15 Octubre 2006 Seguir en 

Aunque el vicepresidente de la Nación es simultáneamente presidente del Senado, exhibe por lo general un perfil bajo, debido al esplendor de la figura presidencial. No fue ajeno a esa circunstancia el doctor Víctor H. Martínez, quien ocupó tal cargo durante la gestión presidencial del doctor Raúl Alfonsín, desde 1983 a 1989. Sin embargo, siempre se lo consideró una figura clave dentro del radicalismo, y el libro así lo demuestra. Desde Balbín e Illia hasta De la Rúa, pasando por Angeloz y por otros líderes radicales, como Luis Caeiro, Juan Trilla, etcétera, todos tuvieron relación con él. De los tres alineamientos políticos radicales (Balbinista; Renovación y Cambio, que postuló a Alfonsín, y la Línea Córdoba, que integraba V. H. Martínez), la suya era la que menos chances ofrecía por ser menos difundida y mediática. Pero sin el apoyo del radicalismo cordobés, difícilmente hubiese triunfado en las elecciones presidenciales de 1983. Así lo entendió Alfonsín y conformó la fórmula que triunfó en los comicios.
El autor advierte, en su página inicial, que no se trata de una autobiografía convencional. Es un libro de memorias, que escudriña los hechos acontecidos en ese lapso -algunos de soslayo, otros detalladamente- al tiempo que va desgranando historias familiares, personales, que convierten la obra en un anecdotario interesante con mucho de autobiográfico. Una sección dedicada a sus viajes protocolares por Estados Unidos, Rusia, Marruecos, España, India, Japón, Polonia (págs. 165 a 193), otorga fluidez a la lectura. Otro tanto ocurre con la gestión de Martínez como embajador de Argentina en Perú, cargo que ocupó por pedido de Fernando de la Rúa, mediante gestión de Adalberto Rodríguez Giavarini, en el año 2000 hasta la finalización del gobierno radical. En ese lapso, Martínez realiza un acto de equidad al realzar los lazos históricos y las relaciones que nos hermanan con Perú, más allá de la gesta sanmartiniana. Basta recordar que, en 1563 -dos años antes de que Diego de Villarroel fundase Tucumán-, Felipe II había creado la Gobernación del Tucumán, dependiente del Virreynato del Perú. Otro acto relevante fue la recordada fundación de la Universidad de Córdoba en 1613, por monseñor Fernando de Trejo y Sanabria, quien había sido designado obispo de Tucumán en 1592. El Camino del Inca ("Camino al Perú"), que hasta hoy afortunadamente subsiste, nos recuerda a los tucumanos aquellos lazos.
Si bien el libro no está dividido en partes o capítulos -sí en 18 secciones-, se distinguen en él tres áreas específicas: a) El área personal, que incluye una prolija mirada sobre su vida familiar, sus ancestros, amigos y recuerdos; b) la parte institucional y partidaria, que contiene al detalle su carrera política y "labor parlamentaria" (págs. 211 a 236), además de su participación como presidente del Senado; y el área c), que incluye importantes temas, tales como "De cargos y revoluciones" (págs. 61 a 73); "Sobre Malvinas" (págs. 123 a 128); "Hacia la recuperación de la democracia" (págs. 129 a 136 y 139 a 141), tratados con claridad y solvencia política.
Por tratarse de un hombre público que en distintas presidencias fue intendente de Córdoba, candidato a gobernador, vicepresidente de la Nación y posteriormente diplomático -además de profesor universitario-, en algunos tramos del libro tales áreas se yuxtaponen, y el relato sigue un camino a veces aleatorio, como sus recuerdos. De todas formas, el manejo de los tiempos de narración es correcto. Hasta sus oponentes políticos reconocieron siempre la mesura y la sencillez que evidenció en su trato. Defensor a ultranza de la libertad de prensa, recordando su cargo de director del matutino "Los Principios", de Córdoba, allá por 1970, expresa (págs. 108 y 109): "Siempre que no se caiga en el delito de violar la intimidad o en el menoscabo de las instituciones, es necesario defender la libertad de prensa, que constituye un pilar fundamental del régimen republicano". Perteneciente a una familia de políticos, su padre, el diputado Raúl Martínez, colaboró con su abuelo paterno en la concepción y en la redacción del decreto que declaraba fiesta nacional el 12 de Octubre. Otro miembro de su familia, Enrique Martínez, había sido ya,vicepresidente de la Nación durante la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, en 1928.
De esa forma, Un pasajero de la vida se presenta como un interesante testimonio de vida, desde la óptica política, de quien conoció los laberínticos caminos del poder, y revela para el lector del género, las internas partidarias. Desde el esplendor a la caída, todo relato puede volverse valedero a la hora de sacar conclusiones enaltecedoras y constructivas, cuando es tratado con destreza. (c) LA GACETA
El autor advierte, en su página inicial, que no se trata de una autobiografía convencional. Es un libro de memorias, que escudriña los hechos acontecidos en ese lapso -algunos de soslayo, otros detalladamente- al tiempo que va desgranando historias familiares, personales, que convierten la obra en un anecdotario interesante con mucho de autobiográfico. Una sección dedicada a sus viajes protocolares por Estados Unidos, Rusia, Marruecos, España, India, Japón, Polonia (págs. 165 a 193), otorga fluidez a la lectura. Otro tanto ocurre con la gestión de Martínez como embajador de Argentina en Perú, cargo que ocupó por pedido de Fernando de la Rúa, mediante gestión de Adalberto Rodríguez Giavarini, en el año 2000 hasta la finalización del gobierno radical. En ese lapso, Martínez realiza un acto de equidad al realzar los lazos históricos y las relaciones que nos hermanan con Perú, más allá de la gesta sanmartiniana. Basta recordar que, en 1563 -dos años antes de que Diego de Villarroel fundase Tucumán-, Felipe II había creado la Gobernación del Tucumán, dependiente del Virreynato del Perú. Otro acto relevante fue la recordada fundación de la Universidad de Córdoba en 1613, por monseñor Fernando de Trejo y Sanabria, quien había sido designado obispo de Tucumán en 1592. El Camino del Inca ("Camino al Perú"), que hasta hoy afortunadamente subsiste, nos recuerda a los tucumanos aquellos lazos.
Si bien el libro no está dividido en partes o capítulos -sí en 18 secciones-, se distinguen en él tres áreas específicas: a) El área personal, que incluye una prolija mirada sobre su vida familiar, sus ancestros, amigos y recuerdos; b) la parte institucional y partidaria, que contiene al detalle su carrera política y "labor parlamentaria" (págs. 211 a 236), además de su participación como presidente del Senado; y el área c), que incluye importantes temas, tales como "De cargos y revoluciones" (págs. 61 a 73); "Sobre Malvinas" (págs. 123 a 128); "Hacia la recuperación de la democracia" (págs. 129 a 136 y 139 a 141), tratados con claridad y solvencia política.
Por tratarse de un hombre público que en distintas presidencias fue intendente de Córdoba, candidato a gobernador, vicepresidente de la Nación y posteriormente diplomático -además de profesor universitario-, en algunos tramos del libro tales áreas se yuxtaponen, y el relato sigue un camino a veces aleatorio, como sus recuerdos. De todas formas, el manejo de los tiempos de narración es correcto. Hasta sus oponentes políticos reconocieron siempre la mesura y la sencillez que evidenció en su trato. Defensor a ultranza de la libertad de prensa, recordando su cargo de director del matutino "Los Principios", de Córdoba, allá por 1970, expresa (págs. 108 y 109): "Siempre que no se caiga en el delito de violar la intimidad o en el menoscabo de las instituciones, es necesario defender la libertad de prensa, que constituye un pilar fundamental del régimen republicano". Perteneciente a una familia de políticos, su padre, el diputado Raúl Martínez, colaboró con su abuelo paterno en la concepción y en la redacción del decreto que declaraba fiesta nacional el 12 de Octubre. Otro miembro de su familia, Enrique Martínez, había sido ya,vicepresidente de la Nación durante la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, en 1928.
De esa forma, Un pasajero de la vida se presenta como un interesante testimonio de vida, desde la óptica política, de quien conoció los laberínticos caminos del poder, y revela para el lector del género, las internas partidarias. Desde el esplendor a la caída, todo relato puede volverse valedero a la hora de sacar conclusiones enaltecedoras y constructivas, cuando es tratado con destreza. (c) LA GACETA
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