Como leer varios libros en uno solo

Por Gustavo Martinelli. VIAJE.

10 Septiembre 2006
Ralf Waldo Emerson (1803-1882) escribió que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Estos espíritus despiertan cuando el lector los llama, es decir, cuando se abre un libro. Jorge Luis Borges, en cambio, asegura que el libro es más que una cosa en el espacio: es un acto en el tiempo. Por esa razón cada lectura difiere de las anteriores. Así, Dante Alighieri habló del cuádruple sentido de "La divina comedia"; y Escoto Erígena entendía que cada versículo de la Biblia es capaz de generar interpretaciones tan variadas "como el tornasolado plumaje del pavo real". Todo libro es, entonces, muchos libros.
En "El interior", de Martín Caparrós, sucede esta maravillosa multiplicación literaria. Desde la primera de sus 630 páginas, hay por lo menos dos textos muy distintos, que se superponen como las escrituras de un palimpsesto. El primero, el más evidente, es una aguda serie de noticias viajeras de carácter histórico, geográfico y también anecdótico. El otro, el íntimo, va gradualmente revelando -de un modo involuntario- la secreta forma de las almas.
A bordo de un Renault blanco que se compró sin saber que había pertenecido a Osvaldo Soriano, Caparrós recorrió en 2005 catorce provincias de la Argentina. El objetivo era muy sencillo y, al mismo tiempo, abrumador: pintar un fresco de la Argentina real. Una especie de mapa secreto que revelara aquellos tesoros escondidos en esa vasta región llamada "el interior" argentino. Esa travesía, de casi 30.000 kilómetros, quedó plasmada en un primer volumen dedicado al norte argentino. "Este país se ha especializado en dividirse. Pero he dado con una división que me interesa: están por un lado, al norte de Buenos Aires, las regiones que crearon la Argentina; y, por el otro, al sur, las regiones que la Argentina creó", escribe Caparrós al comienzo del libro.
Acostumbrado a las tareas ciclópeas, el autor de voluminosos libros como "La voluntad" y "La historia" visitó pueblitos olvidados y grandes ciudades, estancias de antología e iglesias de postales, hospitales, burdeles y hasta villas quebradas. "Yo no pienso en buscar lo auténtico. No creo que lo puro sea más autentico que la mezcla", sentencia en el prólogo. El derrotero comienza en Buenos Aires y, para ubicar al lector en el contexto de la travesía, la ruta es marcada en un mapa que se publica al inicio del libro.A lo largo de las páginas, se van sucediendo las fortalezas y miserias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones, Chaco, Catamarca, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja, San Juan, Mendoza y Córdoba. Pero lo más atractivo del libro no es tanto el reflejo de los paisajes y de las bellezas de cada una de estas provincias, sino las historias de vida que Caparrós decide contar casi como si estuviera hablando en una rueda de amigos. De Tucumán, por ejemplo, relata la preocupación de la gente ante el avance imparable de Salta, el orgullo de sentirse aún el centro cultural del NOA y la eterna satisfacción de ser la ciudad que albergó el primer grito independentista. Pero también desgrana las tribulaciones de los desocupados, el bullicioso desorden de la ciudad y la atroz resignación de la gente normal. Aparecen las voces de distintos personajes de la política y de la sociedad tucumana y hace un comentario especial sobre el rol de LA GACETA en la vida comarcana. "Los diarios no siempre son empresas que se justifiquen con la venta", escribe. Aguilares, Chicligasta, Bella Vista, Tafí del Valle y Famaillá también aparecen retratados con el particular pincel verbal de Caparrós. Hay historias sorprendentes como las del dique Escaba o la del ingenio Santa Ana y otras más conocidas, como la leyenda del Perro Familiar.
En el capítulo dedicado a Salta, aparecen santeros, funcionarios, fervientes cultores de las riñas de gallos y creyentes fervorosos que peregrinan para lograr la cura de un ser querido. Y, además, dedica varias páginas al fenómeno conocido como la Virgen del Cerro.
En La Rioja, el autor habla del Anillaco de Carlos Menem ("convertido en un pueblo polvoriento sin tierra" porque todo está asfaltado) y de Chilecito, que ahora es una zona de vinos pobres, sin cartel.
De esta forma, en cada capítulo de "El interior", Caparrós ejerce el virtuosismo de la palabra. Y, aunque su estilo narrativo pueda parecer muy visual y enredado (él mismo reconoce que comenzó su carrera periodística ejerciendo la fotografía), consigue finalmente separarse del riesgo verbalista. Utiliza la palabra para crear imágenes, rostros, perfiles, comarcas y pequeños universos que de tan cotidianos pueden parecer a veces invisibles. Al final, al lector le queda la sensación de que no leyó un solo libro, sino varios. Que no hay una sino múltiples historias de vida y que, como regalo, recibió la gracia de recorrer todo el Norte Argentino como copiloto de Caparrós. (c) LAGACETA

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