10 Septiembre 2006 Seguir en 

Este libro, que incluye ocho páginas con ilustraciones, tiene la doble virtud de enfocar a Pellegrini desde distintas perspectivas y hacerlo por medio de los historiadores más calificados de cada rubro, de manera tal que se logra un ensamble de relojería que, en algún caso, llega a ser sinfónico. Tal es por ejemplo la situación que vivió El Gringo cuando en 1901 su domicilio fue atacado a raíz del proyecto de ley de unificación de la deuda externa. Sáenz Quesada rescata el aspecto humano, al relatar que esa tarde se encontraba en el Jockey Club y se hizo presente, corajudo y peleador como siempre, para desafiar a los agresores. Cortés Conde aborda el episodio desde la órbita económica, analizando los antecedentes de la deuda y la objetada garantía sobre los derechos aduaneros que contenía el acuerdo. Y Mayochi lo toma desde el punto de vista del impacto que causó sobre el órgano periodístico que defendía a Pellegrini en aquellos días, el diario El País.
Las páginas escritas por María Sáenz Quesada son las más amenas y brindan una idea de quién fue Pellegrini. Hombre que cultivaba la amistad, escéptico, afecto a las grescas callejeras, propenso a las relaciones femeninas con cantantes de ópera o actrices (como fue el caso de Sarah Bernhardt), viajero infatigable, amante del arte, apasionado por las carreras de caballos, veraneante en Mar del Plata, atlético y un poco esnob. También deja en claro su espíritu liberal, progresista y multiculturalista. Y finaliza con una observación memorable a raíz de que, al morir, su mujer le hizo administrar los santos sacramentos por un párroco, ante el enojo de los amigos: "Los hombres podían y casi tenían el deber de ser escépticos en materia religiosa, las mujeres no" (pág. 59).
Ezequiel Gallo, cuyo ensayo es el más breve, aborda el aspecto político. Un episodio emblemático sobre el carácter liberal de Pellegrini se manifiesta cuando el gobierno que apoyaba prohíbe una misa por los caídos en los sucesos de 1880, ante lo cual él se opone diciendo que la libertad debe defenderse, principalmente cuando se trata de los adversarios. Asimismo, Gallo aclara la aparente paradoja de Pellegrini: un conservador que había entendido que la reforma era el único camino para la estabilidad institucional.
Roberto Cortés Conde enfoca las ideas de proteccionismo moderado y, en especial, la actuación relevante en relación con la deuda externa, cuyo default evitó con tenacidad excepcional. Examina a Pellegrini a la luz de lo que da en llamar el dilema intertemporal: asumir dificultades presentes para ahorrar males futuros.En el caso de Rosendo Fraga, el tema es la acción militar de Pellegrini, desde la juvenil actuación en la Guerra de la Triple Alianza (afirma que entró en batalla en Tuyutí) hasta su participación en la Revolución de 1880 de Tejedor, en la del Parque de 1990 -siendo vicepresidente- y en la de Alem de 1893, siempre en defensa de la institucionalidad. Y muestra dos rasgos combinados: disciplina interna y respeto hacia el derrotado.
El capítulo de Enrique Mayochi se centra en la labor periodística de Pellegrini, originariamente en La Prensa, pasando luego por varios diarios, hasta llegar a El País, en el que tuvo una destacada actividad. Es quizás la parte menos contundente del libro, pero no deja de tener interés por ser una cuestión específica y menos conocida.
Se trata de un libro que invita a meditar sobre ese punto nodal en que un país pujante comienza a insinuar los primeros síntomas de descomposición. Los cuatro aspectos centrales que conspirarían contra el proyecto de país en el siglo XX fueron, de un modo u otro, indicados premonitoriamente por Pellegrini: el fraude electoral, la desatención de las demandas sociales, la politización de los militares y el atraso de la industria por ausencia de cierta protección inicial. Desoír esas alarmas, o bien dejar esas banderas en manos de los demagogos, fue el error crucial de la generación de 1880. (c) LA GACETA
Las páginas escritas por María Sáenz Quesada son las más amenas y brindan una idea de quién fue Pellegrini. Hombre que cultivaba la amistad, escéptico, afecto a las grescas callejeras, propenso a las relaciones femeninas con cantantes de ópera o actrices (como fue el caso de Sarah Bernhardt), viajero infatigable, amante del arte, apasionado por las carreras de caballos, veraneante en Mar del Plata, atlético y un poco esnob. También deja en claro su espíritu liberal, progresista y multiculturalista. Y finaliza con una observación memorable a raíz de que, al morir, su mujer le hizo administrar los santos sacramentos por un párroco, ante el enojo de los amigos: "Los hombres podían y casi tenían el deber de ser escépticos en materia religiosa, las mujeres no" (pág. 59).
Ezequiel Gallo, cuyo ensayo es el más breve, aborda el aspecto político. Un episodio emblemático sobre el carácter liberal de Pellegrini se manifiesta cuando el gobierno que apoyaba prohíbe una misa por los caídos en los sucesos de 1880, ante lo cual él se opone diciendo que la libertad debe defenderse, principalmente cuando se trata de los adversarios. Asimismo, Gallo aclara la aparente paradoja de Pellegrini: un conservador que había entendido que la reforma era el único camino para la estabilidad institucional.
Roberto Cortés Conde enfoca las ideas de proteccionismo moderado y, en especial, la actuación relevante en relación con la deuda externa, cuyo default evitó con tenacidad excepcional. Examina a Pellegrini a la luz de lo que da en llamar el dilema intertemporal: asumir dificultades presentes para ahorrar males futuros.En el caso de Rosendo Fraga, el tema es la acción militar de Pellegrini, desde la juvenil actuación en la Guerra de la Triple Alianza (afirma que entró en batalla en Tuyutí) hasta su participación en la Revolución de 1880 de Tejedor, en la del Parque de 1990 -siendo vicepresidente- y en la de Alem de 1893, siempre en defensa de la institucionalidad. Y muestra dos rasgos combinados: disciplina interna y respeto hacia el derrotado.
El capítulo de Enrique Mayochi se centra en la labor periodística de Pellegrini, originariamente en La Prensa, pasando luego por varios diarios, hasta llegar a El País, en el que tuvo una destacada actividad. Es quizás la parte menos contundente del libro, pero no deja de tener interés por ser una cuestión específica y menos conocida.
Se trata de un libro que invita a meditar sobre ese punto nodal en que un país pujante comienza a insinuar los primeros síntomas de descomposición. Los cuatro aspectos centrales que conspirarían contra el proyecto de país en el siglo XX fueron, de un modo u otro, indicados premonitoriamente por Pellegrini: el fraude electoral, la desatención de las demandas sociales, la politización de los militares y el atraso de la industria por ausencia de cierta protección inicial. Desoír esas alarmas, o bien dejar esas banderas en manos de los demagogos, fue el error crucial de la generación de 1880. (c) LA GACETA







