08 Octubre 2006 Seguir en 

Corre el año 1774. Incapaz ya de soportar el rechazo de su amada Carlota, Werther se suicida. Tras el acto solitario e insólito en ese entonces, el cadáver es acompañado a su última morada sólo por menestrales. Goethe, de veinticinco años de edad, ha compuesto así su novela. Estamos en 1914. El hijo de un farmacéutico de Hannover, Ernst Jünger, de 17 años, se alista como voluntario en el 73 Regimiento de Fusileros y atraviesa, con catorce heridas en su cuerpo, profusamente condecorado y poseedor de la Orden pour le Mérite, toda la guerra en el frente inglés de Flandes. Es, además, uno de los participantes en la batalla de Verdun. Un hermano de él, Friedrich Georg, que se convertirá en un excelente poeta, tampoco será ajeno a los fragores de la lucha. Se recibe de bachiller y tras el armisticio de fines de 1918 publica, en 1920, un libro que causará sensación en toda Alemania, las Tempestades de acero.
La obra se basa en los Diarios, redactados durante la contienda, donde registra sus avatares. Y constituye, como comentamos hace un tiempo en estas mismas páginas, un antídoto para la prédica pacifista posterior, condensada en la más difundida Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. La guerra frustra a Jünger, en el sentido de que no ha muerto en virtud de una bala en el medio de su pecho, abierto como una rosa de sangre, esa muerte que corresponde a un héroe de primera categoría. Pero Jünger es asimismo cauteloso y un individuo de una suerte enorme, que se confirma cuando muere en 1998, más que centenario.
La relación de los episodios en que Jünger interviene es detallada, casi minuciosa, pero el protagonista, que asciende a alférez durante el transcurso de la guerra, deja lugar a sus camaradas, a quienes describe con una objetividad no exenta de reconocimiento y hasta de admiración. El tono utilizado por Jünger carece de énfasis, y en toda ocasión enaltece también la conducta del adversario inglés que le ha tocado en la lotería de la vida. Durante la batalla, en los breves permisos que sus heridas le ocasionan, en los hospitales a los que debe concurrir, Jünger manifiesta la sobria prosa del autor, patriota pero sin ser contagiado por el patrioterismo ni por el pesimismo que las circunstancias imponen a veces. Jünger exalta, dando nombres, la valentía y el espíritu de sacrificio de sus subordinados, como también de los oficiales que ostentan los puestos de mayor responsabilidad, con una envidiable ecuanimidad.
No en balde la novela se convirtió en un éxito de librería. Autores como el muy posterior e insospechable Hans Magnus Enzesberger se sintieron cautivados por la atracción de una prosa fluida, clara, en la que los hechos se exponen como tales. Y que está lejos de las muchas novelas posteriores que cimentaron su fama de narrador, a pesar del prestigio negativo de algunas de sus ideas, para levantar la moral, en parte, de una Alemania vencida y humillada. Sin concesiones, ni con una jactancia indebida, la experiencia bélica se conjugará en Jünger con un lenguaje eficaz para el material que tuvo entre manos y que fue idealizado por una derecha nacionalista y prejuiciosa que lo vio, más que como escritor, como portaestandarte de un país que terminó su segunda guerra en medio del fracaso y del caos. (c) LA GACETA
La obra se basa en los Diarios, redactados durante la contienda, donde registra sus avatares. Y constituye, como comentamos hace un tiempo en estas mismas páginas, un antídoto para la prédica pacifista posterior, condensada en la más difundida Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque. La guerra frustra a Jünger, en el sentido de que no ha muerto en virtud de una bala en el medio de su pecho, abierto como una rosa de sangre, esa muerte que corresponde a un héroe de primera categoría. Pero Jünger es asimismo cauteloso y un individuo de una suerte enorme, que se confirma cuando muere en 1998, más que centenario.
La relación de los episodios en que Jünger interviene es detallada, casi minuciosa, pero el protagonista, que asciende a alférez durante el transcurso de la guerra, deja lugar a sus camaradas, a quienes describe con una objetividad no exenta de reconocimiento y hasta de admiración. El tono utilizado por Jünger carece de énfasis, y en toda ocasión enaltece también la conducta del adversario inglés que le ha tocado en la lotería de la vida. Durante la batalla, en los breves permisos que sus heridas le ocasionan, en los hospitales a los que debe concurrir, Jünger manifiesta la sobria prosa del autor, patriota pero sin ser contagiado por el patrioterismo ni por el pesimismo que las circunstancias imponen a veces. Jünger exalta, dando nombres, la valentía y el espíritu de sacrificio de sus subordinados, como también de los oficiales que ostentan los puestos de mayor responsabilidad, con una envidiable ecuanimidad.
No en balde la novela se convirtió en un éxito de librería. Autores como el muy posterior e insospechable Hans Magnus Enzesberger se sintieron cautivados por la atracción de una prosa fluida, clara, en la que los hechos se exponen como tales. Y que está lejos de las muchas novelas posteriores que cimentaron su fama de narrador, a pesar del prestigio negativo de algunas de sus ideas, para levantar la moral, en parte, de una Alemania vencida y humillada. Sin concesiones, ni con una jactancia indebida, la experiencia bélica se conjugará en Jünger con un lenguaje eficaz para el material que tuvo entre manos y que fue idealizado por una derecha nacionalista y prejuiciosa que lo vio, más que como escritor, como portaestandarte de un país que terminó su segunda guerra en medio del fracaso y del caos. (c) LA GACETA
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