08 Octubre 2006 Seguir en 

Me acuso ante su memoria, Edward Said, de haber cometido el pecado de "orientalismo", falta que usted, vivo aún a través de sus escritos y con su lucidez de pensador insigne, palestino por más datos, detectó en la mente occidental. Es decir, suponer que un producto cultural que viene de oriente tiene que estar forzosamente atravesado por algún toque de exotismo. Y la lectura de esta novela de Haruki Murakami, prestigioso narrador japonés nacido en 1949, me produjo cierta extrañeza: la trayectoria del protagonista a través de su adolescencia y juventud carece de rastros significativos de que su historia ocurra en un lugar diferente de New York, París o Tucumán, salvo por los nombres propios. No es que uno espere geishas ni crisantemos, pero es que aquí no sólo hay paisajes urbanos muy similares a los nuestros, sino que los pocos y bien delineados personajes de Murakami escuchan música de Chopin y de Beethoven, y uno se entera de que Nat "King" Cole fue tan famoso allá como lo fue entre nosotros cuando llegaban los años 60. La historia misma de Japón, con la carga de horror que el siglo XX le infligió, ya es cosa de la generación anterior, la de sus padres, como lo explicita el narrador en primera persona.
Ese lugar "otro", diferente, se advierte sólo más adelante, al llegar al momento en que Hajime, el protagonista, felizmente casado y padre de dos niñas, reencuentra a la compañera de escuela con quien tuvo un romance en su último año de primaria. Aparece entonces la fuerte ética de la moderación y la discreción en el desarrollo del conflicto según los preconceptos -positivos, por cierto- que solemos albergar sobre el carácter japonés. No muchos occidentales a los finales de su cuarta década -Hajime tiene treinta y siete años- se entregarían a una relación en la que la mujer guarde un silencio total respecto de su vida, apareciendo sólo esporádicamente, sin preguntar ni siquiera un ¿dónde vives? ¿Adónde vas ahora? o un humilde ¿me das tu teléfono? Las preguntas aparecen mucho después, tras el primer momento de intimidad sexual. Ese control emocional que caracteriza al protagonista, así como su actitud ética respecto del trabajo y su rechazo a las ganancias fáciles, gestos que bien quisiéramos importar, marcan actitudes que visualizamos como diferentes de las nuestras. Aparte de estos rasgos, marcas culturales al fin, las características del protagonista lo dibujan como un alma solitaria de inclinación romántica, sin los desbordes de un Gatsby, y un tanto necrofílico sin llegar a un Edgar Allan Poe, para vincularlo a la literatura estadounidense, varios de cuyos autores Murakami ha traducido al japonés.
El héroe de la novela es alguien que, teniéndolo todo, siente la atracción del misterio de lo que no le ha sido concedido, y quiere cruzar "la frontera" sobre la que Nat Cole cantaba tan bien en South of the Border, refiriéndose al límite entre EE.UU. y méxico, o bien correr hacia el "oeste del sol" persiguiéndolo sin poder alcanzarlo jamás, como se nos dice que ocurre en Siberia a los campesinos que enloquecen a causa de la rutina, el frío y la soledad.
Narración sencilla, lineal, salpicada por reflexiones de un personaje que va encontrando en su vida las responsabilidades ante las que su propia libertad lo coloca, Al sur de la frontera, al oeste del sol tiene algunos momentos de austera belleza. Salvo por algunos españolismos que se evidencian sobre todo en los diálogos, la traducción de Lourdes Porta se lee con agrado. (c) LA GACETA
Ese lugar "otro", diferente, se advierte sólo más adelante, al llegar al momento en que Hajime, el protagonista, felizmente casado y padre de dos niñas, reencuentra a la compañera de escuela con quien tuvo un romance en su último año de primaria. Aparece entonces la fuerte ética de la moderación y la discreción en el desarrollo del conflicto según los preconceptos -positivos, por cierto- que solemos albergar sobre el carácter japonés. No muchos occidentales a los finales de su cuarta década -Hajime tiene treinta y siete años- se entregarían a una relación en la que la mujer guarde un silencio total respecto de su vida, apareciendo sólo esporádicamente, sin preguntar ni siquiera un ¿dónde vives? ¿Adónde vas ahora? o un humilde ¿me das tu teléfono? Las preguntas aparecen mucho después, tras el primer momento de intimidad sexual. Ese control emocional que caracteriza al protagonista, así como su actitud ética respecto del trabajo y su rechazo a las ganancias fáciles, gestos que bien quisiéramos importar, marcan actitudes que visualizamos como diferentes de las nuestras. Aparte de estos rasgos, marcas culturales al fin, las características del protagonista lo dibujan como un alma solitaria de inclinación romántica, sin los desbordes de un Gatsby, y un tanto necrofílico sin llegar a un Edgar Allan Poe, para vincularlo a la literatura estadounidense, varios de cuyos autores Murakami ha traducido al japonés.
El héroe de la novela es alguien que, teniéndolo todo, siente la atracción del misterio de lo que no le ha sido concedido, y quiere cruzar "la frontera" sobre la que Nat Cole cantaba tan bien en South of the Border, refiriéndose al límite entre EE.UU. y méxico, o bien correr hacia el "oeste del sol" persiguiéndolo sin poder alcanzarlo jamás, como se nos dice que ocurre en Siberia a los campesinos que enloquecen a causa de la rutina, el frío y la soledad.
Narración sencilla, lineal, salpicada por reflexiones de un personaje que va encontrando en su vida las responsabilidades ante las que su propia libertad lo coloca, Al sur de la frontera, al oeste del sol tiene algunos momentos de austera belleza. Salvo por algunos españolismos que se evidencian sobre todo en los diálogos, la traducción de Lourdes Porta se lee con agrado. (c) LA GACETA
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