27 Agosto 2006 Seguir en 

Agradezco a Jorge Saltor su nota sobre mi artículo "¿Dios ha muerto?", aparecido en LA GACETA Literaria el 11 de junio pp. Respeto la solidez intelectual de Saltor lo mismo que su confesada fe cristiana.
Sin duda mi escrito está originado en la ausencia de cualquier fe confesional y en el ánimo de entender (pues, entre otras cosas, soy aprendiz de filósofo). Y lo que percibo desde allí es un sostenido y milenario vínculo entre la violencia y la militancia practicada por grupos religiosos. Estos fundan su xenofobia, en medida importante, sobre las diferentes interpretaciones de lo que cada uno de ellos estima "textos sagrados". Los días aciagos que hoy viven israelíes, palestinos y libaneses son una clara manifestación de esa penosa realidad.
Voy a detenerme brevemente en una observación de Jorge Saltor a mi trabajo. A su juicio, "Jesús no les manda a sus discípulos que arrasen las ciudades en las que no hayan tenido éxito misional". Pero no sostuve lo contrario en mi escrito: "Luego de enviar a 72 discípulos para que distribuyan su mensaje (?Quien les escucha a ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado?), les adoctrina: ?Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes. Yo les aseguro que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad? (Lucas, 10,10-12)".
Lo que quise destacar en los textos citados por mí del Corán, del Antiguo y del Nuevo Testamento es el ánimo beligerante de un dios guerrero, vengativo, dispuesto al genocidio y a la destrucción de los seres humanos que no respeten sus mandatos. Se trata de un dios inspirador de odios diversos como recurso para lograr la unión de los distintos grupos religados. Grupos que tienden a la multiplicación sobre la base de un anecdotario verdaderamente increíble, como el de sunnitas y shiitas, o el de judíos y cristianos."¿Por qué debemos guerrear si todos somos hijos de Abraham?", oí decir a Arafat con una amplia sonrisa de abuelo benévolo premiado con el Nobel. Pero recuerdo también una lejana fotografía suya haciendo la V de la victoria luego de masacrar con obuses a más de 30 niños israelíes que viajaban en ómnibus hacia la escuela de un kibutz. ¿Cómo entenderlo? Visto desde fuera de cualquier credo, sencillamente parece un disparate que el odio se ejercite a partir de la común creencia en un mismo dios, debido a las diferentes letras chicas de sus respectivos convenios o alianzas con él. Un hombre contemporáneo y civilizado no puede comprender la incitación al degüello y a la destrucción que es sencillo encontrar en los llamados "textos sagrados" de cada bando.
No he sostenido en mi escrito un vínculo mecánico entre religión y violencia. Vuelvo a citarme: "Se dirá, con razón, que no puede atribuirse solamente al odio religioso la presencia de la violencia en estos días. Otros factores la alientan, sin duda. Pero es difícil no ver en la xenofobia religiosa uno de sus componentes centrales". Como animales que somos, marcamos territorios, no sólo geográficos sino, además, ideológicos. Las barras bravas nos acostumbraron a sus luchas territoriales sin otra pasión que la "fe" no religiosa en los méritos de su club. Y el comunismo montó el más eficaz genocidio histórico desde un simulacro de teología, el marxismo.De modo que vuelvo a mi metáfora, que sintetiza visualmente la interpretación que hago del asunto: como cualquier animal, el hombre es un arma cargada; esa carga puede activarse de modos muy diversos; usualmente el percutor proviene de un virulento acto de fe (religiosa o no). Aquí es donde forzosamente debemos distinguir dos formas de religión: una elevada, íntima, enriquecedora del alma humana, minoritaria y escasa (no imagino a San Juan de la Cruz promoviendo una guerra santa); la otra, masiva, institucional, callejera, ruidosa, prepotente, con sus teólogos, sus inquisiciones y sus templos tumultuosos (sí imagino a San Agustín en esa tarea sembradora de odios finales, hablando de "infieles", "necios" condenados para siempre al tormento de los infiernos por "sordos a la palabra de Dios"). Resumiendo: flor de percutor el monoteísmo institucionalizado.
Sin duda mi escrito está originado en la ausencia de cualquier fe confesional y en el ánimo de entender (pues, entre otras cosas, soy aprendiz de filósofo). Y lo que percibo desde allí es un sostenido y milenario vínculo entre la violencia y la militancia practicada por grupos religiosos. Estos fundan su xenofobia, en medida importante, sobre las diferentes interpretaciones de lo que cada uno de ellos estima "textos sagrados". Los días aciagos que hoy viven israelíes, palestinos y libaneses son una clara manifestación de esa penosa realidad.
Voy a detenerme brevemente en una observación de Jorge Saltor a mi trabajo. A su juicio, "Jesús no les manda a sus discípulos que arrasen las ciudades en las que no hayan tenido éxito misional". Pero no sostuve lo contrario en mi escrito: "Luego de enviar a 72 discípulos para que distribuyan su mensaje (?Quien les escucha a ustedes, me escucha a mí; quien les rechaza a ustedes, me rechaza a mí; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado?), les adoctrina: ?Pero si entran en una ciudad y no quieren recibirles, vayan a sus plazas y digan: Nos sacudimos y les dejamos hasta el polvo de su ciudad que se ha pegado a nuestros pies. Con todo, sépanlo bien: el Reino de Dios ha venido a ustedes. Yo les aseguro que en el día del juicio, Sodoma será tratada con menos rigor que esa ciudad? (Lucas, 10,10-12)".
Lo que quise destacar en los textos citados por mí del Corán, del Antiguo y del Nuevo Testamento es el ánimo beligerante de un dios guerrero, vengativo, dispuesto al genocidio y a la destrucción de los seres humanos que no respeten sus mandatos. Se trata de un dios inspirador de odios diversos como recurso para lograr la unión de los distintos grupos religados. Grupos que tienden a la multiplicación sobre la base de un anecdotario verdaderamente increíble, como el de sunnitas y shiitas, o el de judíos y cristianos."¿Por qué debemos guerrear si todos somos hijos de Abraham?", oí decir a Arafat con una amplia sonrisa de abuelo benévolo premiado con el Nobel. Pero recuerdo también una lejana fotografía suya haciendo la V de la victoria luego de masacrar con obuses a más de 30 niños israelíes que viajaban en ómnibus hacia la escuela de un kibutz. ¿Cómo entenderlo? Visto desde fuera de cualquier credo, sencillamente parece un disparate que el odio se ejercite a partir de la común creencia en un mismo dios, debido a las diferentes letras chicas de sus respectivos convenios o alianzas con él. Un hombre contemporáneo y civilizado no puede comprender la incitación al degüello y a la destrucción que es sencillo encontrar en los llamados "textos sagrados" de cada bando.
No he sostenido en mi escrito un vínculo mecánico entre religión y violencia. Vuelvo a citarme: "Se dirá, con razón, que no puede atribuirse solamente al odio religioso la presencia de la violencia en estos días. Otros factores la alientan, sin duda. Pero es difícil no ver en la xenofobia religiosa uno de sus componentes centrales". Como animales que somos, marcamos territorios, no sólo geográficos sino, además, ideológicos. Las barras bravas nos acostumbraron a sus luchas territoriales sin otra pasión que la "fe" no religiosa en los méritos de su club. Y el comunismo montó el más eficaz genocidio histórico desde un simulacro de teología, el marxismo.De modo que vuelvo a mi metáfora, que sintetiza visualmente la interpretación que hago del asunto: como cualquier animal, el hombre es un arma cargada; esa carga puede activarse de modos muy diversos; usualmente el percutor proviene de un virulento acto de fe (religiosa o no). Aquí es donde forzosamente debemos distinguir dos formas de religión: una elevada, íntima, enriquecedora del alma humana, minoritaria y escasa (no imagino a San Juan de la Cruz promoviendo una guerra santa); la otra, masiva, institucional, callejera, ruidosa, prepotente, con sus teólogos, sus inquisiciones y sus templos tumultuosos (sí imagino a San Agustín en esa tarea sembradora de odios finales, hablando de "infieles", "necios" condenados para siempre al tormento de los infiernos por "sordos a la palabra de Dios"). Resumiendo: flor de percutor el monoteísmo institucionalizado.







