(LA GACETA / ILUSTRACION DANIEL FONTANARROSA)
01 Octubre 2006 Seguir en 

A diferencia de su antecesor y amigo Juan Pablo II, que se formó en la lucha de la Iglesia Católica contra el comunismo ateo y por lo tanto era propenso a minimizar la amenaza planteada a su fe por otros cultos religiosos, el papa Benedicto XVI entiende que el enemigo más temible de lo que queda del cristianismo en Europa es el islam militante. Por lo demás, como buen teólogo está dispuesto a enfrentarlo en el terreno de las ideas, de ahí la ya notoria lectio magistralis que pronunció en la Universidad de Ratisbona. Aunque lo que más llamó la atención de los por lo común poco eruditos medios de comunicación fue la cita de algunas palabras del emperador bizantino Manuel II Paleólogo, un soberano con motivos de sobra para sentirse exasperado por la conducta de los turcos musulmanes, en la que pidió a un dignatario persa mostrarle "lo que Mahoma trajo de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su orden de difundir por la espada la fe que él predicaba"; se trataba de un texto muy sofisticado, salpicado de palabras en griego, en el que comparaba el Dios cristiano, a su juicio racional merced a la fuerte influencia helenista, con el Alá musulmán arbitrario que no está limitado por nada. Era su modo de insistir en que el cristianismo es plenamente compatible con la modernidad mientras que el islam, al subordinar todo a una deidad tan omnipotente, y por lo tanto tan caprichosa, que ni siquiera se ve comprometida por sus propias palabras que, se supone, están registradas en el Alcorán.
Así las cosas, no se equivocaban por completo todos aquellos musulmanes furibundos que enseguida salieron a la calle para protestar, con su violencia habitual, contra la actitud asumida por el Papa. Si bien era ingenuo de su parte atacarlo por citar a un emperador bizantino, cuyas opiniones no ratificaba, intuyeron que condenaba una modalidad, la jihad, que es fundamental al islam, desafiándolos a respetar la libertad de todos a elegir sus creencias en base a la razón que, cree, los llevará indefectiblemente a una posición muy cercana a la suya. De más está decir que no sólo para los islamistas sino también para muchos "moderados", la idea misma de la libertad es blasfema por suponer el derecho a rebelarse contra el único dios verdadero. En varios países musulmanes la apostasía merece, y recibe, la pena capital. En cuanto a las conversiones forzosas, impulsarían la difusión del islam desde el vamos y siguen produciéndose en Africa, el Medio Oriente, Pakistán y otras regiones: hace pocas semanas, dos periodistas occidentales secuestrados en Gaza fueron constreñidos a convertirse al islam a punta de fusil.
Pues bien: el que el líder de la Iglesia Católica haya hecho gala de su convicción de que su propia fe es mejor que otra y que se haya animado a criticar sus prácticas violentas no debería escandalizar a nadie. Sin embargo, lejos de aplaudirlo por llamar las cosas por su nombre, el grueso de los políticos e intelectuales occidentales, sin excluir a los católicos, han unido sus voces para acusarlo de cometer un error garrafal, cuando no un crimen de lesa humanidad al enojar aún más al siempre enojadísimo mundo musulmán y de tal modo despejar el camino de la "Tercera Guerra Mundial". Parecería que según el modo de pensar de quienes están rasgándose las vestiduras por la supuesta beligerancia de Joseph Ratzinger, antes conocido como el "rotweiler de Dios", el que para más señas sabe más acerca del islam que cualquier otro pontífice anterior, ningún occidental debería susurrar una sola palabra que pudiera ofender a los creyentes hipersensibles, mientras que los imanes, ayatolás y así por el estilo les es permitido cubrir de insultos a los cristianos y judíos -los descendientes de cerdos y monos, de acuerdo con las autoridades más prestigiosas-, con impunidad, además de perseguir a los que todavía sobreviven en los países de mayoría musulmana.
Tal actitud no refleja el respeto que dicen sentir los políticos, comentaristas, académicos y otros europeos por el islam. Es fruto del miedo. Aunque hoy en día cualquiera será felicitado por su "coraje" si se mofa del cristianismo, en Europa y en Medio Oriente escasean los héroes culturales que se atrevan a poner en ridículo la intolerancia extrema que caracteriza a tantos musulmanes porque entienden que podría costarles la vida. Después de todo, se pregunta, si algunas viñetas insulsas publicadas en un matutino escrito en un idioma tan minoritario como el danés puede provocar semanas de disturbios violentos y un boicot económico, y si una disertación papal docta en torno de la relación entre la razón y la fe con frecuentes alusiones a los filósofos griegos y la experiencia helenista ha detonado un nuevo estallido de ira musulmana, ¿no sería mejor que el Occidente se autocensurara, abandonando así la libertad intelectual que le permitió erigirse en lo que es?Por desgracia, no es demasiado racional -para emplear una palabra cara al Papa-, confiar en que la obsecuencia sirva para aplacar a los islamistas o para impresionar de manera favorable a los demás musulmanes. Antes bien, envalentonará aún más a aquellos al convencerlos de que el Occidente es un tigre desdentado y pusilánime incapaz de defenderse contra los decididos a destruirlo y persuadirá a estos de que en verdad es tan despreciable como dicen los fanatizados. Luego de escuchar el coro reprobador dirigido contra el Papa por decir que la guerra santa es mala, los religiosos islámicos no pueden sino confiar en que los europeos terminarán rindiéndose a sus pies porque la alternativa les parecería excesivamente peligrosa.
¿Cometió un error el Papa? No es nada probable. Aunque pidió perdón por haber ofendido a los musulmanes, aseverando que hacerlo no fue su propósito, vio confirmado de forma contundente su tesis de que el islam depende en buena medida de la violencia. Y en efecto, algunos clérigos musulmanes parecen haberse enterado de que sus correligionarios caerían en una trampa papal si siguieran dando rienda suelta a su furia, motivo por el que los exhortaron a desistir de quemar iglesias y atacar a cristianos.
Lo mismo que tantos otros, el papa Joseph Ratzinger cree que sería bueno que los jerarcas de los diversos cultos religiosos celebraran un "diálogo". Lo que lo diferencia de la mayoría es que quiere que dicho "diálogo" sea franco, sin que los representantes de una fe particular se sientan físicamente intimidados por los creyentes de otros. En la actualidad, no es posible que esto suceda puesto que los cristianos, judíos y budistas saben muy bien que una palabra juzgada ofensiva por "la calle musulmana" sería más que suficiente como para desatar una convulsión mundial y que en tal caso la mayoría de los europeos no culparía a los responsables de los asesinatos resultantes sino a quien tuvo el pésimo gusto de suministrarle un pretexto.(c) LA GACETA
Así las cosas, no se equivocaban por completo todos aquellos musulmanes furibundos que enseguida salieron a la calle para protestar, con su violencia habitual, contra la actitud asumida por el Papa. Si bien era ingenuo de su parte atacarlo por citar a un emperador bizantino, cuyas opiniones no ratificaba, intuyeron que condenaba una modalidad, la jihad, que es fundamental al islam, desafiándolos a respetar la libertad de todos a elegir sus creencias en base a la razón que, cree, los llevará indefectiblemente a una posición muy cercana a la suya. De más está decir que no sólo para los islamistas sino también para muchos "moderados", la idea misma de la libertad es blasfema por suponer el derecho a rebelarse contra el único dios verdadero. En varios países musulmanes la apostasía merece, y recibe, la pena capital. En cuanto a las conversiones forzosas, impulsarían la difusión del islam desde el vamos y siguen produciéndose en Africa, el Medio Oriente, Pakistán y otras regiones: hace pocas semanas, dos periodistas occidentales secuestrados en Gaza fueron constreñidos a convertirse al islam a punta de fusil.
Pues bien: el que el líder de la Iglesia Católica haya hecho gala de su convicción de que su propia fe es mejor que otra y que se haya animado a criticar sus prácticas violentas no debería escandalizar a nadie. Sin embargo, lejos de aplaudirlo por llamar las cosas por su nombre, el grueso de los políticos e intelectuales occidentales, sin excluir a los católicos, han unido sus voces para acusarlo de cometer un error garrafal, cuando no un crimen de lesa humanidad al enojar aún más al siempre enojadísimo mundo musulmán y de tal modo despejar el camino de la "Tercera Guerra Mundial". Parecería que según el modo de pensar de quienes están rasgándose las vestiduras por la supuesta beligerancia de Joseph Ratzinger, antes conocido como el "rotweiler de Dios", el que para más señas sabe más acerca del islam que cualquier otro pontífice anterior, ningún occidental debería susurrar una sola palabra que pudiera ofender a los creyentes hipersensibles, mientras que los imanes, ayatolás y así por el estilo les es permitido cubrir de insultos a los cristianos y judíos -los descendientes de cerdos y monos, de acuerdo con las autoridades más prestigiosas-, con impunidad, además de perseguir a los que todavía sobreviven en los países de mayoría musulmana.
Tal actitud no refleja el respeto que dicen sentir los políticos, comentaristas, académicos y otros europeos por el islam. Es fruto del miedo. Aunque hoy en día cualquiera será felicitado por su "coraje" si se mofa del cristianismo, en Europa y en Medio Oriente escasean los héroes culturales que se atrevan a poner en ridículo la intolerancia extrema que caracteriza a tantos musulmanes porque entienden que podría costarles la vida. Después de todo, se pregunta, si algunas viñetas insulsas publicadas en un matutino escrito en un idioma tan minoritario como el danés puede provocar semanas de disturbios violentos y un boicot económico, y si una disertación papal docta en torno de la relación entre la razón y la fe con frecuentes alusiones a los filósofos griegos y la experiencia helenista ha detonado un nuevo estallido de ira musulmana, ¿no sería mejor que el Occidente se autocensurara, abandonando así la libertad intelectual que le permitió erigirse en lo que es?Por desgracia, no es demasiado racional -para emplear una palabra cara al Papa-, confiar en que la obsecuencia sirva para aplacar a los islamistas o para impresionar de manera favorable a los demás musulmanes. Antes bien, envalentonará aún más a aquellos al convencerlos de que el Occidente es un tigre desdentado y pusilánime incapaz de defenderse contra los decididos a destruirlo y persuadirá a estos de que en verdad es tan despreciable como dicen los fanatizados. Luego de escuchar el coro reprobador dirigido contra el Papa por decir que la guerra santa es mala, los religiosos islámicos no pueden sino confiar en que los europeos terminarán rindiéndose a sus pies porque la alternativa les parecería excesivamente peligrosa.
¿Cometió un error el Papa? No es nada probable. Aunque pidió perdón por haber ofendido a los musulmanes, aseverando que hacerlo no fue su propósito, vio confirmado de forma contundente su tesis de que el islam depende en buena medida de la violencia. Y en efecto, algunos clérigos musulmanes parecen haberse enterado de que sus correligionarios caerían en una trampa papal si siguieran dando rienda suelta a su furia, motivo por el que los exhortaron a desistir de quemar iglesias y atacar a cristianos.
Lo mismo que tantos otros, el papa Joseph Ratzinger cree que sería bueno que los jerarcas de los diversos cultos religiosos celebraran un "diálogo". Lo que lo diferencia de la mayoría es que quiere que dicho "diálogo" sea franco, sin que los representantes de una fe particular se sientan físicamente intimidados por los creyentes de otros. En la actualidad, no es posible que esto suceda puesto que los cristianos, judíos y budistas saben muy bien que una palabra juzgada ofensiva por "la calle musulmana" sería más que suficiente como para desatar una convulsión mundial y que en tal caso la mayoría de los europeos no culparía a los responsables de los asesinatos resultantes sino a quien tuvo el pésimo gusto de suministrarle un pretexto.(c) LA GACETA
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