Cuando la ficción anticipa el futuro

Por Fernando López-Alves y Daniel Dessein para LA GACETA - Buenos Aires. Hay libros de ficción que, con su poderoso efecto sobre expectativas o creencias de un sector, terminan creando una parte sustancial de su destino. En el caso de Natasc

08 Octubre 2006
Aunque hay ejemplos de ficciones que permiten vislumbrar el futuro, la capacidad anticipatoria no es una característica propia de la ficción. La mayoría de los pronósticos de la ciencia ficción o de las antiutopías no se cumple, y gran parte de lo que se considera profético deriva de la carga simbólica propia de la literatura. Lo que sí puede afirmarse es que la imaginación es terreno fértil para proyectar las posibles facetas del porvenir, y que los lazos entre realidad y ficción son más variados y complejos de lo que se cree.

La ficción nos permite, a veces, vislumbrar el futuro. Desde las predicciones científicas de Julio Verne (el viaje a la Luna, internet) y H.G. Wells (la manipulación genética, la bomba atómica) a los presagios políticos y sociológicos de las novelas de George Orwell y Aldous Huxley ("1984" y "Un mundo feliz"), hay una interesante variedad de ejemplos dentro del universo literario.
Algunas personas de las millones que veían simultáneamente por televisión cómo dos aviones se estrellaban contra dos de los mayores íconos norteamericanos, el 11 de setiembre de 2001, tuvieron una sensación de déjà vu. En algún lado habían leído que algo así podía pasar. Lo que Condoleezza Rice calificó de inimaginable (el uso de aviones comerciales como misiles), Tom Clancy lo había concebido siete años antes, en su novela "Deuda de honor". Allí describe cómo un piloto suicida estrella un Boeing 747 contra el Capitolio (el probable blanco del avión que -en la realidad- se estrelló en Pennsylvania). El libro ocupó el segundo puesto en la lista de best sellers norteamericanos de 1994 y no es descabellado pensar que Khalid Shaikh Mohammed, el cerebro de los atentados, haya conocido esa historia.
Más recientemente, en torno del caso de Natascha Kampusch (la joven que estuvo ocho años cautiva en un sótano), en una versión periodística se formuló otra hipótesis sobre la capacidad mimética de la realidad frente a la ficción al sostener que el secuestrador se habría inspirado en "El coleccionista", una novela de John Fowles publicada en 1963.
De los ejemplos citados no debe inferirse que una característica propia de la ficción es su capacidad anticipatoria. De hecho la predicción no es una de sus tareas específicas, la mayoría de los pronósticos de la ciencia ficción o de las antiutopías no se cumple (las advertencias apocalípticas suelen buscar precisamente eso) y gran parte de lo que se considera profético deriva de la carga simbólica propia de la literatura (los casos de Virgilio, en la antigüedad, o de Kafka, en el siglo XX, son paradigmáticos). Lo que sí puede afirmarse es que la imaginación constituye un terreno fértil para proyectar las posibles facetas del porvenir y que los lazos entre la realidad y la ficción son más variados y complejos de lo que habitualmente se cree.

Las novelas de invasión
Más allá de los libros que logran prever un acontecimiento, un avance o un retroceso de la humanidad, e incluso de aquellos que pueden influir directamente sobre el agente principal de un hecho de alto impacto para la sociedad (y que puede modificar la Historia), hay libros de ficción, con un poderoso efecto sobre las expectativas o las creencias de un amplio sector de una sociedad -y de sus dirigentes-, que terminan trazando una parte sustancial de su destino.
A fines del siglo XIX y principios del XX, las novelas de invasión constituyeron un subgénero literario de enorme éxito en Inglaterra. "La batalla de Dorking" (1871), de Sir George T. Chesney, es una obra pionera que narra una invasión germana a Gran Bretaña. La novela plasmaba un extendido temor en la sociedad inglesa provocado por la invasión de Prusia a Francia, en 1870. Pocos meses después de su publicación, el gobierno británico implementó una serie de profundas reformas en su estrategia de defensa que tomaban al pie de la letra las advertencias de la novela de Chesney.
En un artículo publicado en The New Yorker, hace unos meses, el periodista Tom Reiss rastrea el influjo de este tipo de ficciones en la sociedad inglesa de los años previos a la Primera Guerra Mundial. Un escritor con gran influencia política, y autor de una serie de novelas que describían escenarios de invasión y espionaje, fue William Le Queux. En 1905 publicó "La invasión de 1910" (en la que los invasores eran también los alemanes). Este libro (traducido a 27 idiomas), sumado a otros del mismo género, provocó rispideces entre Gran Bretaña, Francia, Alemania y Rusia.
En 1909, en la época en que se publicaban otras novelas de este tipo (como "The Swoop!", de P.G. Wodehouse, o "La guerra en el aire", de H.G. Wells), el público y muchos de los miembros de las fuerzas armadas se convencieron de que espías alemanes, como los descriptos en "La invasión de 1910", estaban al acecho en todos los rincones de Inglaterra. El arraigo en el imaginario social de esta idea llevó al gobierno a la creación del servicio de inteligencia M15, que luego fue seguida por la formación del Servicio Secreto Británico. En 1910, el periodista Charles Lowre escribió en Contemporary Review que "en la creciente tensión entre Inglaterra y Alemania, quizás el factor más poderoso lo constituye la perniciosa industria de esos escritores inescrupulosos que sostienen que los alemanes están esperando una oportunidad para atacar nuestra isla".
Una gran parte de nuestro porvenir está determinada por la visión que, desde el presente, nos trazamos del mañana. Los ejemplos que repasamos muestran cómo esa visión puede estructurarse con elementos provenientes de la ficción. En ciertas ocasiones, al moldear expectativas o creencias en una sociedad, la ficción puede sentar las bases de una profecía autocumplida. Al especular sobre el futuro, lo estamos construyendo. (c) LA GACETA

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