Günter Grass, el chico del tambor
Por Federico Abel, para LA GACETA - Tucumán. Aquel "olor a cebolla" que en esos años infectaba a la Alemania entera, le arrebataba predominio al olor a cadáver. Es superficial denostar al escritor que contribuyó como nadie al esfuerzo de intentar seguir siendo alemán tras el infierno.
GÜNTER GRASS. No tiene consuelo, ni puede tenerlo.

Günter Grass sigue siendo el pequeño del tambor (Oscar), el de la película de Volker Schlöndorff (1979), inspirada en su estremecedor libro "El tambor de hojalata" (1959); el niño de los ojos azorados que, en un acto de audacia -y de responsabilidad- existencial, decide no crecer. Es que Alemania, a principios de los años 30 del siglo XX, se ha vuelto incomprensible, doméstica y trivialmente nazi. Entonces, al chico no le queda otra opción que aferrarse a su tambor -y ni siquiera batirlo, porque nadie escucha- y perderse por las callejuelas de Danzig, pedazo de tierra polaco anexionado por Alemania, hecho que fue uno de los pretextos hitlerianos para desatar la Segunda Guerra Mundial. Mira sin entender que en las vidrieras de las tiendas, donde antes solía ir a preguntar todos los días por el precio del kilo de pan o de un simple cuaderno para la escuela, ahora está escrito con aerosol "Judíos", debajo del improlijo dibujo de una estigmatizante estrella de David.
Y ese chico, luego, en "Años de perro" (1963), adquirirá otras voces, ya adolescentes pero igual de atormentadas frente a todo aquello. Será, por ejemplo, Eduardo Amsel, que ante el lecho de su progenitora moribunda oirá aquella susurrante confesión: "¡Ay, hijito mío. Perdona a tu pobre madre. El Amsel, al que tú no conoces, pero que fue tu propio padre, era circunciso, como dicen. Ojalá que no te pesquen, ahora que son tan severos con las leyes". (1)
Dos años antes, el niño del tambor, en "El gato y el ratón" (1961), había sido también Joaquín Mahlke, que acababa de cumplir 14 años cuando estalló la guerra y que no creía en Dios ("esa clásica patraña para idiotizar a la gente") (2), aunque sí en la Virgen María. A Mahlke, en el instituto secundario al que asistía, lo habían pasado a las Juventudes Hitlerianas en castigo, porque los domingos a la mañana, en vez de compartir actividades físicas al aire libre, en el bosque, como debían hacer entonces los erguidos jóvenes arios, prefería ir a misa. Al narrador de su vida -que no es otro que Grass, claro- se le escapa: "toda Alemania olía en aquellos años de guerra a cebolla, a cebolla cocida al vapor en margarina? aquel olor a cebolla, que en aquellos años infestaba a la Alemania entera? le arrebataba predominio al olor a cadáver". (3)
De más está decir que Grass se desdobla en Oscar, en Amsel, en Mahlke, y en muchos otros, para reconstruir sin conmiseración aquel espanto, del que él fue protagonista -víctima más bien-, y que hoy literariamente se conoce en su obra como la trilogía de Danzig, compuesta por los tres libros antes citados. Si bien en los posteriores se sigue oyendo el murmullo de estos, es en ellos donde este escritor fundamental -sin el cual no se puede comprender el siglo XX- plasma el desorden que en su propia vida significó la fatal invasión a Polonia, dispuesta por Adolf Hitler en septiembre de 1939. En efecto, él mismo había nacido en 1927 en Danzig, hoy nuevamente bajo soberanía polaca y con el nombre de Gdansk. Y a los 17 años, cuando corría 1944 y luego de su experiencia en las Juventudes Hitlerianas, de las que era difícil huir en una sociedad asfixiantemente totalitaria como la nazi, combatió en la Segunda Guerra Mundial hasta que fue hecho prisionero por el ejército estadounidense, que lo liberó en abril de 1946. Esto figura en la solapa de cualquiera de sus libros. Grass, lejos de justificarse o de autoexplicarse, recurso de los que se guardan algo, siempre se definió como perteneciente a la fatídica generación de los hijos del nazismo. Por eso sorprende y cuesta entender el revuelo mundial que se armó a partir de la publicación en Alemania, en agosto pasado, de su autobiografía "Pelando la cebolla", de muy sugestivo título, en la que revela que entre 1944 y 1945 formó parte de las temibles SS ("Schutzastaffel") alemanas, la guardia pretoriana de elite que encabezó el inexplicable Heinrich Himmler. Michael Jürgs, biógrafo de Grass, osó decir que el escritor ya "formaba parte de los alemanes que callaron demasiado". Y el ex presidente polaco y premio Nobel de la Paz Lech Walesa llegó a decir que era necesario quitarle la ciudadanía de honor de Gdansk y, como si fuera poco, agregó que urgía que Grass devolviera a la Academia Sueca el Nobel de Literatura, que le concedieron en 1999. ¿Habrán enloquecido?
Resulta incomprensible esta caza de brujas contra quien, junto a Heinrich Böll, también Nobel de Literatura (1972), sólo tuvo por obsesión reconstruir moralmente -si tal cosa es posible- a los herederos de toda aquella devastación alemana, que significó el aniquilamiento de más de seis millones de personas en campos de concentración. La prosa, como los dibujos de Grass (tiene una sólida formación como plástico y escultor), es opaca, áspera, abrumadora, dificultosa y, por momentos, desesperante. Pareciera que no hay en ella espacio para la belleza. ¿Y cómo podría haberlo? En "El gato y el ratón" se lo oye preguntarse: "¿de qué me sirve la gramática? Aunque lo escribiera todo con minúsculas y sin puntuación, no tendría más remedio que decir..." (4). Y con mayor abundancia, en 1990, elaboró un artículo titulado "Escribir después de Auschwitz", en el que reflexiona sobre aquel imperativo del filósofo Theodor Adorno, según el cual, después de Auschwitz, se había vuelto imposible componer un poema, género históricamente ligado al placer estético. Es, entonces, cuando proclama que ya nadie podía -ni debía- inclinarse "al cuidado tono de la literatura de cámara" (5). "Se trataba de abjurar de las magnitudes absolutas, del blanco o negro ideológicos, de decretar la expulsión de las creencias y de instalarse sólo en la duda, que daba a todo, hasta al mismo arco iris, un matiz grisáceo. Y, por añadidura, ese mandamiento (el de Adorno) exigía una riqueza de índole nueva: había que celebrar la miserable belleza de todos los matices reconocibles del gris con un lenguaje dañado. Eso quería decir borrar esas banderas y esparcir las cenizas sobre los geranios" (6).Esto es lo que explica por qué en sus dibujos desfilan ratas, solitarias cebollas, viejos zapatos sin cordones, clavos herrumbrados, sombreros, infinitos moscardones y gordos peces de mirada inquietante. Y lo mismo ocurre en sus páginas. Claro, esto no impide que el notable artista se dé maña, aun con esa austeridad de recursos, a la que ha decidido sujetarse como un pietista, para lograr versos como: "el sol sale, se encuentra consigo mismo"; "indignación y resoluciones se consiguen baratas, sólo el precio del cobre aumenta"; "los camareros circulan en blanco y negro", o "asombrarse cada vez cuando el agua, en la olla, se pone a cantar". (7), (8), (9) y (10).
Cual Jean-Paul Sarte parco y alemán, Grass ha entendido como pocos eso del compromiso, pero no exclusivamente literario -o sí-, sino cívico. De reconocida militancia socialista, no dudó en escribir un libro ("Del diario de un caracol") para narrar el detrás de las bambalinas de la campaña proselitista de 1969, en la que colaboró con su amigo Willy Brandt, que resultó electo canciller germano. Y ese testimonio de alguien que se siente perturbado no sólo por su desconsolado país sino por la marcha del género humano, queda reflejado en "Mi siglo" (1999), en el que, a partir de hechos históricos mezclados con vivencias domésticas, relata cada año del infausto siglo XX. Resulta imperdible, además del capítulo de 1933, año del ascenso de Hitler al poder, el correspondiente a 1974, en el que narra cuán perturbable resultaba ver que dos seleccionados alemanes de fútbol (el occidental y el oriental) se enfrentaran en un campeonato mundial. Otra vez, Grass encuentra la forma de referirse, sin estridencias, en este caso, al Muro de Berlín. Enemigo de lo políticamente correcto, ahora Grass ha decidido desbrozar la última capa de la cebolla: la suya. Y lo ha hecho coherentemente, sin autocompasión. Acaba de confesar que nadie puede mitigarle la vergüenza de haber usado, sin sentir repulsión, aquel uniforme escalofriantemente negro con la SS en el cuello y la calavera en el centro de la gorra, exactamente debajo de la esvástica. "Nada me ilustra sobre lo que piensa un muchacho de 15 años que, por decisión propia, quiere ir por encima de todo a donde se lucha y -como puede suponer y sabe incluso por los libros- la muerte hace su cosecha. Las suposiciones se revelan mutuamente: ¿fue el desbordamiento de un río de sentimientos, el placer de actuar por cuenta propia, el deseo de crecer muy de prisa, de ser un hombre entre hombres?", admite en su autobiografía que aún no ha llegado a la Argentina, pero alguno de cuyos pasajes se conocen por la prensa.
Grass no tiene consuelo. No puede tenerlo. Y eso lo sabe por su amigo, Böll, quien solía preguntar: "¿es posible que exista un solo alemán capaz de librarse del pasado y quedarse cómodamente en un sillón, en el presente, en espera del futuro?" (11). Ellos -Grass y Böll-, por haber sido hijos directos del nazismo, fueron de los primeros en descubrir que "la comprensión de Auschwitz no tiene fin" (12) y que "es inconcebible, precisamente, porque no es comparable, porque no puede justificarse históricamente con nada, porque no es asequible a ninguna confesión de culpa y se ha convertido así en punto de ruptura" (13). Por ello resulta hasta superficial denostar o perseguir a Grass, quien, aun sin perdonársele que a los 15 años se haya sentido orgulloso de lucir el uniforme de las SS, ícono de lo que fue Auschwitz, contribuyó como nadie al obstinado esfuerzo de intentar seguir siendo alemán después de aquel infierno. (c) LA GACETA
NOTAS
1) Günter Grass, Años de perro, Plaza & Janes S.A. Editores, Barcelona, 1982, página 36.
2) (3) y (4) Grass, G., El gato y el ratón, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1999, páginas 106, 137, y 93.
(5) y (6) Günter, G., Escribir después de Auschwitz, Paidós Asterisco, Barcelona, 1999, páginas 25 y 26.
(7) (8) (9) y (10) Günter, G., Cinco decenios, Alfaguara, Buenos Aires, 2003, páginas 12, 42, 54 y 57.
(11) Heinrich Böll, Artículos, críticas y otros escritos, Editorial Noguer S.A., Barcelona, 1975. (12)y (13) Grass, G., Escribir?, ibidem, páginas 13 y 41.







