03 Septiembre 2006 Seguir en 

"De las ofensas debidas" y "De las venganzas tomadas". Bajo estos títulos folletinescos el índice anuncia las dos partes de La trama del pasado, tercera novela correspondiente a la saga de los Osorio, una familia de "antiguo linaje" cordobesa imaginada por Cristina Bajo.
Los enfrentamientos entre federales y unitarios operan como el marco de los acontecimientos que el relato ubica entre junio de 1840 y agosto de 1841. Los hechos de la novela refieren -detalladamente- el contexto de esas luchas en Córdoba, dotada de una geografía imprecisa que se extiende en poblados, estancias y fronteras. El armado de la trama gira en torno del conflicto de Fernando Osorio, quien se debate entre fidelidades familiares (de linaje) y políticas; la historia no carece, como corresponde al género, de enigmas que ocultan secretos de origen, mandatos de sangre y pasiones amorosas prohibidas por lazos de parentesco o diferencias sociales. Es ostensible la intención verosimilizante del relato en las notaciones precisas de tiempo, lugares y nombres, pero sobre todo en la descripción minuciosa hasta la exasperación de objetos y ambientes, que se complementa con la caracterización de los personajes ficticios y reales.
La presencia insistente de un narrador empeñado en informar al lector (y no meramente describir) sobre asuntos diversos obstaculiza el despliegue de la historia y opaca la transparencia del relato. No se entiende qué criterio impulsa a explicar, por dar un ejemplo, las causas de las piernas arqueadas de los pampas y de la lealtad de sus caballos. En cambio, se infiere una posición ideológica explícita cuando distingue aquel tipo de cortesía "que no se aprende, sino que se hereda", por dar otro.
A esa "interferencia" se suma la que ejerce la autora con un registro por orden alfabético de los personajes, lista que incorpora al final de la novela. Una verdadera genealogía donde se precisa el estatuto real o ficticio de cada uno; se informa sobre alguna particularidad que lo distingue; se advierte sobre su participación en otros libros de la sala de los Osorio y se aclara -en el caso de episodios del que participan también personajes "históricos"- qué es "verdad" y qué es ficción. La intervención de la autora en su afán por delimitar las fronteras entre los dos planos llega a niveles irritantes como este, referido a Manuel Oribe: "Personaje histórico: [...] La parte histórica es verdadera. La relación con los personajes de la novela es imaginaria". (352) (Me pregunto qué otro tipo de relación podría establecerse entre personajes "históricos" e imaginarios). En "Apostillas para la trama" la autora muestra el proceso de producción registrando las fuentes que le sirvieron como documentación para ambientar su novela. Los historiadores leerían este apartado con fruición. No es una mera lista bibliográfica. Se compone de textos breves sobre aspectos disímiles relativos a situaciones problemáticas o "curiosos" que le planteaban -según Bajo- ciertos temas, como por ejemplo, el de la cetrería, algunos oficios de mujeres, el atuendo masculino de un caballero porteño de la época, etcétera.
Si bien se propone escapar de una escritura anacrónica desnaturalizando, en cierto modo, la convención realista, o superando, por momentos, la representación maniquea del mundo configurado, en la novela gravita la estética del exceso. Ello le impide liberarse del melodrama, lo folletinesco y la idealización romántica. (c) LA GACETA.
Los enfrentamientos entre federales y unitarios operan como el marco de los acontecimientos que el relato ubica entre junio de 1840 y agosto de 1841. Los hechos de la novela refieren -detalladamente- el contexto de esas luchas en Córdoba, dotada de una geografía imprecisa que se extiende en poblados, estancias y fronteras. El armado de la trama gira en torno del conflicto de Fernando Osorio, quien se debate entre fidelidades familiares (de linaje) y políticas; la historia no carece, como corresponde al género, de enigmas que ocultan secretos de origen, mandatos de sangre y pasiones amorosas prohibidas por lazos de parentesco o diferencias sociales. Es ostensible la intención verosimilizante del relato en las notaciones precisas de tiempo, lugares y nombres, pero sobre todo en la descripción minuciosa hasta la exasperación de objetos y ambientes, que se complementa con la caracterización de los personajes ficticios y reales.
La presencia insistente de un narrador empeñado en informar al lector (y no meramente describir) sobre asuntos diversos obstaculiza el despliegue de la historia y opaca la transparencia del relato. No se entiende qué criterio impulsa a explicar, por dar un ejemplo, las causas de las piernas arqueadas de los pampas y de la lealtad de sus caballos. En cambio, se infiere una posición ideológica explícita cuando distingue aquel tipo de cortesía "que no se aprende, sino que se hereda", por dar otro.
A esa "interferencia" se suma la que ejerce la autora con un registro por orden alfabético de los personajes, lista que incorpora al final de la novela. Una verdadera genealogía donde se precisa el estatuto real o ficticio de cada uno; se informa sobre alguna particularidad que lo distingue; se advierte sobre su participación en otros libros de la sala de los Osorio y se aclara -en el caso de episodios del que participan también personajes "históricos"- qué es "verdad" y qué es ficción. La intervención de la autora en su afán por delimitar las fronteras entre los dos planos llega a niveles irritantes como este, referido a Manuel Oribe: "Personaje histórico: [...] La parte histórica es verdadera. La relación con los personajes de la novela es imaginaria". (352) (Me pregunto qué otro tipo de relación podría establecerse entre personajes "históricos" e imaginarios). En "Apostillas para la trama" la autora muestra el proceso de producción registrando las fuentes que le sirvieron como documentación para ambientar su novela. Los historiadores leerían este apartado con fruición. No es una mera lista bibliográfica. Se compone de textos breves sobre aspectos disímiles relativos a situaciones problemáticas o "curiosos" que le planteaban -según Bajo- ciertos temas, como por ejemplo, el de la cetrería, algunos oficios de mujeres, el atuendo masculino de un caballero porteño de la época, etcétera.
Si bien se propone escapar de una escritura anacrónica desnaturalizando, en cierto modo, la convención realista, o superando, por momentos, la representación maniquea del mundo configurado, en la novela gravita la estética del exceso. Ello le impide liberarse del melodrama, lo folletinesco y la idealización romántica. (c) LA GACETA.







