La mirada parcial de un emperador

Por Fr. Domingo Cosenza O.P., para LA GACETA - TUCUMAN. En torno de una cita polémica del discurso de Benedicto XVI en Ratisbona. El Papa señaló dos puntos deficientes del texto, con lo que tomaba distancia respecto de la parte más negativa de la c

15 Octubre 2006
En un discurso del 13 de septiembre, en la Universidad de Ratisbona, el Papa intentó mostrar al mundo académico que "la teología pertenece correctamente a la universidad y está dentro del amplio diálogo de las ciencias, no sólo como una disciplina histórica y ciencia humana, sino, precisamente, como teología, como una profundización en la racionalidad de la fe". Tomó como "punto de partida" de sus reflexiones la cuestión de "la relación entre religión y violencia". Y como argumento usó las palabras del emperador bizantino Manuel II Paleólogo (siglo XIV) en una controversia con un sabio persa: "No actuar razonablemente es contrario a la naturaleza de Dios".
Pero algo que el Papa consideraba "marginal en la estructura del diálogo" resultó ser central para la sensibilidad de muchísimas personas, ya que las palabras citadas iban precedidas por una apreciación exclusivamente negativa del Islam. Las posteriores explicaciones del Papa no resultaron satisfactorias para muchos, aunque fueron aceptadas por un grupo de diplomáticos musulmanes tras el encuentro del 25 de septiembre. Durante la reunión, Benedicto XVI reiteró la estima y el profundo respeto que siente por los creyentes musulmanes. Días antes había explicado que las palabras citadas provenían de un texto medieval que no expresaba de ningún modo su pensamiento.

Distancia crítica respecto del texto
Ya en su discurso el Papa había señalado dos puntos deficientes del texto, por medio de los cuales estaría tomando distancia respecto de la parte más negativa de la cita. Por un lado, remarcaba la "manera sorprendentemente brusca" de la expresión. Y por otro, indicaba que esas palabras no tenían en cuenta "la diferencia de trato entre los que poseen el Libro y los incrédulos". El discurso del Papa no explica en qué consiste el trato diferencial, pero es muy probable que se refiera al estatuto de protegidos concedido a judíos y a cristianos, cuando sus comunidades han sido integradas en territorios musulmanes. Ese estatuto está formulado en la sura 29,46 del Corán: "No discutáis con las gentes del Libro si no es de una manera amable, con excepción de aquellos que entre ellos son injustos. Decid: ?Creemos en lo que se nos ha revelado a nosotros y en lo que se os ha revelado a vosotros. Nuestro Dios y vuestro Dios es Uno. Y nos sometemos a El?". Pero también en la sura 9,29: "Combatid a aquellos que no creen en Dios, ni en el Ultimo Día, a los que no prohíben lo prohibido por Dios y su Mensajero, y de entre las gentes del Libro, a aquellos que no siguen la Religión de la Verdad, hasta que paguen el tributo en reconocimiento de superioridad y estén en un estado de subyugación". El pago de ese tributo es la condición impuesta, en principio, a judíos y a cristianos para ejercer su libertad religiosa, según la enseñanza coránica que proclama: "No cabe coacción en religión" (2,256). Este último texto el Papa sí se preocupó de citarlo en su discurso.
Pero también sería importante señalar que el problema de las palabras de Manuel Paleólogo no es sólo su brusquedad, sino la falta de verdad en la apreciación únicamente negativa del legado histórico del Islam. La dura sentencia del emperador está desconociendo las riquezas artísticas y de pensamiento, especialmente filosófico y científico, desarrolladas por la cultura islámica. Y, además de los valores morales destacados por la declaración conciliar Nostra Aetate (n.3), no se puede pasar por alto la profundidad espiritual cultivada especialmente por el sufismo, que tiene puntos de contacto con grandes místicos cristianos.

Relatividad histórica
El pensamiento del emperador bizantino sobre el Islam también contrasta con la opinión de sus propios compatriotas en una época cercana. Ante la alternativa de aceptar la protección de Occidente o ser conquistados por los turcos otomanos, los monjes y los notables de Constantinopla preferían lo segundo. En aquellas circunstancias se hizo célebre la frase: "Más vale ver reinar en nuestra ciudad el turbante de los turcos que la mitra de los latinos" (cit. por G. Bedouelle, Historia de la Iglesia, p. 203.
Este sentimiento se debía a que, después de casi doscientos años, perduraba aún el recuerdo del saqueo de Constantinopla realizado por los cruzados en 1204. Niketas Khoniates, testigo del suceso, había escrito: "llevando la cruz al hombro, habían abatido la verdadera cruz". Y concluía diciendo que los sarracenos mismos habrían sido más compasivos (cf. Anales 161-230). Esta incoherencia entre el mensaje evangélico y el comportamiento de los cristianos no pasa desapercibida al Papa. Hace pocos años señalaba la existencia de "formas morbosas de lo cristiano: por ejemplo, cuando los cruzados, al conquistar la ciudad santa de Jerusalén, en la que Cristo había muerto en favor de todos los hombres, realizaron, por su parte, un baño de sangre entre musulmanes y judíos" (J. Ratzinger, Fe, verdad y tolerancia, p.178). Según un testigo, "a ninguno de ellos se dejó vivo, ni las mujeres ni los niños fueron perdonados" (Foulcher de Chartres, Gesta de los Francos XXVII).
También se vuelve relativa la crítica de Manuel Paleólogo sobre "la directiva a difundir por medio de la espada la fe". El texto del Corán 9,29 ya citado es muy claro sobre el tema. Pero, como señala el historiador M. Knowles, las conquistas árabes fueron facilitadas por la animosidad de la población cristiana de Siria y de Egipto contra el gobierno central de Constantinopla. A ellos, durante los dos siglos precedentes, se había intentado imponer la obediencia a la doctrina del concilio de Calcedonia (año 451) sobre las "dos naturalezas de Cristo". Por eso los cristianos jacobitas sirios y los coptos egipcios acogieron a los árabes con entusiasmo, como lo manifestaba Bar Hebraeus en el siglo XIII: "El Dios de la venganza nos ha librado de los romanos por medio de los árabes. Esto nos ha sido tan provechoso como el ser salvados de la crueldad de los romanos y del odio implacable que nos profesan" (cit. en Nueva Historia de la Iglesia, t.II, p. 95).
En la fase inicial de la conquista árabe, según H-G. Beck, los cristianos siguieron ocupando los puestos administrativos, pagaban los mismos impuestos que antes a los bizantinos, y su vida eclesiástica no cambió sustancialmente: iglesias y monasterios gozaban de relativa libertad. Algunos casos de destrucción de templos, conversiones forzadas y martirios fueron excepcionales (cf. H. Jedin, Manual de Historia de la Iglesia, t.II, p. 694). Por el contrario, un siglo y medio más tarde, Carlomagno imponía de manera sistemática una cristianización forzada en parte de Alemania. Las leyes Capitulares de Sajonia son un testimonio de ello: "Si alguno de los que quedan sin bautizar en la nación de los Sajones quisiera esconderse, despreciar el bautismo y quisiera permanecer pagano, sea condenado a muerte" (I,8).
Por último, también la traducción corriente de "yihad" como "guerra santa" puede resultar discutible. El iraní S.H. Nasr, profesor en Nueva York, precisa que la yihad mayor es "la constante guerra interior contra todo lo que vela al hombre con respecto a la Verdad y destruye su equilibrio interior" (Vida y pensamiento en el Islam, p. 266). R. Caspar, misionero católico durante muchos años en Túnez, la describe como el esfuerzo por hacer que la voluntad de Dios domine el cuerpo y el alma del creyente. Sería el equivalente del "combate espiritual" de los cristianos. Según la tradición islámica, la guerra sería únicamente una yihad menor (cf. Para una visión cristiana del Islam, p. 72-74).

Competir en buenas obras
Esta consideración histórica no pretende sacar conclusiones sobre la actual situación de las relaciones entre Occidente y el Islam, que corresponden sobre todo a los analistas políticos. Simplemente quiere mostrar que se deben evitar las generalizaciones y la identificación de la violencia con una determinada religión. Por eso resultan mucho más oportunas que las citadas en Ratisbona, las palabras del mensaje de Benedicto XVI a los participantes del encuentro interreligioso en Asís, apenas unos días antes (2/9/2006): "Sabemos que esas manifestaciones de violencia no pueden atribuirse a la religión en cuanto tal, sino a los límites culturales con que se vive y desarrolla en el tiempo".
En nuestra cultura actual, que busca promover el diálogo, debería superarse la "controversia", género característico en el pasado para las relaciones interreligiosas. Ya no se trata de demostrar la superioridad de la propia religión, sino de promover unidos la justicia social, los bienes morales, la paz y la libertad para todos los hombres (Nostra Aetate n.3). Por eso, textos como los de Manuel Paleólogo no son muy útiles para realizar el deseo del Papa de mantener la "continuidad con la obra emprendida por Juan Pablo II" (25/9/2006). En su alocución a los jóvenes musulmanes en el estadio de Casablanca (19/8/1985) Juan Pablo II decía: "Cristianos y musulmanes, generalmente nos hemos entendido mal, y algunas veces, en épocas pasadas, nos hemos enfrentado e incluso agotado en polémicas y en guerras. Creo que Dios nos invita hoy a cambiar nuestras viejas costumbres. Tenemos que saber respetarnos y a la vez estimularnos mutuamente en las obras de bien a lo largo del camino que nos conduce a Dios".
Las diferencias seguirán existiendo, pero aun ellas pueden servir para estimular la conducta tanto de los musulmanes como de los cristianos: "Dios, si hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quería probaros en lo que os dio. ¡Rivalizad en buenas obras! Todos volveréis a Dios. Ya os informará El de aquello en que discrepábais (Corán 5,48). (c) LA GACETA.

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