El terruño. El mundo

Por Víctor Massuh, para LA GACETA - Buenos Aires. Tucumán: Apuntes autobiográficos. Cuanto más uno se aleja del terruño, más se acerca a lo que aprendió en él. En libros de comprovincianos, reencuentro una búsqueda que es reverso del localismo. Lec

PIOSSEK PREBISCH, SALTOR, PAEZ DE LA TORRE Y MARTINEZ ZUCCARDI. PIOSSEK PREBISCH, SALTOR, PAEZ DE LA TORRE Y MARTINEZ ZUCCARDI.
15 Octubre 2006
En cuatro libros de autores de la provincia publicados en 2005, se puede advertir la visión de un Tucumán que se apoya en lo local, no para encerrarse en ello sino para abrirse al mundo. Pero esta apertura universalista nada tiene que ver con un cosmopolitismo desarraigado.

Durante mi paso por la UNESCO en París percibí el doble rostro de la diversidad de los pueblos y de las religiones: ella puede degradarse en conflictos, pero también ser la promesa constante de una comunión. En esta última hallé ecos de aquella utopía universalista aprendida en los senderos de una juventud provinciana.
Suele ocurrir que cuanto más uno se aleja del terruño natal, más se acerca a lo que aprendió en él. Leo ahora a comprovincianos y reencuentro la búsqueda de ese universalismo que se da como el reverso de un acendrado localismo. Ambos términos se tocan. Pareciera que sólo con el apoyo en la tierra se legitimara el asalto al cielo. En otras palabras: que el buen diseño del contorno es aquel que sabe otorgar un espacio a las líneas del paisaje lejano. Digo esto intencionadamente como introducción a la lectura de cuatro autores tucumanos, cuyos libros se publicaron en 2005.

Lucía Piossek Prebisch
El filósofo topo es una obra excepcional de Lucía Piossek sobre Federico Nietzsche, editada por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Reúne distintos trabajos sobre el filósofo alemán realizados a lo largo de más de treinta años. Impresiona la coherencia de sus variados enfoques sobre el nihilismo, la inactualidad, la relación del lenguaje y la filosofía, su idea del desenmascaramiento, la difusión de su obra en el pensamiento argentino. Todo esto visto con refinada sagacidad para captar el matiz más arisco de un pensar sumamente complejo que, por su originalidad, exige crear también instrumentos inéditos de interpretación. Lucía Piossek lo hace y con una prosa serena y diáfana de alto vuelo.Celebro este libro argentino que puede confrontar airosamente con los de otras lenguas.

Soledad Martínez Zuccardi
Quisiera llamar la atención sobre Entre la provincia y el continente, libro editado por el Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT. Su autora es Soledad Martínez Zuccardi, una joven investigadora de talento que se ocupa de dar una visión global pero no menos pormenorizada de la Revista de Letras y Ciencias Sociales publicada en Tucumán entre 1904 y 1907. La dirigió el poeta Ricardo Jaimes Freyre acompañado por dos jóvenes redactores, Juan B. Terán y Julio López Mañán, y sus 39 números se difundieron con una secuencia mensual casi ininterrumpida.
La revista tucumana, en el país de entonces, era única en su género. Tuvo distinguidos colaboradores argentinos, del resto de América y de Europa, que abarcaban cuestiones de literatura, ciencia, historia, derecho, sociología. Martínez Zuccardi quiso dar en su libro una visión de conjunto "que permita aprehender -son sus palabras- la amplitud y la multiplicidad de espacios atendidos en sus páginas: la provincia, la nación, el continente americano y Europa" (p. 11).
La autora cumplió con esta propuesta de modo admirable. Hoy, cien años después, le dio a esa revista nueva vida. Superó la condena a la fragmentación y al olvido, que pesa sobre casi toda publicación temporaria. Gracias a la sagaz investigación de Martínez Zuccardi es posible percibir con mayor nitidez ese rasgo de apertura universalista que, como vocación o promesa, late en toda realización perdurable de la cultura tucumana. Similares testimonios pueden hallarse en el monumental Diccionario Monográfico, de Roberto Espinosa, sobre La cultura en el Tucumán del Siglo XX, editado por la Universidad Nacional de Tucumán, 2006.

Jorge Saltor
Yo me ocupé el año pasado y en este mismo suplemento de Volé tan alto, tan alto, de Jorge Saltor, un enjundioso estudio sobre San Juan de la Cruz que editó la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino. Destacado epistemólogo, Saltor revela además una notable acuidad para la mística. Su obra es un significativo aporte al pensamiento religioso en la Argentina. No deja de tener el valor de un símbolo que este "alto vuelo" de Saltor hacia la inmensidad de lo sagrado, se haya hecho desde su terruño norteño: en Amaicha del Valle concibió y escribió buena parte de esta obra.

Carlos Páez de la Torre (h)
Una enumeración de esos valiosos libros tucumanos publicados en 2005 no puede omitir La cólera de la inteligencia: una vida de Paul Groussac, editado por Emecé de Buenos Aires. Su autor es Carlos Páez de la Torre (h), uno de los más destacados historiadores argentinos en la actualidad. Muchos conocemos su Historia de Tucumán, sus biografías de Gabriel Iturri, Lola Mora y Nicolás Avellaneda. Fascina su obra sobre Groussac por la originalidad de su procedimiento. Escrita con abundantes citas de Groussac que intercala en su texto, la prosa de Páez de la Torre prolonga el brillo literario del escritor francés. El efecto producido es atrapante: el libro puede leerse como si se tratase de una autobiografía del propio Groussac. Además, uno sigue año a año, con gran minucia histórica y creciente interés, la trayectoria vital de una personalidad estrafalaria e irritativa que no deja títere con cabeza.
Páez de la Torre destaca el afán educador de la intemperancia de Groussac con un país -el argentino- que desperdicia su inteligencia en la improvisación y en su escasa disposición para el trabajo. También Páez de la Torre subraya el efecto saludable del ejercicio desmitificador de Groussac en nuestra república de las letras y pondera su talento literario tanto en francés como en español. Vale la pena recordar que Borges escuchó decir a Alfonso Reyes, a propósito de Groussac: es un francés el que nos enseñó a escribir en español. Un mérito más de la semblanza de Páez de la Torre: Groussac amó la Argentina con un sentimiento de pertenencia que se inició en Tucumán, donde vivió once años y tuvo amigos entrañables que quiso a su modo. A lo largo de su vida esta devoción por aquel enclave norteño no tuvo eclipse.

En los libros que comenté creo advertir la visión de un Tucumán que se apoya en lo local, no para encerrarse en ello sino para abrirse al mundo. Pero esta apertura universalista nada tiene que ver con un cosmopolitismo desarraigado. Piossek nos habló de un Nietzsche que exaltó el "sentido de la tierra", pero también de una "alegría" que se confunde con la eternidad. Martínez Zuccardi evocó a un puñado de jóvenes que se apegaron a su contorno para lanzar desde allí una mirada abarcante de lo americano y de lo europeo. Desde su comarca Saltor inició, siguiendo el itinerario de San Juan de la Cruz, el vuelo a lo divino. Páez de la Torre hizo lo mismo que sus tres comprovincianos, pero en sentido inverso: mostró cómo el mundo también entra en la propia casa. Es decir, cómo un protagonista de la cultura mundial (Francia entonces lo era) penetra en una pequeña provincia del norte y comienza a ser argentino. En todos los casos la dialéctica de la integración, la de los opuestos complementarios.

Lo que percibí en esos autores, lo que me enseñaron hace tiempo el hogar arábigo-argentino; la infancia primaria en la Escuela Mitre y en el Colegio Nacional (Mitre otra vez); las experiencias formativas en la Facultad de Filosofía y Letras; La Carpa, de Raúl Galán; la persistencia provinciana en la UNESCO de París, todo esto evoca lo que Tucumán fue siempre para mí: ecos, indicios, huellas de la utopía del Nuevo Mundo.

Sencillamente: la lealtad a la tierra de uno para salir a la de otros, a la inmensidad abierta, a la libertad de la imaginación, la sensibilidad y el pensamiento para vivir la iniciación en el pluralismo y la contigüidad de los opuestos. Dicho de otra manera: oír el llamado complementario de los cerros cercanos y del horizonte de la lejanía; la tierra y las estrellas como lo indica el bello emblema de la Universidad; la tonada vernácula y la música de las esferas; esta plaza de aquí nomás, donde señorea la dama sensual de Lola Mora, y las plazas lejanas, abiertos espacios donde campea la libertad en el mundo. Somos el suelo que nos sostiene y las metas distantes que aún no somos. Actuamos como buenos ciudadanos de nuestro tiempo si no perdemos de vista aquello que sobrevive a todo-tiempo. Somos locales, en suma, si nos atrevemos a ser universales.
Todos estos opuestos contiguos y complementarios llevan para mí el nombre de la querida provincia. Ella sensibilizó mi corazón, y en sus calles di los primeros pasos de una utopía no definitivamente perdida. (c) LA GACETA

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