10 Septiembre 2006 Seguir en 

Subtitulado "hablan los niños del holocausto", el libro da cuenta de más de cuarenta testimonios de los entonces niños, sobrevivientes de la ocupación nazi en Polonia durante la Segunda Guerra, quienes habían sido condenados al exterminio por su origen judío.
Actualmente viven en Polonia más de doscientas personas cuyas edades oscilan entre los sesenta y setenta años, que fueron víctimas de la pesadilla. Desde 1991 funciona en Varsovia la Asociación de Niños del Holocausto, cuyos miembros, al ingresar en la institución, presentan sus historias de vida. Aunque no había sido escrito con el propósito de ser publicado, parte del material recogido conforma esta obra. Su intención rotunda es hablar "para la memoria y para la advertencia". Es así como, en estas páginas se desgranan recuerdos que resultan conmovedores, sobre todo porque, contrariamente a lo esperado, están escritos con matices neutros, sin estridencias, a la manera de filmes documentales que sólo intentan mostrar. Los autores evitan obvias adjetivaciones. Miden, sí, el grado de horror que padecieron, pero permiten al lector construir su propio juicio de valor.
Se trata de una obra polifónica cuyas líneas melódicas, emitidas con "sordina", difieren tanto en forma como en extensión. Se respeta la autenticidad inicial de los testimonios al punto de advertirse inmediatamente que algunos de los autores manejan el discurso con fluidez y estilo, mientras que otros lo hacen de manera áspera y poco elaborada. Sólo a manera de ejemplo, destacamos el trabajo de Swen Sonnenberg, nacido en 1931, quien escribe uno de los relatos más emblemáticos a la vez que literariamente rico. Su texto devela la evolución del proceso de extermino, la complejidad del drama y del desenlace devastador, de tal modo que el autor conforma una microhistoria que por sí misma condensa toda la fuerza de un alegato pacifista.Para clausurar esta reseña seleccionamos un párrafo de Ludwik Oppenheim (nacido en 1936) que parece haber capturado con precisión el espíritu que impregna el libro: "con el paso del tiempo, nuestras experiencias se han vuelto cada vez más remotas. Incluso para mi hija, ya es historia. Y quizás lo único que podemos hacer es evitar que esa completa hecatombe de sangre del Holocausto sea olvidada. Es posible y tal vez, después de tantos años, debería haber perdón y reconciliación, pero no puede haber olvido".
La traducción del polaco de Enrique Mittelstadt, revisada y corregida por Graciela Schvartz muestra algunas interferencias. (c) LA GACETA
Actualmente viven en Polonia más de doscientas personas cuyas edades oscilan entre los sesenta y setenta años, que fueron víctimas de la pesadilla. Desde 1991 funciona en Varsovia la Asociación de Niños del Holocausto, cuyos miembros, al ingresar en la institución, presentan sus historias de vida. Aunque no había sido escrito con el propósito de ser publicado, parte del material recogido conforma esta obra. Su intención rotunda es hablar "para la memoria y para la advertencia". Es así como, en estas páginas se desgranan recuerdos que resultan conmovedores, sobre todo porque, contrariamente a lo esperado, están escritos con matices neutros, sin estridencias, a la manera de filmes documentales que sólo intentan mostrar. Los autores evitan obvias adjetivaciones. Miden, sí, el grado de horror que padecieron, pero permiten al lector construir su propio juicio de valor.
Se trata de una obra polifónica cuyas líneas melódicas, emitidas con "sordina", difieren tanto en forma como en extensión. Se respeta la autenticidad inicial de los testimonios al punto de advertirse inmediatamente que algunos de los autores manejan el discurso con fluidez y estilo, mientras que otros lo hacen de manera áspera y poco elaborada. Sólo a manera de ejemplo, destacamos el trabajo de Swen Sonnenberg, nacido en 1931, quien escribe uno de los relatos más emblemáticos a la vez que literariamente rico. Su texto devela la evolución del proceso de extermino, la complejidad del drama y del desenlace devastador, de tal modo que el autor conforma una microhistoria que por sí misma condensa toda la fuerza de un alegato pacifista.Para clausurar esta reseña seleccionamos un párrafo de Ludwik Oppenheim (nacido en 1936) que parece haber capturado con precisión el espíritu que impregna el libro: "con el paso del tiempo, nuestras experiencias se han vuelto cada vez más remotas. Incluso para mi hija, ya es historia. Y quizás lo único que podemos hacer es evitar que esa completa hecatombe de sangre del Holocausto sea olvidada. Es posible y tal vez, después de tantos años, debería haber perdón y reconciliación, pero no puede haber olvido".
La traducción del polaco de Enrique Mittelstadt, revisada y corregida por Graciela Schvartz muestra algunas interferencias. (c) LA GACETA







