Quejas de un conductor sensible

Por Hugo Caligaris para LA GACETA - Buenos Aires. Trato de mantenerme al margen de todo lo que sea contemplación de heridas, hematomas, bisturíes, puntos de sutura. Con todo cuidado paso el control remoto por encima de los canales que a ciertas horas emiten programas quirúrgicos.

26 Noviembre 2006
Soy un hombre sensible. Especialmente delicado con la sangre. Trato de mantenerme al margen de todo lo que sea contemplación de heridas, hematomas, bisturíes, puntos de sutura. Con todo cuidado paso con el control remoto por encima de los canales que a determinadas horas emiten programas quirúrgicos. Abundan los consumidores de estos espectáculos científicos, en los que una cámara minuciosa registra vasectomías, operaciones de páncreas, implantación de anillos gástricos, lipoaspiraciones y limpieza de cataratas, entre otras maravillas de la ciencia médica.
Yo no soy uno de esos consumidores. Yo no consumo eso. Mi sensibilidad me lo impide, y si el azar o la mala suerte me imponen uno de esos momentos ingratos, sin poderlo evitar mis manos se tensan como garras y mis uñas se clavan en mi propio antebrazo, en el muslo o en la parte de mi propio cuerpo que tengan más cerca. Podrá ser visto como una contradicción, ya que el odio a la visión de la sangre hace correr en más de una oportunidad mi propia sangre, pero se trata de una reacción instintiva, de un reflejo, y no es momento para discutir la oportunidad o la pertinencia de los actos reflejos, que existen con independencia de la voluntad y la conciencia. Son cosas que suceden, y punto.
He dejado de ver películas de gran mérito artístico por haberme enterado de que el realizador, en su afán de estremecer al público, mostraba en cierto momento una mutilación horrorosa. Soy uno de esos que no vieron "El imperio de los sentidos", el que nunca verá "Irreversible", el que mira para el costado cuando los amigos comentan las películas de Haneke, y también, lo digo sin falsos pudores, el que se ha perdido "Kill Bill", que tal vez en el fondo no sea otra cosa que una comedia, nada más que por falta de confianza en Tarantino.
Cuidado: no es por miedo. Quien guiado por lo que acabo de decir piense que soy cobarde haría bien en pensarlo dos veces antes de expresarlo de viva voz si pasa al lado mío. No es prudente asomarse al abismo. Sería, en cambio, gentil atenerse a la letra de lo que el otro enuncia: soy, lo dije y lo repito, un hombre sensible en lo que toca a la exhibición y aun a la mención de la desgracia ajena cuando se da en un contexto insistente, detallado, morboso y posiblemente frívolo y cínico. Es una debilidad, pero una debilidad intransitiva, que no tiñe otras zonas más o menos robustas de mi temperamento.
Es una debilidad, y aprendí a respetarla. Al menos puedo decir que convivo razonablemente con ella desde que era nada más que un chico.
Como he explicado, me las vengo arreglando muy bien con mi manía, si es que quieren llamarla de este modo, en mi carácter de espectador de televisión y de cine.
En cambio, me está yendo como el demonio en mi condición de conductor automovilístico, y no por la violencia con que se cruzan las motos, los colectivos y las bicicletas por la calle, ni por el lenguaje obsceno de los choferes, sino porque cuando manejo -sólo cuando manejo- se me da por escuchar la radio para ponerme al día con las noticias.
Y siempre, invariablemente, de sorpresa, en el momento menos pensado y en cualquier rincón del dial, como suele decirse, soy atacado, puesto de espaldas, sometido y humillado por los avisos de Luchemos por la Vida.
Hay uno que con saña se encarniza conmigo, que pretende educar al prójimo sobre las bondades del cinturón de seguridad. Se oyen diversas voces de gente desaprensiva: "Me arruga la ropa", "En la ciudad, ¿para qué?", "Y por tan pocas cuadras...", y de repente un trueno, un estrépito: el choque, el accidente. Y allí nomás, sin darme respiro, un esposo que llora y se desgarra por haber transformado a su mujer en paralítica.
Otro, todavía peor, es una especie de novela ejemplar sobre el respeto a los semáforos. Misma técnica: diversas voces. "¡Siempre cruzamos por el medio de la calle", "¿Hasta la esquina querés que vaya?", "Y por tan pocos autos...", "Si no viene nadie...", "No pasa nada...". Y de nuevo el sacudón que me hace saltar en la butaca y clavarme el cinturón en la clavícula, porque yo sí uso siempre el cinturón de seguridad y como peatón soy capaz de quedarme parado todo el día si el semáforo sigue amarillo. Esta vez es una madre que gime: "Salía de la escuela y cruzó la calle sin mirar el semáforo. Esquivó el primer auto, pero no vio que atrás venía otro... Hace diez días que no reacciona...".
Hace años que vienen pasando estos avisos, y espero que su terapia de educación por el espanto haya sido efectiva y que se hayan reducido, en consecuencia, los casos de niñitos y ancianos distraídos que vuelan por el aire por ignorar las señales de tránsito, y espero que también la mayoría de mis colegas automovilistas hayan aprendido gracias a estas horribles advertencias que el cinturón de seguridad salva vidas y que ninguna incomodidad ligera vale lo mismo que una vida, por aquel sencillo principio matemático que dice que el todo, que en este caso vendría a ser la vida, es siempre mayor que la suma de las partes, que en este caso vendrían a ser las ligeras incomodidades, arrugas y contracturas menores ocasionadas por el uso incondicional, en todo momento y circunstancia e independientemente de la duración del viaje, del cinturón de seguridad, ese aparato cuya virtud excluyente es salvar vidas.
De todo corazón espero que estos avisos truculentos hayan servido. Lo espero. Pero no lo creo. Y no es que dude porque soy un escéptico, una persona desencantada o algo por el estilo. Dudo porque las estadísticas me dicen que en los años ya largos que llevan las campañas de este tipo, lejos de haber disminuido o haberse reducido siquiera en porcentajes mínimos, los accidentes de tránsito se han multiplicado, han crecido, nos han dado el título mundial de campeones en accidentes de tránsito, se han ensanchado, han ganado en variedad, en contextura y en vigor y, dicho de modo general, notablemente se han fortalecido.Considero que, en cambio, esta campaña radiofónica (hay también una versión televisiva, casi pornográfica, que por supuesto también salteo con el control) tiene un efecto contundente sobre mis nervios de conductor. Temo chocar un día de estos. Pienso que será indefectible que choque la próxima vez que esa señora justificadamente desquiciada pero que se equivoca de interlocutor conmigo se me ponga a llorar al oído.
Otra cosa que no me gusta nada -lo digo ya en el colmo de la desinhibición- es hacer propaganda con la idea de luchar por la vida. A una planta que busca la luz entre hermanas más altas, a una rana en el limo, a la pantera que persigue a su presa y a la posible presa perseguida no les hace falta que les digan que tienen que luchar por la vida. Luchan sin saberlo, por indicación de la naturaleza. Luchan porque se los manda el instinto. ¿Por qué habría que decirles al tipo que maneja un auto o al que intenta salvar el espacio que media entre una esquina y otra esquina que tienen que luchar por la vida? Muchas gracias, amigos: para luchar, la vida no precisa consignas.¿Qué les parece, ya que andan con tanto afán educativo, la idea de reemplazar ese eslogan tan feo por "Disfrutemos la vida", "Aprovechemos la vida", "Bebamos hasta las heces la copa de la vida", si no los asustan las metáforas antiguas, o simplemente, "Pasemos este período confuso con la mayor prudencia y dignidad posible"?
Pienso que tendríamos que dejarles la lucha a los titanes en el ring. Tal vez lo que nos pasa es que estamos luchando demasiado. Hay demasiada lucha y poco amor. Hay demasiada sangre fuera de las venas. Esto es chocante. No hay que bajar los brazos, pero es hora de dar por terminada la pelea. (c) LA GACETA

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