RODOLFO ALONSO. Galería donde el autor se expone.
22 Octubre 2006 Seguir en 

Este año han aparecido dos de los mejores ensayos literarios escritos por argentinos: “La raza de los nerviosos”, de Vlady Kociancich y “La voz sin amo”, de Rodolfo Alonso. Comparten, entre otros deleites, un rasgo irresistible en su ADN ontológico: trascender la mera reflexión erudita o libresca para constituirse en testimonio personal; orientado desde el criterio de las “simpatías y diferencias” que diría Alfonso Reyes, y encarnado de modo alegremente convicto y confeso.
Dos libros que muestran toda la creatividad literaria -sin duda complementaria y par de la propia escritura- de que es capaz una lectura verdaderamente apasionada.
Alguna que otra diferencia de grado en su urdimbre subsiste, desde luego, entre estas publicaciones recientes: “La raza de los nerviosos”, de Kociancich, es más rigurosamente (o más convencionalmente) un ensayo, y su éjido abarca lo ficcional y sobre todo lo novelístico.
En tanto que “La voz sin amo”, de Rodolfo Alonso, centrado más en los poetas, si bien mereció (con toda justicia, desde luego) el Premio Unico de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires 2005 es, sin duda, una reflexión ensayística, pero con la singularidad de que en sus páginas el escritor, a propósito de sus autores favoritos, revela casi tantos aspectos inéditos y enriquecedores acerca de ellos como de sí mismo, en una suerte de autobiografía bibliográfica. Y a tal punto que en algún que otro capítulo el texto de Alonso es pura autobiografía, sin aditamento bibliográfico alguno, como el titulado “Las enseñanzas del Umia”, con el conmovido recuerdo de su padre gallego y de su tardía y expansiva educación.
Parafraseando una cita traída a colación por el autor a propósito de Saint-Pol-Roux, la presente recopilación de notas suyas titulada “La voz sin amo” muestra hasta qué punto el propio Alonso “ingresó en la poesía como se entra en una religión”. Y cómo su palabra refleja ahora toda una plenitud humana y ética, la poesía de una conducta.
En efecto, no necesariamente reproduciendo ningún itinerario iniciático propio pero sí en diálogo personal y abierto con sus grandes voces poéticas, su libro equivale a una fervorosa peregrinación por los mil caminos abiertos de la gran poesía moderna y contemporánea, de la mano condigna de un poeta y traductor, del más idóneo Cicerone. Alguien que logra darnos una nítida vivencia del carácter fundamentalmente anónimo -“sin amo”, sin dueño- de la verdadera poesía.
Recuerdos, citas, reflexiones y lugares vinculados a Mallarmé, a Maurice Mérleau Ponty, a Macedonio Fernández, a Drummond de Andrade, a Fernando Pessoa, a Rimbaud, a Haroldo Conti y a Saint-Pol Roux, por enumerar sólo algunos de los habitantes del santuario, van configurando ese cuaderno de bitácora, esa brújula, esos talismanes poéticos y existenciales en que tales nombres se constituyeron tanto para el autor como probablemente para toda una generación y que el lector logra ahora asumir como propios.
Porque “La voz sin amo” nos pone asimismo frente a otra de las virtudes que singularizan a Rodolfo Alonso, no en vano excelente traductor y promotor de poetas fundacionales. Como ocurre con los rostros de los escritores más diversos en las fotografías de época, cuya técnica pareciera asemejarlos, en la voz de Alonso, insospechablemente propia, resuena, sin embargo, el entrañable acento de las mejores voces de su generación -especialmente las de quienes se nuclearon alrededor de “Poesía Buenos Aires”- y aun las de los inconmesurables poetas extranjeros que él dio a conocer en nuestro idioma: Pessoa, Ungaretti, Pavese, Eluard, Montale, Drummond de Andrade, Baudelaire, Apollinaire, Mallarmé, Pasolini, Murilo Mendes, Manuel Bandeira, entre tantos otros, especialmente portugueses.
Por muchas de las semblanzas y evocaciones de esta hospitalaria galería literaria -donde, al trazarlas, también el autor se expone corajudamente- el lector ha de agradecer su edición: las páginas que destina a Rimbaud, “El sueño de Baudelaire”, “Saint-Pol-Roux, el magnífico”, los dos recuerdos de Macedonio, las reflexiones sobre Pessoa, Vallejo, Girondo, Guimaraes Rosa, Roberto Arlt. No menos que por la pertinencia, valor y oportunidad de sus disquisiciones y pensamientos, especialmente los que trasuntan la vasta experiencia de Alonso en su doble condición de poeta y traductor. Como, por ejemplo, la página titulada “Entre sonido y sentido”, donde el autor reivindica la necesidad de alejarse tanto de la grandilocuencia como del mero conceptualismo. Porque, si mantenerse en el filo mismo de la poesía y de todo lenguaje, entre la música y el argumento, (...) es sin duda prueba de cabal entereza intelectual, la verdadera línea de alta tensión aspira a alcanzar esos escasos momentos relevantes en que ambos elementos, como sonido y sentido, parecen consumarse en una llama única”.
“La voz sin amo” está contundentemente prologado por Héctor Tizón. (c) LA GACETA
Dos libros que muestran toda la creatividad literaria -sin duda complementaria y par de la propia escritura- de que es capaz una lectura verdaderamente apasionada.
Alguna que otra diferencia de grado en su urdimbre subsiste, desde luego, entre estas publicaciones recientes: “La raza de los nerviosos”, de Kociancich, es más rigurosamente (o más convencionalmente) un ensayo, y su éjido abarca lo ficcional y sobre todo lo novelístico.
En tanto que “La voz sin amo”, de Rodolfo Alonso, centrado más en los poetas, si bien mereció (con toda justicia, desde luego) el Premio Unico de Ensayo Inédito de la Ciudad de Buenos Aires 2005 es, sin duda, una reflexión ensayística, pero con la singularidad de que en sus páginas el escritor, a propósito de sus autores favoritos, revela casi tantos aspectos inéditos y enriquecedores acerca de ellos como de sí mismo, en una suerte de autobiografía bibliográfica. Y a tal punto que en algún que otro capítulo el texto de Alonso es pura autobiografía, sin aditamento bibliográfico alguno, como el titulado “Las enseñanzas del Umia”, con el conmovido recuerdo de su padre gallego y de su tardía y expansiva educación.
Parafraseando una cita traída a colación por el autor a propósito de Saint-Pol-Roux, la presente recopilación de notas suyas titulada “La voz sin amo” muestra hasta qué punto el propio Alonso “ingresó en la poesía como se entra en una religión”. Y cómo su palabra refleja ahora toda una plenitud humana y ética, la poesía de una conducta.
En efecto, no necesariamente reproduciendo ningún itinerario iniciático propio pero sí en diálogo personal y abierto con sus grandes voces poéticas, su libro equivale a una fervorosa peregrinación por los mil caminos abiertos de la gran poesía moderna y contemporánea, de la mano condigna de un poeta y traductor, del más idóneo Cicerone. Alguien que logra darnos una nítida vivencia del carácter fundamentalmente anónimo -“sin amo”, sin dueño- de la verdadera poesía.
Recuerdos, citas, reflexiones y lugares vinculados a Mallarmé, a Maurice Mérleau Ponty, a Macedonio Fernández, a Drummond de Andrade, a Fernando Pessoa, a Rimbaud, a Haroldo Conti y a Saint-Pol Roux, por enumerar sólo algunos de los habitantes del santuario, van configurando ese cuaderno de bitácora, esa brújula, esos talismanes poéticos y existenciales en que tales nombres se constituyeron tanto para el autor como probablemente para toda una generación y que el lector logra ahora asumir como propios.
Porque “La voz sin amo” nos pone asimismo frente a otra de las virtudes que singularizan a Rodolfo Alonso, no en vano excelente traductor y promotor de poetas fundacionales. Como ocurre con los rostros de los escritores más diversos en las fotografías de época, cuya técnica pareciera asemejarlos, en la voz de Alonso, insospechablemente propia, resuena, sin embargo, el entrañable acento de las mejores voces de su generación -especialmente las de quienes se nuclearon alrededor de “Poesía Buenos Aires”- y aun las de los inconmesurables poetas extranjeros que él dio a conocer en nuestro idioma: Pessoa, Ungaretti, Pavese, Eluard, Montale, Drummond de Andrade, Baudelaire, Apollinaire, Mallarmé, Pasolini, Murilo Mendes, Manuel Bandeira, entre tantos otros, especialmente portugueses.
Por muchas de las semblanzas y evocaciones de esta hospitalaria galería literaria -donde, al trazarlas, también el autor se expone corajudamente- el lector ha de agradecer su edición: las páginas que destina a Rimbaud, “El sueño de Baudelaire”, “Saint-Pol-Roux, el magnífico”, los dos recuerdos de Macedonio, las reflexiones sobre Pessoa, Vallejo, Girondo, Guimaraes Rosa, Roberto Arlt. No menos que por la pertinencia, valor y oportunidad de sus disquisiciones y pensamientos, especialmente los que trasuntan la vasta experiencia de Alonso en su doble condición de poeta y traductor. Como, por ejemplo, la página titulada “Entre sonido y sentido”, donde el autor reivindica la necesidad de alejarse tanto de la grandilocuencia como del mero conceptualismo. Porque, si mantenerse en el filo mismo de la poesía y de todo lenguaje, entre la música y el argumento, (...) es sin duda prueba de cabal entereza intelectual, la verdadera línea de alta tensión aspira a alcanzar esos escasos momentos relevantes en que ambos elementos, como sonido y sentido, parecen consumarse en una llama única”.
“La voz sin amo” está contundentemente prologado por Héctor Tizón. (c) LA GACETA
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