26 Noviembre 2006 Seguir en 

Desde que llegó a Europa, el tabaco fue alabado y condenado. Lo descubrieron dos marineros de Colón durante uno de sus viajes: Rodrigo de Jerez y Luis de la Torre. Jerez, al llegar a su pueblo, fue a parar a la cárcel. Para la Inquisición sólo un discípulo del diablo podía echar humo por la nariz y la boca. Pero después salió en libertad cuando vieron que no era peligroso. Diez años después ya crecía la planta en Andalucía.
Desde entonces, el tabaco fue condenado como veneno y alabado como medicina: Nicolás Monardes estableció que curaba varias enfermedades y el médico francés Jean Nicot, embajador de su país en Portugal, le curó a su reina, Catalina de Médicis, una jaqueca persistente para que pudiera seguir peleando con los protestantes.
En la lista de los enemigos del tabaco se encuentran, con los siguientes castigos: Felipe II de España (cárcel); sultán Murad IV de Turquía (pena de muerte); zar Alexis Mijailovich de Rusia (les cortaba la nariz a los fumadores); Países Bajos, Suecia, Sajonia y Transilvania (cárcel) y el Papado (excomunión por el papa Urbano VIII en 1642, levantada en el siglo XVIII).
Pero ya a fines del 1600 toda Europa fumaba tabaco: cigarros, los indianos que venían de América española, los demás en pipa, los marineros lo masticaban dado que era imposible fumarlo por el viento del mar y los turcos inventaron el narguile, esa extraña pipa que no sólo lava el humo sino que lo perfuma. En 1700 se puso de moda entre la nobleza y la alta burguesía sorber el polvo del tabaco llamado rapé. Entonces aparecieron las tabaqueras de oro, de plata, de marfil, todas ellas talladas por orfebres.
Para entonces, también, la angurria impositiva del Estado creó el monopolio del tabaco. El primero fue Felipe II. Después de haber sido derrotado por Isabel I de Inglaterra se olvidó de que el tabaco era un vicio. Le siguió Colbert, el ministro francés de Luis XIV (hasta hoy el monopolio queda y se llama SEITA, sigla en francés de Monopolio Estatal de Tabacos y Cerillas). Los librecambistas no monopolizaron el producto sino que le pusieron fuertes impuestos hasta llegar en algunos casos hasta el noventa por ciento del precio de costo.Pero aún no apareció el cigarrillo. Según cuenta la leyenda, lo inventó un mendigo sevillano que en el siglo XVIII recogía los puchos (perdón, "colillas") que arrojaban en la calle los burgueses, las picaba y con ese tabaco hacía un rollito y se lo fumaba. A este primitivo cigarrillo se lo llamaba "papelillo". Según otra tradición el cigarrillo apareció en los campos de batalla de la Guerra de Crimea, primero, y en los de la Guerra de Secesión a mediados del siglo XIX. Durante la Primera Guerra Mundial muchos soldados fueron muertos por fumar de noche: las brasas de sus cigarrillos orientaban con seguridad a los francotiradores.
Yo comencé a fumar a los siete años, pero no tabaco sino "pelo de choclo" que con mis primos robábamos de la cocina de la abuela, hacíamos secar al sol y luego lo liábamos en un papel de seda.
Por ese tiempo muchas cosas incitaban a fumar: las estrellas de cine mudo seducían a sus galanes con sus actitudes lánguidas y sus largas boquillas y las voces que salían de la victrola familiar cantaban: "fumar es un placer genial, sensual / fumando espero / al hombre que yo quiero" o "No me has dejao ni el pucho en la oreja de aquel pasado malevo y feroz".
Pero las mujeres de mi ciudad, en mi infancia, no fumaban. Salvo las matronas de avanzada edad y a escondidas, lo cual era un signo de senilidad. Cuando pusieron el primer teléfono en casa de mi abuelo (que además era la primera sucursal o agencia del interior de la provincia de LA GACETA) confundí a doña Aurora Valdez de Cruz con un caballero por su vozarrón labrado por el tabaco, lo cual provocó su ira y la risa de mis tías.
De los cigarrillos de pelo de choclo pasé a los de tabaco. La marca era "Mister" y el paquete costaba 10 centavos a pesar de que tenía poco tabaco y muchas hojas de lechuga disecadas. Pero el efecto fue terrible: mareos, vómitos y sobre todo una gran sensación de culpa: la cuestión era cómo volver a la casa con ese olor a tabaco. La salvación estaba en los naranjos de la plaza, de cuyas hojas nos prendíamos y masticábamos grandes cantidades. Pero nos descubrieron.
No sabíamos de la existencia de los cigarrillos rubios importados hasta que uno de los más grandes sacó un paquete de cigarrillos marca "Flag" (después supe que la palabra quería decir "bandera" aunque el paquete tenía la figura de un marinero que no era argentino). A los cigarrillos negros no los probamos ni por asomo. Eran verdaderos petardos como los que fumaba mi padre: "Particulares" (etiqueta roja) e "Imparciales". Mucho menos los "cigarros de chala", que venían de "La Cocha" porque además de ser terribles, eran un peligro público a causa de las semillas de anís que les ponían para perfumarlos y que, como fuegos de artificio, explotaban repentinamente, causando quemaduras en la ropa.
Tucumán tuvo sus fábricas. La primera fue de un señor libanés de apellido Saleme que, a principios del siglo pasado, se especializaba en cigarros de hoja y que desapareció con su muerte. La segunda, aquella que producía las marcas de cigarrillos "Manantial" y "Tres Patos" cuya desaparición se produjo a causa de la unificación de impuestos en épocas de la presidencia del general Justo. No alcancé a fumarlos porque con mi familia me fui a vivir a San Juan.
En el secundario comencé a fumar los dos cigarrillos rubios ya que se hacían en el país: "Commander" y "American Club", pero sólo los domingos pues costaban caros, más de la mitad de mi "semanal", que totalizaba 50 centavos. Los otros días le robaba sus cigarrillos a mi padre, verdaderas lijas para mi sufrida garganta.
Cuando comencé a trabajar en LA GACETA y a estudiar en la Universidad ya fumaba medio paquete por día de "Sportman" y, cuando apareció la marca que hasta hoy fumo, pasé al paquete diario nada más que de fuertes y en los últimos años he pasado a los "suaves".
En 1961 gané una beca para perfeccionamiento de periodista en la "Escuela del Louvre". Pensaba que allí encontraría muy buenos cigarrillos. Pero nada de eso. Por el contrario, hasta las mujeres fumaban "negros", no se depilaban y se bañaban para "Pascua Florida".
Al borde de los 85 años sigo fumando. Como no salgo por causa de una artrosis, lo hago entre las cuatro paredes de mi casa. Y allí me sorprenderá la muerte con el "pucho en la boca". Pero no sé si me habré convertido en el decano de los fumadores tucumanos. (c) LA GACETA
Desde entonces, el tabaco fue condenado como veneno y alabado como medicina: Nicolás Monardes estableció que curaba varias enfermedades y el médico francés Jean Nicot, embajador de su país en Portugal, le curó a su reina, Catalina de Médicis, una jaqueca persistente para que pudiera seguir peleando con los protestantes.
En la lista de los enemigos del tabaco se encuentran, con los siguientes castigos: Felipe II de España (cárcel); sultán Murad IV de Turquía (pena de muerte); zar Alexis Mijailovich de Rusia (les cortaba la nariz a los fumadores); Países Bajos, Suecia, Sajonia y Transilvania (cárcel) y el Papado (excomunión por el papa Urbano VIII en 1642, levantada en el siglo XVIII).
Pero ya a fines del 1600 toda Europa fumaba tabaco: cigarros, los indianos que venían de América española, los demás en pipa, los marineros lo masticaban dado que era imposible fumarlo por el viento del mar y los turcos inventaron el narguile, esa extraña pipa que no sólo lava el humo sino que lo perfuma. En 1700 se puso de moda entre la nobleza y la alta burguesía sorber el polvo del tabaco llamado rapé. Entonces aparecieron las tabaqueras de oro, de plata, de marfil, todas ellas talladas por orfebres.
Para entonces, también, la angurria impositiva del Estado creó el monopolio del tabaco. El primero fue Felipe II. Después de haber sido derrotado por Isabel I de Inglaterra se olvidó de que el tabaco era un vicio. Le siguió Colbert, el ministro francés de Luis XIV (hasta hoy el monopolio queda y se llama SEITA, sigla en francés de Monopolio Estatal de Tabacos y Cerillas). Los librecambistas no monopolizaron el producto sino que le pusieron fuertes impuestos hasta llegar en algunos casos hasta el noventa por ciento del precio de costo.Pero aún no apareció el cigarrillo. Según cuenta la leyenda, lo inventó un mendigo sevillano que en el siglo XVIII recogía los puchos (perdón, "colillas") que arrojaban en la calle los burgueses, las picaba y con ese tabaco hacía un rollito y se lo fumaba. A este primitivo cigarrillo se lo llamaba "papelillo". Según otra tradición el cigarrillo apareció en los campos de batalla de la Guerra de Crimea, primero, y en los de la Guerra de Secesión a mediados del siglo XIX. Durante la Primera Guerra Mundial muchos soldados fueron muertos por fumar de noche: las brasas de sus cigarrillos orientaban con seguridad a los francotiradores.
Yo comencé a fumar a los siete años, pero no tabaco sino "pelo de choclo" que con mis primos robábamos de la cocina de la abuela, hacíamos secar al sol y luego lo liábamos en un papel de seda.
Por ese tiempo muchas cosas incitaban a fumar: las estrellas de cine mudo seducían a sus galanes con sus actitudes lánguidas y sus largas boquillas y las voces que salían de la victrola familiar cantaban: "fumar es un placer genial, sensual / fumando espero / al hombre que yo quiero" o "No me has dejao ni el pucho en la oreja de aquel pasado malevo y feroz".
Pero las mujeres de mi ciudad, en mi infancia, no fumaban. Salvo las matronas de avanzada edad y a escondidas, lo cual era un signo de senilidad. Cuando pusieron el primer teléfono en casa de mi abuelo (que además era la primera sucursal o agencia del interior de la provincia de LA GACETA) confundí a doña Aurora Valdez de Cruz con un caballero por su vozarrón labrado por el tabaco, lo cual provocó su ira y la risa de mis tías.
De los cigarrillos de pelo de choclo pasé a los de tabaco. La marca era "Mister" y el paquete costaba 10 centavos a pesar de que tenía poco tabaco y muchas hojas de lechuga disecadas. Pero el efecto fue terrible: mareos, vómitos y sobre todo una gran sensación de culpa: la cuestión era cómo volver a la casa con ese olor a tabaco. La salvación estaba en los naranjos de la plaza, de cuyas hojas nos prendíamos y masticábamos grandes cantidades. Pero nos descubrieron.
No sabíamos de la existencia de los cigarrillos rubios importados hasta que uno de los más grandes sacó un paquete de cigarrillos marca "Flag" (después supe que la palabra quería decir "bandera" aunque el paquete tenía la figura de un marinero que no era argentino). A los cigarrillos negros no los probamos ni por asomo. Eran verdaderos petardos como los que fumaba mi padre: "Particulares" (etiqueta roja) e "Imparciales". Mucho menos los "cigarros de chala", que venían de "La Cocha" porque además de ser terribles, eran un peligro público a causa de las semillas de anís que les ponían para perfumarlos y que, como fuegos de artificio, explotaban repentinamente, causando quemaduras en la ropa.
Tucumán tuvo sus fábricas. La primera fue de un señor libanés de apellido Saleme que, a principios del siglo pasado, se especializaba en cigarros de hoja y que desapareció con su muerte. La segunda, aquella que producía las marcas de cigarrillos "Manantial" y "Tres Patos" cuya desaparición se produjo a causa de la unificación de impuestos en épocas de la presidencia del general Justo. No alcancé a fumarlos porque con mi familia me fui a vivir a San Juan.
En el secundario comencé a fumar los dos cigarrillos rubios ya que se hacían en el país: "Commander" y "American Club", pero sólo los domingos pues costaban caros, más de la mitad de mi "semanal", que totalizaba 50 centavos. Los otros días le robaba sus cigarrillos a mi padre, verdaderas lijas para mi sufrida garganta.
Cuando comencé a trabajar en LA GACETA y a estudiar en la Universidad ya fumaba medio paquete por día de "Sportman" y, cuando apareció la marca que hasta hoy fumo, pasé al paquete diario nada más que de fuertes y en los últimos años he pasado a los "suaves".
En 1961 gané una beca para perfeccionamiento de periodista en la "Escuela del Louvre". Pensaba que allí encontraría muy buenos cigarrillos. Pero nada de eso. Por el contrario, hasta las mujeres fumaban "negros", no se depilaban y se bañaban para "Pascua Florida".
Al borde de los 85 años sigo fumando. Como no salgo por causa de una artrosis, lo hago entre las cuatro paredes de mi casa. Y allí me sorprenderá la muerte con el "pucho en la boca". Pero no sé si me habré convertido en el decano de los fumadores tucumanos. (c) LA GACETA
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