallan, no es por desprecio hacia las bondades del consumo sino por no poderlas gozar del todo.En su reciente película, titulada Indigènes, el cómico franco-árabe Djamel Debouze no sostiene otra cosa. Nacido en los aledaños de París e hijo de inmigrantes, Djamel es el más acabado exponente de una movilidad social que le ha permitido triunfar burlándose, por supuesto, de los franceses, pero también de sí mismo, con un autosarcasmo digno de Woody Allen. Según Djamel, los "indígenas de la República", descendientes de los harkis que lucharon junto a Francia durante la guerra de Argelia, o de los miles de argelinos, marroquíes o tunecinos a los que ese país llamó a trabajar en los oficios más penosos mientras pensó necesitarlos, son sencillamente franceses. Para mayor exactitud, son "complejamente" franceses, pero franceses al fin. Aunque se sientan musulmanes, su rebelión no tiene puntos de contacto con una lucha religiosa. Excluidos, encerrados en sus guetos entre barreras invisibles, pero que ellos perciben con claridad ("con esta cara y este nombre no puedo alquilar un departamento en un barrio normal, ni conseguir los mismos empleos que Durand o Dupont", sostienen), los muchachos y las chicas de esta generación incierta responden a una denominación que lo dice todo: los "chez moi".
Les han puesto el apodo en el bled, la aldea de sus padres o abuelos adonde van de vacaciones. Cada verano llegan a refregar ante los ojos de sus parientes pobres sus celulares maravillosos, mitad computadora y mitad televisión, sus zapatillas de marca, sus gorras puestas al revés, sus gigantescos blusones, sus jeans de un talle tres veces más grande que el necesario y que les caen rectos a partir de la cadera, como si estuvieran rellenos de cartón. Desembarcan hablando la jerga incomprensible que ha reemplazado el viejo argot de los ladrones franceses, farfullando apenas dos palabras de un árabe mal pronunciado y repitiendo sin pausa "chez moi": "En mi casa pasa esto, en mi país pasa esto otro".
La geografía de esta expresión de deseo -la de tener precisamente, casa y país- varía según la orilla desde donde se intenta delimitarla. En París, los que dicen chez moi describen un lugar ideal y primigenio donde todo es más sano y luminoso que en la ciudad hostil y nublada que los ha visto nacer: en Argel o en Marraquesh, chez moi representa la urbe refinada, la capital de la elegancia con que los desorientados veraneantes intentan deslumbrar. La triste realidad es que ninguno de los chez moi convence a nadie, ni en una orilla ni en la otra. Tanta reiteración revela a las claras que esos chicos y chicas no saben a ciencia cierta ni cuál es su lugar ni de dónde son. En ese sentido, su drama se parece al de cualquier hijo de extranjeros que busca la identidad perdida. Los hijos de argentinos nacidos en Londres o en Madrid también son "chez moi".
No cabe duda de que si al hecho de nacer en otro lado se le agregan la diferencia religiosa y el prejuicio racial, determinar quién se es resulta aun más arduo. Ser musulmán en un mundo cristiano y en medio de graves conflictos mundiales no facilita las cosas. Las guerras del Medio Oriente contribuyen a crispar a quienes sólo viven su confusa identidad bajo un ángulo negativo, solidarizándose con las víctimas hasta el extremo de victimizarse a sí mismos y caer en la judeofobia primaria y visceral. Es por eso que algunos eligen huir de la incertidumbre, definiéndose a partir de lo religioso bajo su rostro menos tolerante. Una manifestación de orgullo y provocación. ¿Me miran con desconfianza? ¿Temen que con la tez mate y la nariz aguileña que tengo lleve una bomba en la mochila? No los defraudaré, seré lo que ustedes han querido que fuera: un fanático dispuesto a todo.
Es así como, de la noche a la mañana, el pibito morocho y enrulado de la esquina, que hasta entonces usaba el consabido disfraz (la gorra al revés, los jeans caídos), aparece con atuendo de fundamentalista: gorrito cuadrado, barba poblada, y una túnica de algodón a rayas verticales que deja aparecer el tobillo (quizás para que las zapatillas, aún de marca, continúen visibles). Por su parte, la novia del candidato al martirio, que hasta ese momento usaba jean tres talles más chicos que el correcto, ahora saldrá a la calle con un velo tan sentador, tan estratégicamente colocado, que un folleto distribuido en un locutorio árabe la previene con gran severidad: "Hermana musulmana, el velo no es para la coquetería sino para el pudor".
Es cierto que con este nuevo look, algunos muchachos han ido a entrenarse al Pakistán y a morir con la cintura repleta de explosivos.
También es cierto que el folleto de marras, editado por los centros religiosos más intolerantes, prosigue diciendo: "Los sepulcros de los infieles (léase, amable lector, el tuyo o el mío) se estrecharán hasta romper las costillas de sus cadáveres". Pero también es cierto que el fenómeno progresa bastante menos de lo que una extrema derecha francesa siempre necesitada de exacerbar el miedo -puesto que su kiosquito es la angustia y de eso vive-, quiere hacernos creer. En Francia, la proporción de fundamentalistas alcanza como para irse preocupando, pero no como para padecer de insomnio.
Por el contrario, lo que sí aumenta entre los jóvenes árabes es el odio al judío. Un borroso pero intenso aborrecimiento, mezcla de viejos prejuicios con indignación ante las terribles imágenes televisivas de la cadena Al Jazeera, que muestra a los niños árabes masacrados por los israelíes. Tampoco la televisión francesa presenta imágenes contrastadas y equilibradas de esta guerra perpetua, cuya salida no está a la vista. El resultado son las palizas que los adolescentes árabes propinan a los adolescentes judíos, cuando no, como en el caso del joven Ilan Halimi, secuestrado por una banda de brutos, un acto de tortura y barbarie que terminó en muerte.
Sin embargo, y toquemos madera, le debemos al manipulador, al hipócrita, al contemporizador y camandulero Jacques Chirac el que Francia se haya salvado, hasta la fecha, de un atentado fundamentalista como el de Londres o el de Madrid. Su decisión de no mandar soldados a Irak ha colocado a Francia en un lugar algo más confortable. En cambio, el gran error en relación con la religión musulmana, profesada por poblaciones heridas en su dignidad, y en su carne, lo han cometido los integristas de la laicidad, esos profesoretes forrados de principios, tan peligrosos, a su modo, como los adalides de la fe, que han prohibido el uso del velo a las estudiantes musulmanas de los colegios y liceos franceses.
En estos días se ha desarrollado en Barcelona un congreso mundial de feministas musulmanas. ¿Es posible ser a la vez lo uno y lo otro? Ellas responden que sí. El Corán no tiene una sola lectura, la del poder masculino, dicen. Existen múltiples modos de entenderlo, así como existe más de una manera de ser musulmán. Ni el machismo ni el fundamentalismo son consustanciales a ese credo susceptible de evolucionar igual que los otros. Pero esa corajuda reacción de las mujeres musulmanas que abogan por el derecho a disponer de su cuerpo, a mostrarlo sin tapujos, y a convertirse en directoras espirituales, tiene la infinita ventaja de no haber sido impuesta de modo paternalista por los dueños occidentales de la verdad.
Las leyes francesas prohíben atinadamente la práctica de la escisión por parte de africanos que mutilan el sexo de sus hijas como único medio para que, según la tradición, encuentren marido. Aunque el velo pueda ser considerado una suerte de mutilación que atenta contra la visibilidad del cuerpo, esas leyes tan justas y tan equitativas deberían tener en cuenta tres factores: que la liberación regalada o impuesta no tiene el mismo valor que la ganada por el propio oprimido, sea cual fuere el carácter de su opresión (en este caso, la ejercida por las familias que obligan a las jovencitas a cubrirse el pelo); que con la prohibición se corre el riesgo de encaprichar a las chicas y reforzar su decisión (me refiero a las que han resuelto, por su cuenta, seducir tapándose, como bien lo advertía el cejijunto Imán que redactó el mentado folleto); y que, por sobre todas las cosas, mejor no meniallo.
Un consejo cervantino que me parece de lo más acertado en el momento actual. No meniallo. Lo he dicho y lo repito, la población musulmana está lastimada. Por eso es susceptible, por eso puede caer en la autolástima y, de allí, en la violencia. Prohibir el velo equivale a levantar un muro. Una demostración de interés por su cultura y sus costumbres habría apaciguado a las chicas y a sus familias como nunca lo hará la rigidez de los irritadores profesionales. Las estudiantes habrían apreciado al que sus profesores les preguntaran por el sentido del velo, por su historia, por sus propios sentimientos al cubrirse la tan preciada cabellera. La inteligencia habría consistido en reflexionar junto a ellas sobre el caso de Aixa, la más jovencita de las esposas de Mahoma que se negó a velarse. En el mismo orden de ideas, defender la libertad de expresión de los caricaturistas que retrataron a Mahoma con una bomba en el turbante resulta la contrapartida exacta del integrismo. ¿Qué diferencia se puede establecer entre ambas arrogancias? Tanto el convencido de que los demás son infieles, como el que está seguro de su derecho a expresarse, aunque, al hacerlo, humille y ofenda, participan de una visión del mundo bastante parecida.
La Francia musulmana forma parte de la Francia de hoy. Una Francia químicamente pura sería inimaginable, además de incolora, inodora e insípida. Esos hijos de inmigrantes enojados a causa de la xenofobia francesa son franceses, se indignan como tales, han aprendido en el colegio francés a hacer valer sus derechos; esos padres y madres de una religiosidad tirando a tibia, que en general no vuelven al añorado bled, por mucho que protesten contra el frío y la lluvia de su suburbio parisiense, desean para sus hijos lo que esa sociedad a medias les niega y a medias les ofrece. Los que repiten como loros que la integración de los musulmanes ha fracasado harían bien en relativizar sus opiniones, o sea, en pensar con modestia.
El mestizaje, que en la Argentina conocemos desde mucho antes, asoma de modo irreversible en el horizonte de la humanidad entera, a menos que una catástrofe desencadenada por quienes siempre colocan el mal en la vereda de enfrente termine con todo. Para evitar la catástrofe sería conveniente mirar al otro, admitiendo justamente, que es otro. Yo he conservado una única utopía: creo en las mezclas. Son lo único que impide las ideas tajantes, estúpidamente tajantes. Después de treinta años de vida en Francia me pronuncio a favor de esa verdad espontánea, humilde y fluida, no imperativa ni legislada, simbolizada por las abuelas francesas rubias y rubicundas, mejor aun si judías, que empujan cochecitos con bebés de negros rulos apretados y piel canela por las calles de París. (c) LA GACETA
Les han puesto el apodo en el bled, la aldea de sus padres o abuelos adonde van de vacaciones. Cada verano llegan a refregar ante los ojos de sus parientes pobres sus celulares maravillosos, mitad computadora y mitad televisión, sus zapatillas de marca, sus gorras puestas al revés, sus gigantescos blusones, sus jeans de un talle tres veces más grande que el necesario y que les caen rectos a partir de la cadera, como si estuvieran rellenos de cartón. Desembarcan hablando la jerga incomprensible que ha reemplazado el viejo argot de los ladrones franceses, farfullando apenas dos palabras de un árabe mal pronunciado y repitiendo sin pausa "chez moi": "En mi casa pasa esto, en mi país pasa esto otro".
La geografía de esta expresión de deseo -la de tener precisamente, casa y país- varía según la orilla desde donde se intenta delimitarla. En París, los que dicen chez moi describen un lugar ideal y primigenio donde todo es más sano y luminoso que en la ciudad hostil y nublada que los ha visto nacer: en Argel o en Marraquesh, chez moi representa la urbe refinada, la capital de la elegancia con que los desorientados veraneantes intentan deslumbrar. La triste realidad es que ninguno de los chez moi convence a nadie, ni en una orilla ni en la otra. Tanta reiteración revela a las claras que esos chicos y chicas no saben a ciencia cierta ni cuál es su lugar ni de dónde son. En ese sentido, su drama se parece al de cualquier hijo de extranjeros que busca la identidad perdida. Los hijos de argentinos nacidos en Londres o en Madrid también son "chez moi".
No cabe duda de que si al hecho de nacer en otro lado se le agregan la diferencia religiosa y el prejuicio racial, determinar quién se es resulta aun más arduo. Ser musulmán en un mundo cristiano y en medio de graves conflictos mundiales no facilita las cosas. Las guerras del Medio Oriente contribuyen a crispar a quienes sólo viven su confusa identidad bajo un ángulo negativo, solidarizándose con las víctimas hasta el extremo de victimizarse a sí mismos y caer en la judeofobia primaria y visceral. Es por eso que algunos eligen huir de la incertidumbre, definiéndose a partir de lo religioso bajo su rostro menos tolerante. Una manifestación de orgullo y provocación. ¿Me miran con desconfianza? ¿Temen que con la tez mate y la nariz aguileña que tengo lleve una bomba en la mochila? No los defraudaré, seré lo que ustedes han querido que fuera: un fanático dispuesto a todo.
Es así como, de la noche a la mañana, el pibito morocho y enrulado de la esquina, que hasta entonces usaba el consabido disfraz (la gorra al revés, los jeans caídos), aparece con atuendo de fundamentalista: gorrito cuadrado, barba poblada, y una túnica de algodón a rayas verticales que deja aparecer el tobillo (quizás para que las zapatillas, aún de marca, continúen visibles). Por su parte, la novia del candidato al martirio, que hasta ese momento usaba jean tres talles más chicos que el correcto, ahora saldrá a la calle con un velo tan sentador, tan estratégicamente colocado, que un folleto distribuido en un locutorio árabe la previene con gran severidad: "Hermana musulmana, el velo no es para la coquetería sino para el pudor".
Es cierto que con este nuevo look, algunos muchachos han ido a entrenarse al Pakistán y a morir con la cintura repleta de explosivos.
También es cierto que el folleto de marras, editado por los centros religiosos más intolerantes, prosigue diciendo: "Los sepulcros de los infieles (léase, amable lector, el tuyo o el mío) se estrecharán hasta romper las costillas de sus cadáveres". Pero también es cierto que el fenómeno progresa bastante menos de lo que una extrema derecha francesa siempre necesitada de exacerbar el miedo -puesto que su kiosquito es la angustia y de eso vive-, quiere hacernos creer. En Francia, la proporción de fundamentalistas alcanza como para irse preocupando, pero no como para padecer de insomnio.
Por el contrario, lo que sí aumenta entre los jóvenes árabes es el odio al judío. Un borroso pero intenso aborrecimiento, mezcla de viejos prejuicios con indignación ante las terribles imágenes televisivas de la cadena Al Jazeera, que muestra a los niños árabes masacrados por los israelíes. Tampoco la televisión francesa presenta imágenes contrastadas y equilibradas de esta guerra perpetua, cuya salida no está a la vista. El resultado son las palizas que los adolescentes árabes propinan a los adolescentes judíos, cuando no, como en el caso del joven Ilan Halimi, secuestrado por una banda de brutos, un acto de tortura y barbarie que terminó en muerte.
Sin embargo, y toquemos madera, le debemos al manipulador, al hipócrita, al contemporizador y camandulero Jacques Chirac el que Francia se haya salvado, hasta la fecha, de un atentado fundamentalista como el de Londres o el de Madrid. Su decisión de no mandar soldados a Irak ha colocado a Francia en un lugar algo más confortable. En cambio, el gran error en relación con la religión musulmana, profesada por poblaciones heridas en su dignidad, y en su carne, lo han cometido los integristas de la laicidad, esos profesoretes forrados de principios, tan peligrosos, a su modo, como los adalides de la fe, que han prohibido el uso del velo a las estudiantes musulmanas de los colegios y liceos franceses.
En estos días se ha desarrollado en Barcelona un congreso mundial de feministas musulmanas. ¿Es posible ser a la vez lo uno y lo otro? Ellas responden que sí. El Corán no tiene una sola lectura, la del poder masculino, dicen. Existen múltiples modos de entenderlo, así como existe más de una manera de ser musulmán. Ni el machismo ni el fundamentalismo son consustanciales a ese credo susceptible de evolucionar igual que los otros. Pero esa corajuda reacción de las mujeres musulmanas que abogan por el derecho a disponer de su cuerpo, a mostrarlo sin tapujos, y a convertirse en directoras espirituales, tiene la infinita ventaja de no haber sido impuesta de modo paternalista por los dueños occidentales de la verdad.
Las leyes francesas prohíben atinadamente la práctica de la escisión por parte de africanos que mutilan el sexo de sus hijas como único medio para que, según la tradición, encuentren marido. Aunque el velo pueda ser considerado una suerte de mutilación que atenta contra la visibilidad del cuerpo, esas leyes tan justas y tan equitativas deberían tener en cuenta tres factores: que la liberación regalada o impuesta no tiene el mismo valor que la ganada por el propio oprimido, sea cual fuere el carácter de su opresión (en este caso, la ejercida por las familias que obligan a las jovencitas a cubrirse el pelo); que con la prohibición se corre el riesgo de encaprichar a las chicas y reforzar su decisión (me refiero a las que han resuelto, por su cuenta, seducir tapándose, como bien lo advertía el cejijunto Imán que redactó el mentado folleto); y que, por sobre todas las cosas, mejor no meniallo.
Un consejo cervantino que me parece de lo más acertado en el momento actual. No meniallo. Lo he dicho y lo repito, la población musulmana está lastimada. Por eso es susceptible, por eso puede caer en la autolástima y, de allí, en la violencia. Prohibir el velo equivale a levantar un muro. Una demostración de interés por su cultura y sus costumbres habría apaciguado a las chicas y a sus familias como nunca lo hará la rigidez de los irritadores profesionales. Las estudiantes habrían apreciado al que sus profesores les preguntaran por el sentido del velo, por su historia, por sus propios sentimientos al cubrirse la tan preciada cabellera. La inteligencia habría consistido en reflexionar junto a ellas sobre el caso de Aixa, la más jovencita de las esposas de Mahoma que se negó a velarse. En el mismo orden de ideas, defender la libertad de expresión de los caricaturistas que retrataron a Mahoma con una bomba en el turbante resulta la contrapartida exacta del integrismo. ¿Qué diferencia se puede establecer entre ambas arrogancias? Tanto el convencido de que los demás son infieles, como el que está seguro de su derecho a expresarse, aunque, al hacerlo, humille y ofenda, participan de una visión del mundo bastante parecida.
La Francia musulmana forma parte de la Francia de hoy. Una Francia químicamente pura sería inimaginable, además de incolora, inodora e insípida. Esos hijos de inmigrantes enojados a causa de la xenofobia francesa son franceses, se indignan como tales, han aprendido en el colegio francés a hacer valer sus derechos; esos padres y madres de una religiosidad tirando a tibia, que en general no vuelven al añorado bled, por mucho que protesten contra el frío y la lluvia de su suburbio parisiense, desean para sus hijos lo que esa sociedad a medias les niega y a medias les ofrece. Los que repiten como loros que la integración de los musulmanes ha fracasado harían bien en relativizar sus opiniones, o sea, en pensar con modestia.
El mestizaje, que en la Argentina conocemos desde mucho antes, asoma de modo irreversible en el horizonte de la humanidad entera, a menos que una catástrofe desencadenada por quienes siempre colocan el mal en la vereda de enfrente termine con todo. Para evitar la catástrofe sería conveniente mirar al otro, admitiendo justamente, que es otro. Yo he conservado una única utopía: creo en las mezclas. Son lo único que impide las ideas tajantes, estúpidamente tajantes. Después de treinta años de vida en Francia me pronuncio a favor de esa verdad espontánea, humilde y fluida, no imperativa ni legislada, simbolizada por las abuelas francesas rubias y rubicundas, mejor aun si judías, que empujan cochecitos con bebés de negros rulos apretados y piel canela por las calles de París. (c) LA GACETA
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