Una vibración intensa, pero todavía despareja

Por Fernando Sánchez Sorondo. POESIA.

10 Septiembre 2006
En una primera lectura, los poemas de este libro remiten más a la sonoridad de un borrador, de una vibración interesante, intensa, por momentos seductora, pero todavía informe, desgarbada, despareja.
Pero cuando el lector vuelve sobre el libro y se detiene en la solapa, es ahí, y no en los versos mismos, donde encuentra la clave para interpretar este primer poemario de Manuel Martínez Novillo (hijo): en los apenas 18 años del autor.Y por mucho que algunos de sus sentidos poemas nos hablen de la presencia de algo ontológicamente más importante que la de un buen o mal poeta, maduro o inmaduro -y que es, ante todo, la de un poeta, de un verdadero poeta- casi fatalmente nos remontan a esa suerte de evangelio poético ya escrito por Rainer María Rilke. Y destinado precisamente a jóvenes talentos como el autor de este libro, dignos interlocutores del autor de las "Cartas a un Joven poeta":"...¡Los versos significan tan poco cuando se han escrito de joven!... Se debería esperar toda una vida... Pues los versos no son (como creen algunos) sentimientos (se tienen siempre demasiado pronto), son experiencias. Para escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres y cosas... (...) Y tampoco basta tener recuerdos. Es necesario saber olvidarlos... Y tampoco basta tener recuerdos. Pues los recuerdos mismos no son aún esto. Hasta que no se convierten en nosotros, sangre, mirada, gesto, cuando ya no tienen nombre y no se los distingue de nosotros mismos, hasta entonces no puede suceder que en una hora muy rara, del centro de ellos se eleve la primera palabra de un poema...". (c) LA GACETA

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