Memoria e historia en las sociedades contemporáneas

Por María Sáenz Quesada para LA GACETA - Buenos Aires. La memoria es insuficiente cuando no trata asuntos amables o de fácil solución. El afán de recordar convive con un rasgo típico de nuestra época. La juventud crece en una suerte de presente permanente.

LA HISTORIA. Detalle del mural de Julio Vila y Prades, en la Casa de Gobierno de Tucumán. LA HISTORIA. Detalle del mural de Julio Vila y Prades, en la Casa de Gobierno de Tucumán.
17 Septiembre 2006
La memoria es insuficiente cuando no trata asuntos amables o de fácil solución; cuando está en juego no sólo la posibilidad de admitir el propio error, sino también el de los seres queridos, maestros o camaradas que murieron en la lucha. Se debe entonces recurrir a la historia, una disciplina intelectual que reconstruye el contexto y explica las razones del modo más fidedigno posible.

Como consecuencia de la globalización, la memoria y la historia han pasado a ocupar un lugar central en la cultura contemporánea, no tanto por la intención de los gobiernos, sino por el interés y la disposición a recordar y a ser recordados de importantes sectores de la población. Este renovado afán convive con otro rasgo característico de nuestro tiempo en que, como bien ha señalado Eric Hobsbawn, la juventud crece en una especie de presente permanente y se ha roto el hilo conductor entre las generaciones.
En estas circunstancias, la memoria procura abrirse paso entre la parte de la población sin duda mayoritaria que le vuelve la espalda a la experiencia vivida, y la parte en sustantivo crecimiento que busca hacerse escuchar. Entre tanto la historia, una disciplina cada vez más exigente en sus métodos de investigación, se ha deshumanizado, y en la medida en que su relato se ha vuelto árido, ha perdido espacio, sobre todo en los medios de comunicación que hoy constituyen la principal correa de transmisión de conocimientos.También la decadencia de los Estados nacionales incide en el campo de la historiografía. Las identidades locales recuperadas gracias al retroceso de dichos Estados, reclaman un relato histórico diferenciado del gran relato de la historia nacional. Aquellas admirables síntesis escritas en el siglo XIX con el objetivo de "hacer patriotas sinceros" eran inevitablemente centralistas.
En la crisis se mezclan las ideologías. La caída del Muro de Berlín generó en los países antes dominados de la Europa del Este un estudio de la memoria previa a la sovietización. En España, donde las comunidades autónomas reescriben su pasado en términos muy críticos a la centralización castellana, últimamente se discute el olvido deliberado de los crímenes de la guerra civil. Dicho olvido, pensado para evitar que se repitiera la polarización de aquellos años, constituyó una de las claves de la transición a la democracia en los setenta. Y la polarización se ha vuelto a instalar.
En sociedades que suponíamos inconmovibles e inmodificables, nuevos actores, por lo general las minorías étnicas, religiosas y sexuales, pugnan por ser escuchados, reconocidos e incorporados al gran libro de la historia.
Francia, cuya historia nacional ha sido modelo para nuestros países, es hoy el escenario de combates por la memoria que no tienen un ropaje académico. Enseñarla se volvió más difícil en la medida en que el país había salido dividido de la Segunda Guerra Mundial y del doloroso proceso de descolonización. Una prueba de la profundidad de estos conflictos se tuvo en 2005, cuando se votó una ley en el Parlamento a fin de que se enseñara en la escuela el papel positivo de la colonización y que fue finalmente anulada por el Consejo Constitucional. A ella se opusieron, entre otros, varios destacados historiadores.
Pierre Nora ha explicado que fueron las tragedias del siglo XX las que contribuyeron en gran medida a democratizar la historia. Entonces el hombre comenzó a sentir que lo que vivía era la historia, al contrario de lo que sucedía en las sociedades campesinas tradicionales, inmersas en lo cotidiano. Pero esta memoria portada por grupos de seres vivos funciona en un registro diferente de la historia: esta es una operación laica e intelectual que pertenece a todos y a nadie, mientras que la memoria es imaginativa, emotiva, vulnerable y sólo acepta las informaciones que le convienen. Observa asimismo Nora que en pocos años los portadores de memoria ganaron considerable espacio, y con el auxilio de una cultura mediática, se pasó de una historia modesta, la de las víctimas que querían que sus sufrimientos fueran tenidos en cuenta, a una memoria colectiva, independiente de la historia científica, que pretende ser dueña de la verdad histórica y cerrarles la boca a los historiadores profesionales.
En los países sudamericanos la memoria de las víctimas de masacres remotas y recientes ofrece un campo fértil para construir nuevos relatos que incluyan a actores que antes habían quedado fuera. Con respecto al México antiguo la tarea lleva décadas de investigaciones. En ese sentido, es ejemplar el trabajo de Miguel León Portilla y Angel María Garibay que permitió elaborar, mediante textos traducidos de lenguas indígenas, un relato diferente de la conquista española. Esta "visión de los vencidos" ayudó a avanzar en la comprensión del otro, una de las preocupaciones centrales de la cultura contemporánea.
Las síntesis que se hicieron en la Argentina a fines del siglo XIX tuvieron en cuenta una sola memoria, la de la clase patricia que había fundado la República. La obra de Vicente Fidel López, inspirada en la memoria familiar antes que en los documentos, resulta el mejor ejemplo de las posibilidades que ofrecen estas fuentes: los López constituyeron una dinastía intelectual, de intensa participación en la política a lo largo del siglo antepasado.
A mediados del XX, esa memoria de la Argentina criolla dio un espléndido fruto tardío en la voz de Jorge Luis Borges. El autor del "Poema conjetural" se internaba en la historia del país en los relatos de su madre, Leonor Acevedo.
Recibía esa memoria francamente parcial sin beneficio de inventario, porque le resultaba creíble y suficiente para el sentido de identidad que él necesitaba.
"Me has dado tantas cosas (...) tu memoria y en ella la memoria de los mayores, los patios, los esclavos, el aguatero, la carga de los húsares del Perú, y el oprobio de Rosas, tu prisión valerosa cuando tantos hombres callábamos", escribió Borges en el primer volumen de sus Obras Completas dedicado a su madre.
Mientras la memoria de las familias patricias se desvanece en el ajetreo contemporáneo, la memoria de la inmigración ha logrado insertarse en el gran relato de la historia nacional. En obras de carácter científico y en otras con títulos tales como "Nunca regresarás" o "No me olvides", se escuchan las voces de los propios inmigrantes o de sus padres y abuelos que en un tono intimista que incluye necesariamente lo cotidiano y hasta lo cómico, se ocupan de un pasado relativamente próximo. Hay aspectos dolorosos, la ruptura con la tierra de origen, y otros positivos, la reinserción en una tierra nueva que en muchos casos les permitió una sensible mejora de su condición social.
Sobre los pasos de una visión más completa del pasado que incluya las raíces indígena y africana, negadas por la historia oficial, trabajan numerosos investigadores. Como la memoria directa de la conquista y de la colonización se ha extinguido, la tarea apunta a descifrar, sobre la base de antiguos documentos, cuál fue el verdadero papel de las poblaciones autóctonas en la formación de la sociedad colonial. Dicho trabajo permite profundizar en las rupturas y en las continuidades entre la organización indígena y el modo de vida instalado por los españoles (Josefina Piana en Los indígenas de Córdoba bajo el régimen colonial). Esta ampliación del conocimiento sirve para mejor comprender el fenómeno del mestizaje que está en el origen de la sociedad argentina.También los afroargentinos buscan sus raíces. Si bien muy pocas familias tienen alguna memoria de la esclavitud -una excepción son los Platero en la ciudad de La Plata-, hay una nueva conciencia que tiene en cuenta el papel de aquellos inmigrantes forzosos en la construcción del país. En los últimos años los centros universitarios están cada vez más interesados en estudiarlos para volver a narrar esa historia.
La nueva historiografía sobre la mujer, a menudo sobre la base de la historia oral, ha contribuido a dibujar un perfil de la parte femenina de la población más ajustado a la realidad que el estereotipo aceptado en el pasado. Es un amplio abanico de posibilidades el que surge de las investigaciones: mujeres gauchas, chinas de la toldería y hechiceras de la tribu; mujeres que fueron firmes defensoras del orden establecido o transgresoras empedernidas; damas ilustradas dueñas de salones literarios o trabajadoras analfabetas que encabezaron movimientos de protesta.
Y finalmente llegamos a los grandes debates políticos de la historia contemporánea, la de los últimos treinta años, o la que se remonta más atrás, y revive el conflicto entre peronismo y antiperonismo. En el primer caso abundan los libros de memorias de quienes participaron en la militancia revolucionaria de aquellos años. En el segundo, todavía está vivo el recuerdo de algunos actores, por lo general de segunda fila, de los gobiernos de facto. Tales memorias ofrecen visiones muy parcializadas del pasado porque llevan la carga de las divisiones inconciliables de los últimos 60 años.
La memoria resulta francamente insuficiente cuando no trata asuntos amables o de fácil solución, cuando está en juego no sólo la posibilidad de admitir el propio error, sino también el de los seres queridos, maestros o camaradas que murieron en la lucha. Es necesario entonces recurrir a la historia, una disciplina intelectual que reconstruye en la forma más fidedigna posible el contexto en que ocurrieron los hechos y explica las razones de unos y de otros. Reencontrarse con la historia, para que la necesidad de ser recordado e incluso resulte finalmente en una acción reparadora y superadora que permita mirar de frente al futuro. (c) LA GACETA

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