Se deja leer, aunque sin encanto

Por Cristina Bulacio. NOVELA.

03 Septiembre 2006
La sombra del éxito del Código Da Vinci se cierne sobre las páginas de esta novela. Quizás se pensó que aquel masivo reconocimiento del público sería anticipo de otros subsiguientes. Los temas relacionados con la Biblia o con tradiciones religiosas, las guerras medievales, los antropólogos, los descubrimientos de objetos sagrados, los secretos, etcétera, son el pan de cada día en estos relatos recientes. En este caso, se suma un detalle con pretensiones de originalidad; en la época medieval, explica la autora, se hablaba en esa región de Francia, Carcassone, el occitano o langue d?oc, un idioma emparentado con el catalán y antecesor del francés actual. Por esa razón, a menudo las palabras están escritas en los dos idiomas, sin que ello agregue nada al estilo ni a la trama.
Se cuenta que el papa Inocencio III, en 1208, se propone expulsar a los cátaros del mediodía francés. Era la primera cruzada en suelo europeo. Como es habitual, detrás de los elevados propósitos religiosos se esconden la codicia y la crueldad de los nobles cercanos a la Iglesia. La trama se desenvuelve en dos registros temporales separados por 800 años. Una línea argumental se desarrolla durante la Edad Media; la otra, en la época contemporánea. Un secreto que debe preservarse: el Santo Grial. Hay buenos y malos, héroes y villanos. La mujer aparece con un perfil propio; son ellas las elegidas para proteger el secreto, con ocho siglos de distancia; ambas tienen el mismo nombre, una escrito en occitano, Alaïs, y la otra en francés moderno, Alice. Todo reunido en seiscientas páginas, constituye este relato sin pena ni gloria. La novela se deja leer; la trama, con altibajos, no es desechable, pero su estilo es pobre, escueto, carente de encanto. No encontramos en ella una observación aguda, ni una gota de humor, ni un amago de ironía, aquella chispa de la inteligencia que brilla en los buenos escritores. La presencia de cualquiera de estos ingredientes, que hacen el deleite del lector, hubieran salvado este libro del aluvión de publicaciones intrascendentes. No sucedió así. (c) LA GACETA.

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