17 Septiembre 2006 Seguir en 

Dentro del rico panorama de la novela moderna, el nombre de Henry James figura de pleno derecho en los primeros planos. Su conocimiento de lo humano, la sutileza para captar los matices, el refinamiento artístico ante las obras y los lugares, hacen de él un escritor de indispensable lectura.
Colm Tóibín, irlandés de origen, tiene una vasta obra como creador, crítico y periodista. En este extenso libro aborda en forma de novela la vida de Henry James, a través de un singular enfoque temporal. Los capítulos abarcan desde enero de 1895 hasta 1899, pero él evoca un tiempo mayor, a partir de la juventud del escritor hasta su madurez, cuando la mayor parte de su obra estaba escrita y no cabía esperar ningún cambio en su solitaria existencia. Dentro de esos períodos, a raíz de cualquier referencia, se remonta al pasado familiar en USA, sus primeros viajes a Europa, la radicación en Lamb House. Rye, residencia escogida en el sur de Inglaterra, donde le era posible aislarse, de cuando en cuando recibir a la familia o a los amigos y completar su obra.
Hay un enigma en la vida de Henry James: el trauma que en su infancia afectó su sexualidad y determinó su decisión de permanecer solo. Nadie, ni Edel en su exhaustivo libro, lo aclaró del todo. Ello explica algunas de sus actitudes, rayanas con una ceguera increíble ante ciertas circunstancias. Así, la negativa a dar un consuelo último a su encantadora prima Minnie Temple, cuando, minada por la tuberculosis, le rogó ir con él a Roma, segura de que la gran ciudad aliviaría sus males. Así también, tiempo después, su ausencia cuando Constance Fenimore (pariente de Fenimore Cooper), mujer de finísimo espíritu, esperó su compañía en Venecia, sin decir lo que todos sabían: que necesitaba de él y de sus diálogos para no morirse. El suicidio de aquella fue un estigma que lo persiguió cuando ya no había remedio. Dicho sea al margen, conmueve la escena en que, acompañado de un criado, James arroja las ropas de Constance al canal; un acto tan teatral como inútil.
Los miembros de la familia James aparecen en distintos momentos: la vida familiar en USA, primero en Newport, luego en Boston, en compañía de sus padres y hermanos; entre estos el célebre William, psicólogo de nota y adicto como su mujer al espiritismo. La solicitud para con su hermana Alice, cuando esta se radicó en las cercanías de Londres con su amiga Katherine Loring, en busca de paz para sus trastornos psicopáticos. No disimula el autor ciertas tendencias homosexuales de Henry, de joven con su amigo Holmes, en la madurez con el escultor sueco Andersen, con quien trabó una ambigua relación en Roma.
La contratapa promete la crónica del proceso creativo del autor de Otra vuelta de tuerca. Ello no ocurre y sólo por momentos se alude a su fecunda tarea. Apenas con algún detalle se refiere al fracaso de su obra teatral Guy Donville, en el tiempo en que triunfaba Oscar Wilde (por quien parece no haber sentido la menor simpatía). En cambio está bien retratado el hombre Henry James, a través de sus vaivenes de viajero, su amor por el arte, la preservación casi inhumana de su intimidad. Sin que pueda comprobarse como cierto todo lo que Tóibín cuenta, la novela demuestra el contraste entre el escritor asombrosamente perspicaz para lo humano ajeno y el hombre que no pudo o no supo anudar profundos lazos afectivos sino hasta cierto punto, siempre que estos no amenazaran su reserva última. (c) LA GACETA
Colm Tóibín, irlandés de origen, tiene una vasta obra como creador, crítico y periodista. En este extenso libro aborda en forma de novela la vida de Henry James, a través de un singular enfoque temporal. Los capítulos abarcan desde enero de 1895 hasta 1899, pero él evoca un tiempo mayor, a partir de la juventud del escritor hasta su madurez, cuando la mayor parte de su obra estaba escrita y no cabía esperar ningún cambio en su solitaria existencia. Dentro de esos períodos, a raíz de cualquier referencia, se remonta al pasado familiar en USA, sus primeros viajes a Europa, la radicación en Lamb House. Rye, residencia escogida en el sur de Inglaterra, donde le era posible aislarse, de cuando en cuando recibir a la familia o a los amigos y completar su obra.
Hay un enigma en la vida de Henry James: el trauma que en su infancia afectó su sexualidad y determinó su decisión de permanecer solo. Nadie, ni Edel en su exhaustivo libro, lo aclaró del todo. Ello explica algunas de sus actitudes, rayanas con una ceguera increíble ante ciertas circunstancias. Así, la negativa a dar un consuelo último a su encantadora prima Minnie Temple, cuando, minada por la tuberculosis, le rogó ir con él a Roma, segura de que la gran ciudad aliviaría sus males. Así también, tiempo después, su ausencia cuando Constance Fenimore (pariente de Fenimore Cooper), mujer de finísimo espíritu, esperó su compañía en Venecia, sin decir lo que todos sabían: que necesitaba de él y de sus diálogos para no morirse. El suicidio de aquella fue un estigma que lo persiguió cuando ya no había remedio. Dicho sea al margen, conmueve la escena en que, acompañado de un criado, James arroja las ropas de Constance al canal; un acto tan teatral como inútil.
Los miembros de la familia James aparecen en distintos momentos: la vida familiar en USA, primero en Newport, luego en Boston, en compañía de sus padres y hermanos; entre estos el célebre William, psicólogo de nota y adicto como su mujer al espiritismo. La solicitud para con su hermana Alice, cuando esta se radicó en las cercanías de Londres con su amiga Katherine Loring, en busca de paz para sus trastornos psicopáticos. No disimula el autor ciertas tendencias homosexuales de Henry, de joven con su amigo Holmes, en la madurez con el escultor sueco Andersen, con quien trabó una ambigua relación en Roma.
La contratapa promete la crónica del proceso creativo del autor de Otra vuelta de tuerca. Ello no ocurre y sólo por momentos se alude a su fecunda tarea. Apenas con algún detalle se refiere al fracaso de su obra teatral Guy Donville, en el tiempo en que triunfaba Oscar Wilde (por quien parece no haber sentido la menor simpatía). En cambio está bien retratado el hombre Henry James, a través de sus vaivenes de viajero, su amor por el arte, la preservación casi inhumana de su intimidad. Sin que pueda comprobarse como cierto todo lo que Tóibín cuenta, la novela demuestra el contraste entre el escritor asombrosamente perspicaz para lo humano ajeno y el hombre que no pudo o no supo anudar profundos lazos afectivos sino hasta cierto punto, siempre que estos no amenazaran su reserva última. (c) LA GACETA







