01 Octubre 2006 Seguir en 

Estimulado por un libro de Alexis Puig -un joven entusiasta del cine- titulado El gran libro del vampiro y dedicado a reseñar todos los colmillos de la pantalla, acude a mi un escondido recuerdo de infancia. Como se sabe, en todo barrio hay o hubo una casa embrujada. Yo residía con mis padres y mi hermano en un chalet lleno de plantas y de luz en pleno Colegiales. Unas tías maternas ocupaban -ya en el paquete Belgrano- un departamento en Gorostiaga y 11 de Setiembre. Con el tiempo, viviríamos nosotros también en ese edificio. De todos modos, la zona siempre había sido muy nuestra debido a la primero parroquia y luego Abadía de San Benito, donde recibimos oportunamente todos los sacramentos de manos del padre abad Andrés Azcárate.
Esto viene a cuento porque en la misma cuadra de la calle Villanueva, llegando a Olleros (o sea, insolentemente cerca de la iglesia) moraba -según se nos dijo a mi hermano y a mí- un vampiro. La historia difería según el narrador, pero no mucho. El refugio del muerto vivo era una especie de torreta de un castillo muy antiguo y deshabitado, que pertenecía a una emblemática familia patricia de nuestro país. Se llamaba Villa Ombúes, llegaba hasta Luis María Campos, tenía un parque misterioso como la espesura del bosque y hoy es la embajada de Alemania. Pero allá a fines de los cuarenta la quinta inquietaba y mucho. Según el afiebrado relato que oímos, en esa torre permanecía el único ocupante de la mansión. Era un hombre de edad indefinida, muy elegante y refinado, que jamás se mostraba, por lo cual no entendíamos muy bien cómo se sabía que era elegante y refinado. Sin embargo, se sabía. Tenía, desde luego, las facultades mentales alteradas, había despedido hacía mucho a sus criados y de la pequeña ventana siempre cerrada surgía a veces, en la alta madrugada, una extraña y deliciosa música.Pero lo más grave era su vampirismo. Algunos vecinos -en especial los cuidadores del club de bolos ubicado enfrente- estaban dispuestos a jurar que en noches sin luna se abría una hoja de la persiana y un gran murciélago aleteaba en silencio hasta perderse por encima de los árboles. Los menos prudentes iban más lejos: lo habían visto regresar, ahíto de sangre, para meterse pesadamente por la ventana justo cuando el cielo se teñía de naranja. Y como no hay crimen sin víctima, se hablaba en voz baja de una adolescente bellísima que había muerto de anemia con las correspondientes marcas dentales en su cuello de nácar. Recuerdo muchas noches de verano parado frente a la torreta, aguzando la vista para tratar de distinguir al menos un leve movimiento en las hojas ruinosas de la ventana. Nunca fui recompensado. Pero una vez mi prima Ema Rosa, que me acompañaba, lanzó un chillido, se agarró de mí y señalando el sitio, tartamudeó: "Hay una luz, hay una luz, son velas...". No quise decepcionarla y hasta simulé ver algo yo también, pero todo seguía sumido en la más honda negrura.
Con el tiempo, crecimos. Y otras inquietudes desplazaron al vampiro de Villa Ombúes. Las noches perfumadas de la calle Villanueva fueron escenario de sobresaltos muy diferentes y una mañana los obreros empezaron a demoler la casa. No encontraron en la torre otra cosa que rastros de ratas y eso sí, trozos de un tul tan blanco que parecía nuevo. (c) LA GACETA
Esto viene a cuento porque en la misma cuadra de la calle Villanueva, llegando a Olleros (o sea, insolentemente cerca de la iglesia) moraba -según se nos dijo a mi hermano y a mí- un vampiro. La historia difería según el narrador, pero no mucho. El refugio del muerto vivo era una especie de torreta de un castillo muy antiguo y deshabitado, que pertenecía a una emblemática familia patricia de nuestro país. Se llamaba Villa Ombúes, llegaba hasta Luis María Campos, tenía un parque misterioso como la espesura del bosque y hoy es la embajada de Alemania. Pero allá a fines de los cuarenta la quinta inquietaba y mucho. Según el afiebrado relato que oímos, en esa torre permanecía el único ocupante de la mansión. Era un hombre de edad indefinida, muy elegante y refinado, que jamás se mostraba, por lo cual no entendíamos muy bien cómo se sabía que era elegante y refinado. Sin embargo, se sabía. Tenía, desde luego, las facultades mentales alteradas, había despedido hacía mucho a sus criados y de la pequeña ventana siempre cerrada surgía a veces, en la alta madrugada, una extraña y deliciosa música.Pero lo más grave era su vampirismo. Algunos vecinos -en especial los cuidadores del club de bolos ubicado enfrente- estaban dispuestos a jurar que en noches sin luna se abría una hoja de la persiana y un gran murciélago aleteaba en silencio hasta perderse por encima de los árboles. Los menos prudentes iban más lejos: lo habían visto regresar, ahíto de sangre, para meterse pesadamente por la ventana justo cuando el cielo se teñía de naranja. Y como no hay crimen sin víctima, se hablaba en voz baja de una adolescente bellísima que había muerto de anemia con las correspondientes marcas dentales en su cuello de nácar. Recuerdo muchas noches de verano parado frente a la torreta, aguzando la vista para tratar de distinguir al menos un leve movimiento en las hojas ruinosas de la ventana. Nunca fui recompensado. Pero una vez mi prima Ema Rosa, que me acompañaba, lanzó un chillido, se agarró de mí y señalando el sitio, tartamudeó: "Hay una luz, hay una luz, son velas...". No quise decepcionarla y hasta simulé ver algo yo también, pero todo seguía sumido en la más honda negrura.
Con el tiempo, crecimos. Y otras inquietudes desplazaron al vampiro de Villa Ombúes. Las noches perfumadas de la calle Villanueva fueron escenario de sobresaltos muy diferentes y una mañana los obreros empezaron a demoler la casa. No encontraron en la torre otra cosa que rastros de ratas y eso sí, trozos de un tul tan blanco que parecía nuevo. (c) LA GACETA
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