22 Octubre 2006 Seguir en 

El bicentenario del primer intento inglés de dominación territorial de Buenos Aires, conocido como Primera Invasión Inglesa, ha pasado casi inadvertido. Y no se trata de un reclamo entre nostálgico-triunfalista y nacionalista. Se trata de un fenómeno histórico que se puede situar como el punto de partida de lo que se conoce como apertura a la independencia.
Vivimos un tiempo en el que la memoria parece sobreimprimirse a la historia. Los hechos recientes, el genocidio perpetrado por la última dictadura, la guerra de Malvinas, la recuperación de la democracia y el crack de diciembre de 2001 son más significativos para el sentido del presente que el pasado remoto, el pasado histórico. No resulta tan desalentador este hecho si no fuera que corremos peligro de un “exceso de memoria” -como lo llama Tzvetan Todorov- que termine obturando los significados más profundos de nuestro presente, reduciendo a una montaña de escombros la historia -tal la fórmula benjaminiana- como si nuestro presente se redujera a un conjunto de contingencias desmembradas, desarraigadas de todo tiempo pasado. Es justamente ese pasado el que, con su relampagueo, nos recuerda que el sentido de nuestro presente vibra en cada uno de nuestros momentos de peligro...
Las invasiones inglesas, de Carlos Roberts, no es un libro más de historia. Estamos frente a una “obra” cuya trascendencia radica en su rigor documental pero también en la intrépida interpretación de esa documentación. Escrita después de toda una vida dedicada al tema, Roberts publicó por primera vez este libro en 1938. Por ese momento la historiografía argentina estaba en ciernes. Lejos estaban aún las rencillas entre “liberales” y “revisionistas”, entre “positivistas” y “marxistas”, entre los historiadores de las ideas y los historiadores de las mentalidades. A Roberts los documentos le hablan y él los interpreta.
La tesis central del libro -si estas casi seiscientas páginas de abigarrada letra se pueden enunciar en una sola- se reduce al postulado de que los ingleses apenas aspiraron, hasta 1806, sólo a liberar el puerto de Buenos Aires del dominio español. Es que para Roberts los documentos muestran que este objetivo les era intrínseco a la política inglesa con España. Sin embargo, la caída del partido “Tory” (conservador) de Lord William Pitt, en los primeros meses de 1806, cambiaron el rumbo de las intenciones de las expediciones organizadas por los conservadores (Roberts utiliza “expediciones” para estas primeras acciones militares) cuando el partido “Whig” (liberal) impuso electoralmente su primer ministro a Lord Grenville, quien creía que al comercio inglés le hubiera venido muy bien colonizar el puerto de Buenos Aires y controlar las riquezas de toda la región. En este sentido, no es casualidad entonces que haya sido bajo el mandato de un primer ministro “Whig”, Earl Grey, que las islas Malvinas quedaran definitivamente bajo gobierno inglés bajo el reinado de George IV.
De algún modo esta postura de Roberts ha triunfado. Casi la mayoría de los historiadores serios les atribuyen a estas incursiones expansionistas inglesas un papel determinante en el camino de la construcción criolla de la independencia de Sudamérica. Estaría bueno no olvidarse de, a menos de cuatro años del bicentenario de la gesta de Mayo, reflexionar (a la luz de estos viejos libros) sobre los nuevos deberes que como sociedad nos debemos. Quizás así podamos contestarnos la pregunta de siempre: ¿hemos completado aquel mandato de los hombres de Mayo? ¿Alcanzaremos a pagar la sangre derramada con el grito de ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! de nuestro Himno Nacional? Esperemos verlo con nuestros propios ojos. (c) LA GACETA
Vivimos un tiempo en el que la memoria parece sobreimprimirse a la historia. Los hechos recientes, el genocidio perpetrado por la última dictadura, la guerra de Malvinas, la recuperación de la democracia y el crack de diciembre de 2001 son más significativos para el sentido del presente que el pasado remoto, el pasado histórico. No resulta tan desalentador este hecho si no fuera que corremos peligro de un “exceso de memoria” -como lo llama Tzvetan Todorov- que termine obturando los significados más profundos de nuestro presente, reduciendo a una montaña de escombros la historia -tal la fórmula benjaminiana- como si nuestro presente se redujera a un conjunto de contingencias desmembradas, desarraigadas de todo tiempo pasado. Es justamente ese pasado el que, con su relampagueo, nos recuerda que el sentido de nuestro presente vibra en cada uno de nuestros momentos de peligro...
Las invasiones inglesas, de Carlos Roberts, no es un libro más de historia. Estamos frente a una “obra” cuya trascendencia radica en su rigor documental pero también en la intrépida interpretación de esa documentación. Escrita después de toda una vida dedicada al tema, Roberts publicó por primera vez este libro en 1938. Por ese momento la historiografía argentina estaba en ciernes. Lejos estaban aún las rencillas entre “liberales” y “revisionistas”, entre “positivistas” y “marxistas”, entre los historiadores de las ideas y los historiadores de las mentalidades. A Roberts los documentos le hablan y él los interpreta.
La tesis central del libro -si estas casi seiscientas páginas de abigarrada letra se pueden enunciar en una sola- se reduce al postulado de que los ingleses apenas aspiraron, hasta 1806, sólo a liberar el puerto de Buenos Aires del dominio español. Es que para Roberts los documentos muestran que este objetivo les era intrínseco a la política inglesa con España. Sin embargo, la caída del partido “Tory” (conservador) de Lord William Pitt, en los primeros meses de 1806, cambiaron el rumbo de las intenciones de las expediciones organizadas por los conservadores (Roberts utiliza “expediciones” para estas primeras acciones militares) cuando el partido “Whig” (liberal) impuso electoralmente su primer ministro a Lord Grenville, quien creía que al comercio inglés le hubiera venido muy bien colonizar el puerto de Buenos Aires y controlar las riquezas de toda la región. En este sentido, no es casualidad entonces que haya sido bajo el mandato de un primer ministro “Whig”, Earl Grey, que las islas Malvinas quedaran definitivamente bajo gobierno inglés bajo el reinado de George IV.
De algún modo esta postura de Roberts ha triunfado. Casi la mayoría de los historiadores serios les atribuyen a estas incursiones expansionistas inglesas un papel determinante en el camino de la construcción criolla de la independencia de Sudamérica. Estaría bueno no olvidarse de, a menos de cuatro años del bicentenario de la gesta de Mayo, reflexionar (a la luz de estos viejos libros) sobre los nuevos deberes que como sociedad nos debemos. Quizás así podamos contestarnos la pregunta de siempre: ¿hemos completado aquel mandato de los hombres de Mayo? ¿Alcanzaremos a pagar la sangre derramada con el grito de ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! de nuestro Himno Nacional? Esperemos verlo con nuestros propios ojos. (c) LA GACETA
Lo más popular







