La previsibilidad argentina

Por Fernando Laborda, para LA GACETA - Buenos Aires. La manía de manipular el Congreso, como si fuese un derecho adquirido del Poder Ejecutivo, y la de poner y sacar jueces de acuerdo con las conveniencias políticas coyunturales, sólo dejarán de avanzar cuando incorporemos a nuestra cultura política el criterio de que las instituciones son más importantes que los hombres.

10 Septiembre 2006
La Argentina da para todo. Podríamos hablar de un país que desde hace más de tres años crece casi al ritmo de China o bien de un funcionario del Gobierno nacional -nada menos que el jefe de Gabinete de Ministros- que se ha jactado públicamente de que pronto los chinos dirán que crecen al ritmo de la Argentina. Un hecho si se quiere menor que explica por qué los argentinos nos hemos ganado tan mala fama a nivel mundial.
Podríamos hablar de un país que, lentamente y con mucho esfuerzo, mejora sus indicadores económicos, pero que al mismo tiempo sigue dando la impresión de darle la espalda al mundo.
El mismo país de cuyos habitantes se dice en otros lugares del planeta que nunca van a sufrir con los terremotos, porque ni la Tierra los traga.
Es esa la Argentina que ha hecho de su soberbia y de su exitismo valores que nos dado triste fama en el mundo. A tal punto que no es casual que en países como España y como otros de América Latina se cuenten chistes sobre argentinos que remarcan aquellas características tan propias de nosotros.Como aquel que dice que la infidelidad para un argentino es dejar de mirarse en el espejo.
O el de un psicólogo español que, a las 2 de la mañana, llama a un colega y le dice:
- Tienes que venirte para mi consultorio ya.
- ¿A las 2 de la mañana?
- Es que tengo un caso único. ¡Un caso de complejo de inferioridad!
- ¡Estás loco! ...Atiendo a cientos de personas así, todos los días.
- Sí, ya lo sé. Pero este... es argentino.
O aquel que describe el caso de un congoleño, un sueco y un argentino que se encuentran en una maternidad en España. Sale la enfermera y les dice: "Tenemos un problema. Se nos confundieron los bebés y ahora no sabemos cuál bebé es el de cada uno de ustedes. Tenemos dos blancos y uno negro".
El congoleño, el sueco y el argentino deciden tirar la moneda para ver quién entra primero a la sala de maternidad. Gana el sueco, entra a la sala y sale con el bebé negro.
Obviamente, el congoleño, sorprendido, se dirige al sueco y le dice: "Mire, bwana, el bebé es negro, yo soy negro, mi esposa es negra y usted es blanco. Agarre uno de los dos bebés blancos".Y el sueco le responde: "Ah ¿sí? ¿Y si me toca el argentino?".

¿Qué es la previsibilidad?
Detrás del exitismo del que hacen gala algunos funcionarios del Gobierno nacional, subyace el viejo pensamiento mágico que en otros tiempos, e incluso ahora, nos llevaba a imaginar que la Argentina podía dejar atrás todos sus problemas con una buena cosecha de granos. O el que hasta no hace mucho nos pretendía hacer creer en el ya célebre cuento chino y los ya olvidados 20.000 millones de dólares de inversiones. Pensamiento que se asocia con esa vieja cultura nacional consistente en atribuir los motivos de nuestras penurias a agentes externos empeñados en desviar nuestro destino natural de país condenado al éxito.
Para superar nuestro aislamiento internacional es menester dejar de alentar la existencia de fantasmas, como cuando el funcionario piquetero Luis D? Elía denuncia que inversores extranjeros quieren despojarnos de nuestros recursos naturales; dejar de emitir señales confusas, tales como prohibir exportaciones con la excusa de incentivar al mercado interno, al precio de incumplimiento de compromisos internacionales, y por sobre todas las cosas comenzar a trabajar por una Argentina previsible.
Desde el oficialismo podrá esgrimirse que quienes reclamamos previsibilidad sólo estamos avalando la idea de que debemos comportarnos como los países más desarrollados esperan que nos comportemos, sin tomar en cuenta los intereses genuinos de la mayoría de los argentinos. Por cierto, la previsibilidad no es hacer cosas que agraden a quien pretendemos seducir sin importar si nos agradan a nosotros mismos ni sus consecuencias. Pero esta discusión no hace más que esconder el fondo de la cuestión: un país es previsible cuando sus autoridades velan por el cumplimiento de las reglas y normas que lo rigen y cuando todos sus habitantes -y sus inversores- son iguales ante la ley; en otras palabras, cuando sus instituciones funcionan.

Nuestra degradación institucional
Lamentablemente, el debate sobre la calidad institucional -variable clave que mide cualquier potencial inversor antes de apostar por un país- se ha instalado en no pocos círculos intelectuales, pero no en el conjunto de la sociedad.
Llama la atención la indiferencia que los sondeos de opinión pública exhiben en la mayoría de la población ante el tema de los superpoderes que el Congreso le confirió al Poder Ejecutivo, por ejemplo. En síntesis, podría decirse que las conclusiones de esas encuestas son un calco del pensamiento mayoritario en los años del apogeo menemista (1993-95): no hay que ponerle piedras en el camino al Presidente, hay que dejarlo trabajar; después de todo, la economía viene mejorando.Ese estado de ánimo del país le ha permitido al actual titular del Ejecutivo avanzar sobre el poder parlamentario con la sensación de que los procedimientos republicanos son simples mecanismos burocráticos molestos que impiden gobernar.
En la justificación de los superpoderes al jefe de Gabinete, el propio primer mandatario ha dicho que mientras otros gobernantes usaron las facultades delegadas y los decretos de necesidad y urgencia "para meterle las manos en el bolsillo a la gente", él los utilizó "para aumentarles a los jubilados y para proteger a la gente". Ante un argumento semejante, alguien hasta podría pensar en otorgarle la suma del poder público, ya que no habría legislador o juez que se le comparara en bondad y en ecuanimidad.
Sin embargo, los controles y la división de poderes parten, entre varios supuestos, del que señala que el pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien, sino que debe aspirar a que nunca puedan obrar mal.
Cabe preguntarse por qué las cuestiones vinculadas a la calidad institucional importan tan poco en la sociedad. ¿Por qué se premia a un partido oficialista que ha hecho del clientelismo, de la falta de transparencia y del imperio del silencio prácticas frecuentes? Una primera respuesta es que, al menos hasta ahora, buena parte de la sociedad no percibe que la mayoría de los dirigentes que hoy aspiran a conducir la oposición vayan a actuar de manera diferente de quienes hoy nos gobiernan.
Una segunda hipótesis se relaciona con nuestra particular cultura política, basada en una vieja tendencia a preferir liderazgos fuertes, aun con reminiscencias caudillistas e incluso cuando sus tentaciones hegemónicas a veces socaven a las propias instituciones. En otras palabras, los argentinos todavía preferimos tener gobernantes fuertes, antes que instituciones sólidas.
La manía de manipular el Congreso, como si fuese un derecho adquirido del Poder Ejecutivo, y de poner y sacar jueces de acuerdo con las conveniencias políticas coyunturales, únicamente dejarán de avanzar cuando incorporemos a nuestra cultura política el criterio perdido de que las instituciones importan mucho más que los hombres.Claro que para esto debemos comportarnos como ciudadanos y no como simples espectadores. De una u otra cosa dependerá que construyamos una República en serio o que no vayamos más allá de una pobre democracia delegativa. De una u otra cosa dependerá también que el mundo cambie su percepción sobre nosotros o que siga asociando nuestra previsibilidad con la que marcan los chistes sobre argentinos. (c) LA GACETA

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