
"La muerte hace preciosos ypatéticos a los hombres..." J.L.Borges
Dos fueron los acontecimientos que me condujeron a estas reflexiones. Allá lejos, un lúcido y conmovedor escrito de Néstor Grau, mi profesor, cuando ya estaba habitado por la muerte, y aquí cerca, un encuentro sobre Vida y Muerte, en el paisaje de los Valles, organizado por la Dirección de Letras y Pensamiento Crítico de la Secretaría de Cultura de la Provincia. Pensé que el tema de la muerte, omnipresente en nuestra vida, pocas veces es abordado reflexivamente, o en todo caso, cuando se lo hace, se habla de la muerte de los otros o de todos, es decir de nadie. Hablar de la propia muerte es demasiado comprometido, sobrecogedor; aun así, lo intentaré desde mi lugar y mi cultura. Habrá otras miradas igualmente válidas.
La muerte ¿es una experiencia de la vida? o más bien ¿se trata del límite de toda experiencia y de toda vida? Aquí comienzan las contradicciones a las que nos somete esta realidad excesiva, quizás la más contundente de todas: el morir. Porque el asunto a dilucidar no es la muerte, que está ahí, pegada a nosotros, dentro de nosotros, sino el sentido de ella. Esto es lo inquietante, por momentos incómodo y acuciante.
Si indagamos los límites de la filosofía para comprender este hecho inmenso, encontramos las múltiples paradojas que ella encierra. Sabemos que, para que esta empresa sea fructífera, se deben sobrepasar tanto las explicaciones de la razón como los ímpetus de la vida, y así preguntarnos sobre el paso definitivo hacia la muerte. Y, al mismo tiempo, sentimos la imposibilidad de hacerlo, cualesquiera sean las argucias de la razón para sortearlos. Se yergue aquí una inmensa contradicción: reflexionar sobre una realidad que nos atraviesa íntimamente y que nunca será, cabalmente, nuestra.
El signo de nuestro universo es su finitud. La fatalidad que lo habita tiene el perfil de lo temporal; las cosas, los animales, el hombre, están sometidos al tiempo. Cronos regula inexorablemente este transcurrir del universo y devora a sus hijos sin piedad. El hombre, atravesado por la inteligencia, corrompido en su pureza biológica por la presencia de una estructura conceptual, sabe, con un saber originario, lúcido, angustiante, de su propio fin y le da a la cesación el nombre de muerte. Desde la perspectiva de la cultura sólo el hombre muere; su actitud ante la muerte hace de ella un acontecimiento excepcional, único y absolutamente propio. Es más, el enterramiento y los rituales relacionados con la muerte fueron el primer gesto de humanización. Hay un sentido en esa acción que hace, desde el inicio, diferente al hombre del animal. La palabra es su privilegio; el animal muere, sin decirlo, sin tematizarlo, aunque muerte del mismo modo. Sin embargo, la palabra, nuestra palabra, siempre presta a dibujar perfiles o despejar horizontes, siente, en este caso, su limitación, su inutilidad; la realidad de la muerte propia no lleva lenguaje, es silenciosa, densa, de un orden distinto de aquel de la palabra y la razón. Nadie puede narrar su fin, ni siquiera imaginarlo.
Veamos, entonces, algunos de los conflictos que comporta la muerte en el ser humano. Morir es un acontecimiento universal, todo hombre muere y la muerte, vista desde fuera, es la misma para todos: la conclusión de un ciclo de vida, pero, al mismo tiempo, la muerte en cada sujeto es estrictamente individual y propia. Nadie puede morir la muerte de otro. La literatura ha sido pródiga en el tema y recurro a ella para expresar algo no experimentado en carne propia. Pierre Bernanos, en Diálogo de Carmelitas, narra la historia de la madre superiora de un convento. Ella, piadosa y bendecida, ruega a Dios le permita cambiar su muerte por la de una novicia poco creyente y aterrorizada ante la posibilidad de su muerte. En la ficción ello se cumple; la madre superiora, un ser de infinita bondad y fe, muere en medio de terribles rebeliones y blasfemias, en tanto que la novicia llega al esperado encuentro con Dios, plena de gozo y paz.
La muerte es lo más exterior a la vida, según parece, puesto que es la clausura de todo sentido, el definitivo límite de toda esperanza, la presencia de otro, desconocido, más allá de la vida. Sin embargo, por otro lado, la muerte se nos presenta como el acontecimiento con el que culmina la vida y sin la cual, nada de ella tendría sentido. Es lo más íntimo y lo más personal. De nuevo la literatura, apoyo de la reflexión filosófica, viene en nuestra ayuda. Simonne de Beauvoir en Todos los hombres son mortales, imagina un personaje que logra la inmortalidad por beber una pócima mágica. Atraviesa la historia, vive las guerras, las pestes, las celebraciones, sin participar realmente en ellas. El no es como los demás, él no muere, no se juega la vida, no arriesga nada; con estupor advierte que los actos de su existencia carecen de sentido; no hay heroísmo en la batalla, ni riesgo, ni alegría por ningún acontecimiento; nada le consume el tiempo precioso de una vida. Todo gesto podrá ser repetido, todo error podrá ser enmendado, todo amor -por intenso que fuese- verá su fin por la muerte de los seres queridos; todo a su alrededor caduca, excepto su propia existencia. La ausencia de límites temporales tiñe su vida de una coloración uniforme, restándole sentido. El tedio que trasunta este personaje hace que el lector termine agradecido de su propio fin.
Si bien el hombre sabe con certeza de su muerte, próxima o lejana, al mismo tiempo sueña con la inmortalidad, con la supervivencia, terrena o extraterrena. Se trata del afán, propio de lo vivo, más allá de todos los datos de la experiencia, de continuar de algún modo insertos en la vida. Pascal nos recuerda que la única fortaleza del hombre, al que su fragilidad lo condena a la muerte, es que sabe que muere, ¡cómo si eso fuese una ventaja! Pascal olvidó que, si bien es el único ser que sabe de su muerte, es también el único que inventa subterfugios para evitarla.
La muerte es algo natural; la misma estructura ontológica de lo real lleva en sí la marca de la finitud; el mensaje genético dice cuándo ocurrirá, sin embargo, el hombre la experimenta como lo sorpresivo. La muerte llega siempre inoportunamente. La soledad es una de sus compañías. Nos embarga la soledad ante la desaparición de alguien querido; el silencio, como respuesta a la habitual interpelación al otro, produce un hueco en el universo. Del mismo modo, nosotros, seres sociales por excelencia, morimos en la más absoluta soledad. Este retirarse de la vida es, posiblemente, el momento de mayor soledad del ser humano. Morir su propia muerte quiere decir morir desde dentro, consigo mismo y sólo consigo mismo.
La muerte nos pone ante la fundamental nihilidad de la persona y su radical desamparo; como un vidrio oscuro, no podemos ver del otro lado. La clausura de toda posibilidad es la caracterización más aproximada de la muerte, justamente porque la vida es lo contrario, un mundo de posibilidades. Sin embargo y, ante una nueva paradoja, son esta clausura y este silencio los que dan sentido a la vida. Hagamos la experiencia de imaginar una vida, nuestra propia vida, sin envejecimiento ni muerte. Sin duda, como lo vio la ficción, todas nuestras actitudes se modificarían ante un horizonte de tiempo sin fin y el tedio envolvería la realidad. Debemos aceptarlo, lo irreversible nuestra finitud, la urgencia de vivir cada momento de la vida, son la sustancia de la vida misma. La muerte otorga sentido a la existencia, es lo más consistente de nuestro ser.
Naturalmente, no hemos dado una explicación de la muerte; es lo inexplicable por naturaleza, aunque tengamos mil maneras filosóficas, científicas, o religiosas de intentarlo. Pensar la muerte nos conduce al orden del misterio, de lo no racional, amenaza la vida del hombre con el sin sentido absoluto. Tanto esfuerzo ¿para qué? nos preguntamos. Para vivir, se nos responde, sólo para vivir. Por ello, por la necesidad de vivir que tenemos, la humanidad jamás se ha resignado a dejar el asunto de la muerte así, silencioso y amenazante. Se habla de ella incansablemente. De alguna manera, el hombre ha intentado siempre recuperar la muerte para la vida y esto es también lo que hacemos aquí.(c) LA GACETA







