08 Octubre 2006 Seguir en 

María de la Pau Janer es mallorquina; doctora en Filología, profesora universitaria, escritora fecunda, varias veces premiada, con envidiables récords de venta.
Pasiones romanas es una novela de amor, de estructura interesante y muy elaborada, donde cada personaje es un mundo casi excluyente y lleno de complejidades.
La narración va pasando de uno a otro de esos mundos, sin solución de continuidad; de uno de esos personajes casi excluyentes, a otro personaje excluyente. El lector pondrá los nexos, difíciles a un comienzo, más factibles a medida que avanza la historia y va develando situaciones.
Ya hemos visto este tipo de estructura en William Faulkner: Mientras yo agonizo, Palmeras salvajes.El relato se arboriza de tal manera que a veces cuesta trabajo volver y reencontrar el tronco que sostiene la historia.
A menudo el discurso narrativo se combina con la reflexión y con el discurso argumentativo, quizá demasiado abundante, a tal punto que la lectura se vuelve, de a ratos, tediosa. Además, párrafos acumulativos y frondosos, con muchas formas para una misma idea. A pesar de la frondosidad, a veces agobiante, del discurso, hay que reconocer en él, la hábil explotación de los rasgos emotivos del lenguaje.
En la elaboración de los personajes hay que destacar la figura de Matilde, medio bohemia, medio gitana, alma limpísima que brilla por dentro, mandando un mensaje de fe en la humanidad, de mano tendida al prójimo, tan necesaria como infrecuente en estos días que corren.
Pasiones romanas tiene algo (no poco) de novela rosa: "Mientras los demás días eran lánguidos, los miércoles estaban pintados de rojo en sus corazones". Cierto que el amor es un tema muy especial (también un sentimiento especial), muy vidrioso, muy frágil, propenso a caer en el ridículo en el momento menos pensado, pero este tipo de novela no viene del todo mal en estos tiempos en que las fronteras del amor tienden a confundirlo, o suplantarlo con el sexo. Bueno, eso aparte; pero volviendo a la fragilidad de esta materia y a sus peligros, digamos que esos son riesgos y que la virtud de un buen escritor es captar lo mágico, sin tropezar con el ridículo. Este caso es un buen ejemplo. (c) LA GACETA
Pasiones romanas es una novela de amor, de estructura interesante y muy elaborada, donde cada personaje es un mundo casi excluyente y lleno de complejidades.
La narración va pasando de uno a otro de esos mundos, sin solución de continuidad; de uno de esos personajes casi excluyentes, a otro personaje excluyente. El lector pondrá los nexos, difíciles a un comienzo, más factibles a medida que avanza la historia y va develando situaciones.
Ya hemos visto este tipo de estructura en William Faulkner: Mientras yo agonizo, Palmeras salvajes.El relato se arboriza de tal manera que a veces cuesta trabajo volver y reencontrar el tronco que sostiene la historia.
A menudo el discurso narrativo se combina con la reflexión y con el discurso argumentativo, quizá demasiado abundante, a tal punto que la lectura se vuelve, de a ratos, tediosa. Además, párrafos acumulativos y frondosos, con muchas formas para una misma idea. A pesar de la frondosidad, a veces agobiante, del discurso, hay que reconocer en él, la hábil explotación de los rasgos emotivos del lenguaje.
En la elaboración de los personajes hay que destacar la figura de Matilde, medio bohemia, medio gitana, alma limpísima que brilla por dentro, mandando un mensaje de fe en la humanidad, de mano tendida al prójimo, tan necesaria como infrecuente en estos días que corren.
Pasiones romanas tiene algo (no poco) de novela rosa: "Mientras los demás días eran lánguidos, los miércoles estaban pintados de rojo en sus corazones". Cierto que el amor es un tema muy especial (también un sentimiento especial), muy vidrioso, muy frágil, propenso a caer en el ridículo en el momento menos pensado, pero este tipo de novela no viene del todo mal en estos tiempos en que las fronteras del amor tienden a confundirlo, o suplantarlo con el sexo. Bueno, eso aparte; pero volviendo a la fragilidad de esta materia y a sus peligros, digamos que esos son riesgos y que la virtud de un buen escritor es captar lo mágico, sin tropezar con el ridículo. Este caso es un buen ejemplo. (c) LA GACETA
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