10 Septiembre 2006 Seguir en 

Padecemos de incomunicación interprovincial endémica. Conocemos a los escritores de otras provincias sólo cuando Buenos Aires se interesa por ellos, no antes. Buena ocasión esta, entonces, en que nos haya llegado una obra del cordobés Julio Torres y podamos saborear la prosa viva y desenfadada de esta novela que tiene toda la traza de partir de una experiencia real. Sus doscientas noventa páginas nos hacen seguir, como en el mejor thriller de otras latitudes, las peripecias de una búsqueda posible pero llena de escollos, con su sustento lógico de viabilidad pero plagada de imponderables, en el marco de un periplo a través de Argentina, Bolivia, Perú y Estados Unidos, caleidoscopio étnico al que se suma la presencia de personajes de al menos otra decena de países. La aldea global, digamos.
Solano Cabrera, cordobés y agricultor, protagonista y narrador de la aventura, se entusiasma ante la posibilidad de hacer de la quínoa, el antiguo cultivo del incario, un boom alimenticio. La organización del emprendimiento, los contactos resultantes de las diversas etapas que el proyecto atraviesa, desde la obtención de la semilla hasta la comercialización del producto, constituyen la columna vertebral de un relato caracterizado por un ritmo tan ágil -por momentos febril- que la aventura del texto se convierte en una aventura para el lector mismo.
Prosa de períodos breves. Mucho punto aparte que simplifica la lectura. Diálogo mediado por un oído sensible a los ritmos y al vocabulario del habla coloquial, habilidad explotada al máximo con una confianza que le permite incluir lo que solemos llamar "malas palabras", pero con una dosificación cuya prudencia las hace imprescindibles, no simples concesiones a lo popular por vía de la grosería. El "argentino básico" en el que se expresan los personajes argentinos juega con las variantes del español en otros personajes: chilenos, bolivianos, italianos, peruanos, mientras el inescapable inglés se cuela por todas partes: "onda health", "las limeñas top". Símbolo de la omnipresencia del imperio que supimos conseguir.
Ojo, aquí no hay discurso anti, ni pro. Hechos, y un silencioso dedo acusador a la ineficiencia, la ignorancia, la codicia paralizante y la burocracia destructiva (se pueden intercambiar los adjetivos de las dos últimas). Sin sermones, sin teoría, sólo hechos. Lo reciente del tiempo narrado -década del 80-, además del detalle de que la anécdota central no trasciende a una comunidad, vela un tanto el fresco histórico que enmarca la novela: la democracia ha vuelto a la Argentina; las llagas del pasado, de la guerrilla en adelante, tardan en cicatrizar, el austral, la hiperinflación, Perú que vive el terror de Sendero Luminoso, Wall Street que tiene su lunes negro, en fin, están ahí los acontecimientos que muestran que la utopía más loca de todas es la del fin de la historia. Torres viene de la novela histórica (El oro de los Césares, 1996) y su mirada entrenada no descuida la conexión entre el individuo y el cosmos que lo determina.
La caracterización confía bastante en la enciclopedia cinematográfica del lector. La fuerza icónica del cine funciona, simplificando la presentación de los personajes: la imagen de Chuck Norris, por ejemplo, ahorra la descripción de Eduardo, el artífice de la obtención de la semilla en Bolivia. Otras veces el personaje se arma con dos o tres sabias pinceladas, como estas: "En la cueva de la recepción anidaba, huraño, un batracio verdoso, el conserje bengalí". La mayoría de estos retratos son excelentes.
No olvidemos el condimento que Torres, canchero, tampoco olvida: el humor. Acido, irónico, efectivo. Nada desopilante, en general urdido con palabras más que con situaciones, pero presente, con esa solidez de quien sabe que casi toda tragedia tiene un costado ridículo desde donde puede brotar el humor.
Es de destacar la calidad de la edición de Emporio Libros S.A., editorial cordobesa: tipografía clara, excelente encuadernación. Sin embargo, y a riesgo de sonar un tanto profesoril, diré que es de desear que algunas minucias ortográficas sean corregidas en futuras ediciones. QuinoaCorp las merece, tanto a las correcciones como a las reediciones. (c) LA GACETA
Solano Cabrera, cordobés y agricultor, protagonista y narrador de la aventura, se entusiasma ante la posibilidad de hacer de la quínoa, el antiguo cultivo del incario, un boom alimenticio. La organización del emprendimiento, los contactos resultantes de las diversas etapas que el proyecto atraviesa, desde la obtención de la semilla hasta la comercialización del producto, constituyen la columna vertebral de un relato caracterizado por un ritmo tan ágil -por momentos febril- que la aventura del texto se convierte en una aventura para el lector mismo.
Prosa de períodos breves. Mucho punto aparte que simplifica la lectura. Diálogo mediado por un oído sensible a los ritmos y al vocabulario del habla coloquial, habilidad explotada al máximo con una confianza que le permite incluir lo que solemos llamar "malas palabras", pero con una dosificación cuya prudencia las hace imprescindibles, no simples concesiones a lo popular por vía de la grosería. El "argentino básico" en el que se expresan los personajes argentinos juega con las variantes del español en otros personajes: chilenos, bolivianos, italianos, peruanos, mientras el inescapable inglés se cuela por todas partes: "onda health", "las limeñas top". Símbolo de la omnipresencia del imperio que supimos conseguir.
Ojo, aquí no hay discurso anti, ni pro. Hechos, y un silencioso dedo acusador a la ineficiencia, la ignorancia, la codicia paralizante y la burocracia destructiva (se pueden intercambiar los adjetivos de las dos últimas). Sin sermones, sin teoría, sólo hechos. Lo reciente del tiempo narrado -década del 80-, además del detalle de que la anécdota central no trasciende a una comunidad, vela un tanto el fresco histórico que enmarca la novela: la democracia ha vuelto a la Argentina; las llagas del pasado, de la guerrilla en adelante, tardan en cicatrizar, el austral, la hiperinflación, Perú que vive el terror de Sendero Luminoso, Wall Street que tiene su lunes negro, en fin, están ahí los acontecimientos que muestran que la utopía más loca de todas es la del fin de la historia. Torres viene de la novela histórica (El oro de los Césares, 1996) y su mirada entrenada no descuida la conexión entre el individuo y el cosmos que lo determina.
La caracterización confía bastante en la enciclopedia cinematográfica del lector. La fuerza icónica del cine funciona, simplificando la presentación de los personajes: la imagen de Chuck Norris, por ejemplo, ahorra la descripción de Eduardo, el artífice de la obtención de la semilla en Bolivia. Otras veces el personaje se arma con dos o tres sabias pinceladas, como estas: "En la cueva de la recepción anidaba, huraño, un batracio verdoso, el conserje bengalí". La mayoría de estos retratos son excelentes.
No olvidemos el condimento que Torres, canchero, tampoco olvida: el humor. Acido, irónico, efectivo. Nada desopilante, en general urdido con palabras más que con situaciones, pero presente, con esa solidez de quien sabe que casi toda tragedia tiene un costado ridículo desde donde puede brotar el humor.
Es de destacar la calidad de la edición de Emporio Libros S.A., editorial cordobesa: tipografía clara, excelente encuadernación. Sin embargo, y a riesgo de sonar un tanto profesoril, diré que es de desear que algunas minucias ortográficas sean corregidas en futuras ediciones. QuinoaCorp las merece, tanto a las correcciones como a las reediciones. (c) LA GACETA







