La brutalidad virtual de Paul McCarthy

Por Marcelo Gioffré, para LA GACETA - Estocolmo (Suecia). Habría una humanidad en estado de descomposición, que se está destruyendo y automutilando al alejarse de sus verdaderas necesidades. El mensaje del artista no es por cierto novedoso, pero lo emite desde un lenguaje absolutamente innovador y revulsivo.

24 Septiembre 2006
La violencia en las obras de McCarthy proviene del ensamble sinfónico de imágenes y sonidos. Hay una sensación de caos, de suciedad, de fatiga, de considerable horror. Es sólo un efecto teatral, porque muchos de los personajes son muñecos o mascotas, y la sangre de sus heridas es notoriamente ketchup. Reina un aire cinematográfico que linda con lo paródico. Sin embargo, la incomodidad subsiste en el espectador.

Uno de los acontecimientos culturales del año es la retrospectiva del norteamericano Paul McCarthy, en el Moderna Museet de Estocolmo. Nacido en 1945, artista de culto durante muchos años, dedicado a las performances y sólo conocido en el mundillo californiano, en la última década se ha revelado como un intelectual tan sólido como intranquilizador. El Moderna Museet está ubicado en Skeppsholmen, en medio de un gran parque, a pocos minutos de Gamla Stan, el casco antiguo de la capital sueca, y posee una estructura arquitectónica espectacular, con una hilera de salas y unos ventanales dispuestos estratégicamente de modo que se abren, sin generar molestias a las obras, a unos paisajes impactantes que matizan la visita.
Ya a la entrada de la exhibición de McCarthy hay un letrero que advierte sobre las características agresivas de la muestra, que la tornan desaconsejable para los niños. Ni bien uno accede a la primera sala, la única sin luz natural y atareada por un enorme barco pirata en estado de abandono, fluye el primer impacto: una marea de impresiones heteróclitas que va creciendo a medida que uno se interna. Esculturas e instalaciones que ofrecen golpes visuales, como si se estuviera penetrando en un tren fantasma dominado por el desorden, pero también impresiones sonoras que provienen de video-instalaciones que emiten quejidos recurrentes e imágenes de perezosa monstruosidad, tal el caso de un individuo que se está amputando el pene, después de untarlo con salsas y atarlo con trapos mugrientos.
La violencia proviene así del ensamble sinfónico de imágenes y sonidos. Hay una sensación de caos, de suciedad, de fatiga, de considerable horror. Pero no es más que un efecto teatral, porque muchos de los personajes son muñecos o mascotas, cuyas heridas sangrantes son notoriamente de ketchup, cuyas mutilaciones dan la idea de un truco de magia. Los cuerpos embadurnados y destrozados no son sino prótesis. Reina un aire cinematográfico que linda con lo paródico. Sin embargo, la incomodidad subsiste aun cuando el espectador internaliza que la violencia es ficticia. Y quizás eso lo haga más terrible: porque la representación ostensible de la violencia causa un efecto tan o más corrosivo que la violencia misma.
Aparece objetada la cultura de masas (representada por la publicidad que vincula el sexo con el producto que vende, por Papá Noel o por Michael Jackson), pero también está interpelada la idea del orden civilizatorio. Habría una humanidad en descomposición, una humanidad que se está autodestruyendo y mutilando al alejarse de sus verdaderas necesidades y pulsiones. McCarthy alerta, con esos planteos, sobre una suerte de suicidio colectivo, silencioso e inconsciente. En una de las expresiones menos violentas pero más explícitas, una viñeta muestra a un empresario amargado, en su oficina, el día de Nochebuena, delante de un gráfico auspicioso, mientras su secretaria, volviéndose a vestir, trata de consolarlo de su reciente fracaso sexual con la siguiente frase: "Well, anyway, Mr Brown-it was a good year businesswise". (Bueno, de cualquier manera, Sr. Brown, fue un buen año para los negocios").
Según McCarthy, al renunciar a su armonía originaria con el cosmos, al apartarse de su conexión con la naturaleza a la cual pertenece, al idolatrar el dinero como fin en sí mismo, al viajar en aviones, usar teléfonos celulares, enfrascarse en guerras fratricidas y establecer una clasificación sobre la base de las marcas, el hombre ha perdido el rumbo. A pesar de la apariencia de orden (como el de la ascética cabina de una aeronave, en la que todos comen al unísono ante el impulso de un carrito metálico del cual las azafatas extraen viandas herméticas, y todos duermen cuando las luces son apagadas, y los placeres y comodidades son suministrados en forma proporcional a la categoría pagada a la compañía aérea), hay monstruosidades ocultas, reina un caos secreto.
Si bien el mensaje del artista no se novedoso, pues desde Juan Jacobo Rousseau y su idea del buen salvaje hasta el hippismo y su reaccionarismo bucólico, pasando por Herbert Marcuse e incluso por nuestro Ernesto Sábato, siempre han existido voces de alerta contra la tecnolatría, el cientificismo, el consumismo, el abuso del poder del dinero y el progreso ilimitado, lo interesante de este artista norteamericano es que lo hace desde un lenguaje absolutamente innovador y revulsivo, y que -como si fuera poco- produce bienes con un valor de mercado, que circulan con singular éxito entre las personas pudientes y entre las instituciones dominadas por estas, con lo cual genera una aguda paradoja.
Lo que McCarthy denuncia con sus obras es que estamos sumergidos en un gigantesco engaño. Donde creemos avanzar, retrocedemos. Pero ¿es así? Estamos en una constante experimentación, la ciencia busca curar enfermedades, pero, al hacerlo, crea nuevas. A medida que nos esclarecemos, también nos opacamos. Los aztecas producían horribles sacrificios humanos; en una sola noche en Tenochtitlán se produjo una matanza fenomenal. Pero han surgido los automóviles y las carreteras, y con ellos los accidentes de tránsito, que son la primera o segunda causa de muerte, tan feroz como la guerra florida y los sacrificios humanos de los aztecas. El dios de la velocidad ha reemplazado al dios del sol. Ha sido combatida con éxito la lepra, la disentería y muchas infecciones que fueron plagas desastrosas, pero surgieron enfermedades nuevas como el cáncer o el sida, que no podemos dominar. Logramos que la expectativa de vida del hombre sea cada vez mayor, pero en muchos lugares, como en la Argentina, los viejos no tienen para comer, están fatigados y tristes. Triunfamos en el dominio de la naturaleza, volamos como los pájaros en los aviones, nos comunicamos por Internet, pero estamos cada vez más solos; aumentan el consumo de drogas, la ingesta de alcohol, la necesidad de terapias psicoanalíticas y los suicidios.
Es verdad que hay algo de ilusorio en el progreso, de verdad que la sexualidad está un poco degradada por la maraña de negocios, pero tampoco debemos exagerar. Las guerras son más lmitadas; hay un reconocimiento de los problemas de género; los derechos humanos son una conquista de la modernidad; las libertades individuales constituyen valores que pocos se animan a cuestionar desde la órbita discursiva. Tener luz artificial es mucho mejor que vivir a oscuras, como vivían los comedores de papas de Van Gogh. La clase media puede recorrer y conocer el planeta. Los dolores de muela se pueden calmar. Los autoritarismos están jaqueados por la Internet. Poder escuchar música en disco es una maravilla de democratización, si se contrapone con épocas en que sólo los ricos podían acceder a músicos en vivo. Los locos ya no son considerados enfermos ni malditos.
La gran cuestión es ahondar eróticamente el presente, disolver la hojarasca de prejuicios y que la información disponible, cada vez más espesa, sea una munición útil para medir los costos implícitos en toda postergación de placer. La modernidad hay que verla como un desafío en la administración de nuestra libertad más que como una amenaza inmanejable. (c) LA GACETA

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