27 Agosto 2006 Seguir en 

La recensión de María Eugenia Valentié a la edición en castellano del llamado Evangelio de Judas trae algunas imprecisiones y opiniones que sería conveniente enmendar. (Ver en LA GACETA Literaria del 30 de junio pp.).
A MEV le resulta desconcertante, y "bastante" nos dice, que en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) Jesús diga a Judas, como en un acuerdo sobrentendido, que la traición por ejecutar la cumpla pronto. La frase, sin embargo, no se encuentra como ella señala en los tres evangelios referidos, sino sólo en el de Juan, evangelio según el cual Jesús conoce ciertamente todas las intenciones ocultas de los hombres. Y es en este donde queda claro por qué, al señalar Jesús a Judas como el que ha de entregarlo, no debería resultarle tampoco "extraña la falta de reacción de los discípulos" a MEV. Es Juan, por una indicación sin palabras de Pedro, el que pregunta a Jesús por el traidor. Y también con un gesto Jesús se lo señala, cosa que pareciera incierta si nos atenemos solamente al relato de los otros tres evangelistas. Es en este cuarto evangelio además donde se precisa por qué los discípulos tampoco advierten el sentido de las palabras con que Jesús urge a Judas para llevar su cometido interpretándolas de otro modo.
Mucho menos es "desconcertante que los soldados romanos necesitaran que alguien señalara a Jesús para que ellos pudieran aprisionarlo", como dice MEV, y, curiosidad literaria, la tesis de un personaje imaginado por J. L. Borges en un relato suyo.
No es desconcertante porque, como lo precisan con toda claridad los evangelios y no una vez, los enemigos de Jesús buscaban detenerlo sin el público por testigo y evitando hacerlo entre las multitudes peregrinas de la pascua por temor a la reacción del pueblo. Tampoco como equivoca (¡otra vez!) MEV, eran "los soldados romanos" quienes buscaban arrestarlo sino que fue una decisión de las autoridades religiosas judías, y por eso serían los guardianes o policías del Templo, reclutados entre los levitas, los encargados del prendimiento (pese a que solamente Juan incluye soldados romanos entre ellos). El supremo tribunal del Sanedrín podía legalmente detener, juzgar a Jesús y condenarlo a muerte, pero en Judea y Samaría (no así en Galilea) la aprobación y ejecución de la pena capital (el ius gladii) se la reservaban para sí los dominadores romanos.
Fui formado al igual que MEV en el "catolicismo tradicional", y nunca se me incitó para odiar a Judas como le pasó a ella. Sí creo más bien que la asimilación popular de los relatos evangélicos llevaba espontáneamente al gesto de amar al héroe y aborrecer al villano.
El Evangelio es rotundo y sobrio al decir que Judas, como tesorero del grupo de los doce apóstoles, administraba los dineros y rapiñaba de ellos, y que esa codicia lo hizo traicionar a Jesús por treinta monedas de plata. El deseo de reelaborar estéticamente el relato como una tragedia llevó a las fantasías desbordadas a concebir en todos los tiempos que semejante traición sólo hubiese podido partir de un personaje torturado y complejo, impulsado por el deseo de forzar a que Jesús se impusiera para salvarse como el anhelado Mesías guerrero, o por la desilusión que le produjo de no ser ese Mesías o, como en este caso, para que fuese posible la Pasión. Cuesta a algunas mentalidades exquisitas aceptar que la traición mayúscula de esta humanidad haya sido cometida por motivaciones pedestres como las de la avaricia, tan común y vulgar entre nuestras mediocridades cotidianas. No alcanzo a ver si los desconciertos de MEV son concesiones tolerantes a encontrar cierta verosimilitud posible (no veracidad) en las ideas del Evangelio de Judas ni tampoco si esta posición, repetida por muchos en estos días sobre el tema de los amores entre Jesús y María Magdalena, obedece al sentimiento de inferioridad contemporáneo que aqueja a cierto catolicismo intelectualmente terminal.
Todo esto sea dicho con el debido reconocimiento a la figura de MEV, cuya docencia ha honrado largamente a la Universidad Nacional de Tucumán.
A MEV le resulta desconcertante, y "bastante" nos dice, que en los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) Jesús diga a Judas, como en un acuerdo sobrentendido, que la traición por ejecutar la cumpla pronto. La frase, sin embargo, no se encuentra como ella señala en los tres evangelios referidos, sino sólo en el de Juan, evangelio según el cual Jesús conoce ciertamente todas las intenciones ocultas de los hombres. Y es en este donde queda claro por qué, al señalar Jesús a Judas como el que ha de entregarlo, no debería resultarle tampoco "extraña la falta de reacción de los discípulos" a MEV. Es Juan, por una indicación sin palabras de Pedro, el que pregunta a Jesús por el traidor. Y también con un gesto Jesús se lo señala, cosa que pareciera incierta si nos atenemos solamente al relato de los otros tres evangelistas. Es en este cuarto evangelio además donde se precisa por qué los discípulos tampoco advierten el sentido de las palabras con que Jesús urge a Judas para llevar su cometido interpretándolas de otro modo.
Mucho menos es "desconcertante que los soldados romanos necesitaran que alguien señalara a Jesús para que ellos pudieran aprisionarlo", como dice MEV, y, curiosidad literaria, la tesis de un personaje imaginado por J. L. Borges en un relato suyo.
No es desconcertante porque, como lo precisan con toda claridad los evangelios y no una vez, los enemigos de Jesús buscaban detenerlo sin el público por testigo y evitando hacerlo entre las multitudes peregrinas de la pascua por temor a la reacción del pueblo. Tampoco como equivoca (¡otra vez!) MEV, eran "los soldados romanos" quienes buscaban arrestarlo sino que fue una decisión de las autoridades religiosas judías, y por eso serían los guardianes o policías del Templo, reclutados entre los levitas, los encargados del prendimiento (pese a que solamente Juan incluye soldados romanos entre ellos). El supremo tribunal del Sanedrín podía legalmente detener, juzgar a Jesús y condenarlo a muerte, pero en Judea y Samaría (no así en Galilea) la aprobación y ejecución de la pena capital (el ius gladii) se la reservaban para sí los dominadores romanos.
Fui formado al igual que MEV en el "catolicismo tradicional", y nunca se me incitó para odiar a Judas como le pasó a ella. Sí creo más bien que la asimilación popular de los relatos evangélicos llevaba espontáneamente al gesto de amar al héroe y aborrecer al villano.
El Evangelio es rotundo y sobrio al decir que Judas, como tesorero del grupo de los doce apóstoles, administraba los dineros y rapiñaba de ellos, y que esa codicia lo hizo traicionar a Jesús por treinta monedas de plata. El deseo de reelaborar estéticamente el relato como una tragedia llevó a las fantasías desbordadas a concebir en todos los tiempos que semejante traición sólo hubiese podido partir de un personaje torturado y complejo, impulsado por el deseo de forzar a que Jesús se impusiera para salvarse como el anhelado Mesías guerrero, o por la desilusión que le produjo de no ser ese Mesías o, como en este caso, para que fuese posible la Pasión. Cuesta a algunas mentalidades exquisitas aceptar que la traición mayúscula de esta humanidad haya sido cometida por motivaciones pedestres como las de la avaricia, tan común y vulgar entre nuestras mediocridades cotidianas. No alcanzo a ver si los desconciertos de MEV son concesiones tolerantes a encontrar cierta verosimilitud posible (no veracidad) en las ideas del Evangelio de Judas ni tampoco si esta posición, repetida por muchos en estos días sobre el tema de los amores entre Jesús y María Magdalena, obedece al sentimiento de inferioridad contemporáneo que aqueja a cierto catolicismo intelectualmente terminal.
Todo esto sea dicho con el debido reconocimiento a la figura de MEV, cuya docencia ha honrado largamente a la Universidad Nacional de Tucumán.







