De la amistad
Por Samuel Schkolnik, para LA GACETA - Tucumán. El ser humano navega, en última instancia, a solas. Pero la condición de persona se forja al calor del trato con los demás, y el testimonio de estos es indispensable para fijar el curso que nos define y para establecer nuestro sentido de la realidad. Alguna clase de afinidad es lo que torna posible esa cohabitación espiritual en que consiste la amistad.
Tres amigos departen en el “Almuerzo a orillas del río”, de Auguste Renoir.
17 Septiembre 2006 Seguir en 

El hecho de que en última instancia naveguemos a solas no significa que los demás nos sean indiferentes; por lo contrario, es sabido que la propia condición de persona resulta forjada al calor del trato con los demás, y que el testimonio que estos nos deparan es indispensable para la fijar el curso que nos define, así como para establecer nuestro sentido de la realidad. Ahora bien, hay algunos cuyo testimonio confirma lo certero de nuestro rumbo y nuestra valía de navegantes; entre ellos, hay por añadidura quienes nos asisten en nuestra travesía (tal vez porque su rumbo es muy próximo, si no el mismo, del que llevamos), atentos a sus peripecias y dispuestos a echarnos un cable en caso de avería. Ellos son nuestros amigos: su presencia nos da gusto, porque en ella experimentamos la continuidad de lo que somos con lo que es más allá de nosotros.Cuando digo que los amigos nos favorecen con su testimonio, no quiero decir que estén dispuestos a declarar, ante un cierto tribunal, que nuestra navegación es correcta, soslayando -tal vez de manera deliberada- aquellos errores por los que aquel tribunal habría de condenarnos, errores que -sin duda- unos testigos imparciales no silenciarían. Si de eso se trata, convendría mencionarlos no como amigos sino como cómplices. Pero no se trata de eso; el testimonio que nos prestan no es de índole judicial, ni nos vale por ser complaciente. Menos aun, ni siquiera suele cobrar la forma de una declaración; por lo general no se pronuncia, sino que se expresa como una compañía ante la que puede uno franquearse sin ambages, al modo de quien se halla en su casa y no le es menester dar explicaciones de sus actos, porque en su casa esos actos son comprendidos de inmediato.
Lo que torna posible esa cohabitación espiritual en que consiste la amistad, es alguna clase de afinidad. Esta puede ser relativa al rumbo con que se navega (según lo antes sugerido), pero no es forzoso que quienes son amigos hayan apuntado sus proas en la misma dirección. Más importante que los vientos elegidos es, para aquella afinidad, el modo de elegirlos, y lo que en general podríamos llamar el estilo de navegación. Por eso se ha visto amigos que aparentemente no compartían casi nada: ni el oficio, ni la condición social, ni las circunstancias de la vida cotidiana. Por cierto, tener estas cosas en común favorece el nacimiento de vínculos amistosos, como que de hecho la mayor parte de los amigos de una persona dada pertenecen al círculo de sus actividades corrientes, pero no son pocos los casos de amistades entrañables que ligan a personas de ámbitos diferentes. Y es que, soterrada en sus diferencias, late entre tales personas una semejanza esencial. Suele ocurrir que unos sucesos no esperados -guerras, coincidencias azarosas, catástrofes de todo género- pongan en estrecho contacto a personas que de otro modo no se hubieran conocido; y no es raro que en esas condiciones de tormenta dos o más marinos que perseguían metas distintas, en embarcaciones separadas y con rangos desiguales, encuentren tener el mismo gesto básico a propósito del timón y de la brújula, de la manera de capear un temporal; un gesto, una actitud -en fin- mucho más similar entre ellos que entre cada uno y sus habituales compañeros de ruta, con los que sólo podían entenderse acerca de rutinas carentes de interés. Nacen así unas amistades tanto o más firmes que las que unen a personas del mismo ambiente, amistades que para un observador superficial son difíciles de explicar.
Ahora bien, hay diferencias que imposibilitan de raíz la amistad; entre las más notables se cuentan las de edad y género.
Los años vividos a bordo imprimen un sesgo característico en cada marinero, de modo que, según la cuantía de esos años, se forman en todas las tripulaciones unos grupos cuyos miembros comparten una misma manera de ver las cosas, un repertorio de actitudes y hasta un lenguaje común; aspectos en los que difieren, por cierto de los integrantes de los demás grupos.
Es harto improbable que nazcan amistades entre los que cargan con una vida de navegación sobre sus espaldas, y los que -aunque experimentados ya en las artes de la marina- se disponen aún a muchas travesías; así los unos como los otros, por lo demás, es difícil que hagan amigos entre los que, recién embarcados -apenas grumetes todavía- se representan tener los siete mares por delante. Los primeros bogan preferentemente por los océanos de la memoria; los segundos maniobran con firmeza entre el oleaje del presente; los últimos escrutan con impaciencia gozosa los horizontes por venir. Sólo una mirada ligera puede suscitar la apariencia de que surcan las mismas aguas.
Pero la diferencia llega a ser inconmesurable si se trata de la que distingue a varones de mujeres. Su condición complementaria en lo atinente a la reproducción, es sólo el anverso de una medalla cuyo reverso es la más completa desemejanza en los demás aspectos de la vida. Por eso, si dejamos de lado las conductas que responden a la buena educación, y atendemos a las que emergen de lo profundo, comprobaremos que entre las mujeres y los hombres caben el amor, el odio y la indiferencia, pero en ningún caso la amistad. Hay quien asegura que entre las mujeres tampoco es posible la amistad, pero no podemos dar fe de esa creencia.
De cualquier modo, el contar con amigos es algo sin lo cual resulta improbable hallar gusto en la vida; no hay expansión mejor que la que procura una mesa concertada por el buen vino y la amistad. (c) LA GACETA
Lo que torna posible esa cohabitación espiritual en que consiste la amistad, es alguna clase de afinidad. Esta puede ser relativa al rumbo con que se navega (según lo antes sugerido), pero no es forzoso que quienes son amigos hayan apuntado sus proas en la misma dirección. Más importante que los vientos elegidos es, para aquella afinidad, el modo de elegirlos, y lo que en general podríamos llamar el estilo de navegación. Por eso se ha visto amigos que aparentemente no compartían casi nada: ni el oficio, ni la condición social, ni las circunstancias de la vida cotidiana. Por cierto, tener estas cosas en común favorece el nacimiento de vínculos amistosos, como que de hecho la mayor parte de los amigos de una persona dada pertenecen al círculo de sus actividades corrientes, pero no son pocos los casos de amistades entrañables que ligan a personas de ámbitos diferentes. Y es que, soterrada en sus diferencias, late entre tales personas una semejanza esencial. Suele ocurrir que unos sucesos no esperados -guerras, coincidencias azarosas, catástrofes de todo género- pongan en estrecho contacto a personas que de otro modo no se hubieran conocido; y no es raro que en esas condiciones de tormenta dos o más marinos que perseguían metas distintas, en embarcaciones separadas y con rangos desiguales, encuentren tener el mismo gesto básico a propósito del timón y de la brújula, de la manera de capear un temporal; un gesto, una actitud -en fin- mucho más similar entre ellos que entre cada uno y sus habituales compañeros de ruta, con los que sólo podían entenderse acerca de rutinas carentes de interés. Nacen así unas amistades tanto o más firmes que las que unen a personas del mismo ambiente, amistades que para un observador superficial son difíciles de explicar.
Ahora bien, hay diferencias que imposibilitan de raíz la amistad; entre las más notables se cuentan las de edad y género.
Los años vividos a bordo imprimen un sesgo característico en cada marinero, de modo que, según la cuantía de esos años, se forman en todas las tripulaciones unos grupos cuyos miembros comparten una misma manera de ver las cosas, un repertorio de actitudes y hasta un lenguaje común; aspectos en los que difieren, por cierto de los integrantes de los demás grupos.
Es harto improbable que nazcan amistades entre los que cargan con una vida de navegación sobre sus espaldas, y los que -aunque experimentados ya en las artes de la marina- se disponen aún a muchas travesías; así los unos como los otros, por lo demás, es difícil que hagan amigos entre los que, recién embarcados -apenas grumetes todavía- se representan tener los siete mares por delante. Los primeros bogan preferentemente por los océanos de la memoria; los segundos maniobran con firmeza entre el oleaje del presente; los últimos escrutan con impaciencia gozosa los horizontes por venir. Sólo una mirada ligera puede suscitar la apariencia de que surcan las mismas aguas.
Pero la diferencia llega a ser inconmesurable si se trata de la que distingue a varones de mujeres. Su condición complementaria en lo atinente a la reproducción, es sólo el anverso de una medalla cuyo reverso es la más completa desemejanza en los demás aspectos de la vida. Por eso, si dejamos de lado las conductas que responden a la buena educación, y atendemos a las que emergen de lo profundo, comprobaremos que entre las mujeres y los hombres caben el amor, el odio y la indiferencia, pero en ningún caso la amistad. Hay quien asegura que entre las mujeres tampoco es posible la amistad, pero no podemos dar fe de esa creencia.
De cualquier modo, el contar con amigos es algo sin lo cual resulta improbable hallar gusto en la vida; no hay expansión mejor que la que procura una mesa concertada por el buen vino y la amistad. (c) LA GACETA







