"La Carpa" y LA GACETA Literaria
Tucumán: apuntes autobiográficos. Por Víctor Massuh, para LA GACETA - Buenos Aires. En el prólogo de la "Muestra Colectiva" de poetas, publicada por "La Carpa" en 1944, los autores afirmaban, provocativos, tener la convicción de que "en el norte la poesía comienza con nosotros".
27 Agosto 2006 Seguir en 

El sentimiento de pertenencia americana fue muy nítido en la labor de los escritores del Noroeste Argentino agrupados en una asociación llamada La Carpa. La dirigía en Tucumán el gran poeta jujeño Raúl Galán y la integraban excelentes poetas, cuentistas y ensayistas. La primera entrega de La Carpa fue Tiempo Deseado, un libro de poemas del tucumano Julio Ardiles Gray, en 1943. Con esa obra, Ardiles Gray inicia su notable trayectoria en las letras argentinas. Personalidad poliédrica y querible, se destaca no sólo como poeta sino también como novelista, autor de cuentos, hombre de teatro, periodista e inolvidable promotor de la cultura en su provincia.
Ese mismo año de 1943 publiqué en Tucumán (Editorial La Raza, de Andrés Aparicio) mi primer libro, En torno a Rafael Barrett, una conciencia libre. Era un ensayo sobre la obra del gran escritor español de la Generación del 98, que en América vivió agónicamente una notable conversión espiritual. Meses después de aparecer el libro, me encuentro con Galán en la Sociedad Sarmiento. Sin preámbulos y con su inconfundible voz grave y sentenciosa me dijo: "Desde ahora pertenecés a La Carpa. Tu libro está acorde con su espíritu". Me alegró sentirme vinculado a La Carpa y coincidir con Ardiles Gray en una estimulante aventura. Todos éramos entonces muy jóvenes.
Al año siguiente, 1944, La Carpa publicaba, en su tercera entrega, la resonante Muestra Colectiva de poetas norteños: María Adela Agudo, Raúl Aráoz Anzoátegui, Julio Ardiles Gray, Manuel J. Castilla, Raúl Galán, María Elvira Juárez, José F. Molina, Nicandro Pereyra y Sara San Martín. En el prólogo los autores afirmaban, provocativos, tener la convicción "de que en el Norte la poesía comienza con nosotros". Yo colaboré en ese número con un artículo sobre el poeta español León Felipe y mantuve siempre, con ese grupo de poetas, una relación de afecto y simpatía. Ellos conocían las corrientes de vanguardia europeas que sabían armonizar con un entrañable apego al terruño. Un libro de Galán se llamó Carne de tierra, otro de Castilla La tierra de uno y un tercero de Ardiles Gray Cánticos terrenales. La connotación telúrica era muy fuerte. Los poetas de La Carpa le otorgaron importancia al paisaje norteño, su coloratura étnica y su música. Combinaban estos rasgos vitales con una sensibilidad a lo social que culminaba en un cierto mesianismo regional americano (Sara San Martín).
Compartí con ellos muchos de esos fervores pero, sobre todo, me enseñaron a amar la poesía. Siendo yo ensayista aprendí que la poesía fuera siempre maestra de la prosa. Ellos confirmaban la lección que siempre recibí de Tucumán: un encuentro de mensajes diferentes con vocación de síntesis. De una u otra manera, con énfasis distinto, aparecía la referencia a América como promesa de esa utopía del Nuevo Mundo con la que soñaron humanistas y libertadores. En esos años la Segunda Gran Guerra tocaba a su fin, Europa había quedado exhausta y en el horizonte mundial se insinuaba el advenimiento de un tiempo favorable a América Latina. Desde lo alto de esas expectativas es cierto que lo que vino después fue una decepción.2) Las peripecias que describí se vivieron durante mis años de Tucumán. Tenía 27 años cuando en 1951 me trasladé definitivamente a Buenos Aires -donde aún habito- con la interrupción de los períodos pasados afuera: los enumeraré rápidamente porque mi intención es referirme sólo a aquello que concierne a la supervivencia de Tucumán en mi mente, mis libros o el recuerdo. Viví un año en Córdoba como decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de su Universidad Nacional; dos años y medio en Alemania Occidental haciendo estudios de posgrado en la Universidad de Tübingen; siete años y medio en París por tareas diplomáticas en UNESCO; seis años en Bélgica también como embajador de nuestro país. Estadías por períodos menores se dieron en Estados Unidos (seis meses) e India (tres meses).
3) Durante esos tiempos de ausencia, Tucumán no dejaba de estar presente de alguna manera. En primer lugar, periodísticamente. Desde su fundación en 1949, fui colaborador del suplemento literario de LA GACETA de Tucumán. Gracias a la generosidad del diario y del director del suplemento, mi amigo Daniel Alberto Dessein, nunca dejé de recibir esa publicación dominical cualquiera fuese el punto geográfico en el que me hallare. Tucumán seguía mis pasos. Siempre agradecí ese hilo de oro que me ligaba a la provincia y permitía enviarle notas y seguir su desarrollo cultural, el trabajo de colegas queridos, el surgimiento de nuevos escritores.
Esto último fue incesante. Casos notorios fueron los de Tomás Eloy Martínez y Joaquín Morales Solá (h). Ambos, adolescentes, dieron sus primeros pasos en LA GACETA, allí encontraron orientación y hoy son figuras destacadas de las letras y el periodismo argentinos. Casos similares de tucumanos prestigiosos que forjaron buena parte de su obra en las páginas literarias del diario fueron Ricardo Casterán, Guillermo Orce Remis, Arturo Ponsati, Ramón Leoni Pinto, Hugo Foguet y Néstor Grau, que ya no están con nosotros. Pero también son los de María Eugenia Valentié, Lucía Piossek, Julio Ardiles Gray, Roberto Rojo, Jorge Estrella, Samuel Schkolnik, Cristina Bulacio, Eugenia Flores de Molinillo, Roberto Espinosa, Inés Aráoz, Carmen Perilli, Juan Carlos Di Lullo, Beatriz Parolo, Alvaro Aurane, Patricia Kreibohm, Federico Abel, Domingo Cosenza y Daniel Dessein. Todos ellos, a través de LA GACETA Literaria, dieron prueba de la vitalidad creadora de Tucumán en el cuadro de la inteligencia argentina.
El suplemento de Dessein alcanzó un alto nivel en su género. Esa publicación de provincia podría haberse limitado al cerco localista que, de por sí, era y sigue siendo muy rico. Pero en cambio se abrió a colaboradores externos y a una variedad de perspectivas. Esta opción por la apertura fue, una vez más, la expresión de esa viva tradición tucumana proclive a la pluralidad y a la síntesis, a unir los temas de actualidad y los de investigación académica, lo local y lo foráneo.Siempre la nota de ese paradójico cosmopolitismo "de tierra adentro" que yo celebraba en mis años juveniles. Dicho de otra manera: un férreo provincianismo empecinado, no obstante, en superar sus propios límites. (c) LA GACETA
Ese mismo año de 1943 publiqué en Tucumán (Editorial La Raza, de Andrés Aparicio) mi primer libro, En torno a Rafael Barrett, una conciencia libre. Era un ensayo sobre la obra del gran escritor español de la Generación del 98, que en América vivió agónicamente una notable conversión espiritual. Meses después de aparecer el libro, me encuentro con Galán en la Sociedad Sarmiento. Sin preámbulos y con su inconfundible voz grave y sentenciosa me dijo: "Desde ahora pertenecés a La Carpa. Tu libro está acorde con su espíritu". Me alegró sentirme vinculado a La Carpa y coincidir con Ardiles Gray en una estimulante aventura. Todos éramos entonces muy jóvenes.
Al año siguiente, 1944, La Carpa publicaba, en su tercera entrega, la resonante Muestra Colectiva de poetas norteños: María Adela Agudo, Raúl Aráoz Anzoátegui, Julio Ardiles Gray, Manuel J. Castilla, Raúl Galán, María Elvira Juárez, José F. Molina, Nicandro Pereyra y Sara San Martín. En el prólogo los autores afirmaban, provocativos, tener la convicción "de que en el Norte la poesía comienza con nosotros". Yo colaboré en ese número con un artículo sobre el poeta español León Felipe y mantuve siempre, con ese grupo de poetas, una relación de afecto y simpatía. Ellos conocían las corrientes de vanguardia europeas que sabían armonizar con un entrañable apego al terruño. Un libro de Galán se llamó Carne de tierra, otro de Castilla La tierra de uno y un tercero de Ardiles Gray Cánticos terrenales. La connotación telúrica era muy fuerte. Los poetas de La Carpa le otorgaron importancia al paisaje norteño, su coloratura étnica y su música. Combinaban estos rasgos vitales con una sensibilidad a lo social que culminaba en un cierto mesianismo regional americano (Sara San Martín).
Compartí con ellos muchos de esos fervores pero, sobre todo, me enseñaron a amar la poesía. Siendo yo ensayista aprendí que la poesía fuera siempre maestra de la prosa. Ellos confirmaban la lección que siempre recibí de Tucumán: un encuentro de mensajes diferentes con vocación de síntesis. De una u otra manera, con énfasis distinto, aparecía la referencia a América como promesa de esa utopía del Nuevo Mundo con la que soñaron humanistas y libertadores. En esos años la Segunda Gran Guerra tocaba a su fin, Europa había quedado exhausta y en el horizonte mundial se insinuaba el advenimiento de un tiempo favorable a América Latina. Desde lo alto de esas expectativas es cierto que lo que vino después fue una decepción.2) Las peripecias que describí se vivieron durante mis años de Tucumán. Tenía 27 años cuando en 1951 me trasladé definitivamente a Buenos Aires -donde aún habito- con la interrupción de los períodos pasados afuera: los enumeraré rápidamente porque mi intención es referirme sólo a aquello que concierne a la supervivencia de Tucumán en mi mente, mis libros o el recuerdo. Viví un año en Córdoba como decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades de su Universidad Nacional; dos años y medio en Alemania Occidental haciendo estudios de posgrado en la Universidad de Tübingen; siete años y medio en París por tareas diplomáticas en UNESCO; seis años en Bélgica también como embajador de nuestro país. Estadías por períodos menores se dieron en Estados Unidos (seis meses) e India (tres meses).
3) Durante esos tiempos de ausencia, Tucumán no dejaba de estar presente de alguna manera. En primer lugar, periodísticamente. Desde su fundación en 1949, fui colaborador del suplemento literario de LA GACETA de Tucumán. Gracias a la generosidad del diario y del director del suplemento, mi amigo Daniel Alberto Dessein, nunca dejé de recibir esa publicación dominical cualquiera fuese el punto geográfico en el que me hallare. Tucumán seguía mis pasos. Siempre agradecí ese hilo de oro que me ligaba a la provincia y permitía enviarle notas y seguir su desarrollo cultural, el trabajo de colegas queridos, el surgimiento de nuevos escritores.
Esto último fue incesante. Casos notorios fueron los de Tomás Eloy Martínez y Joaquín Morales Solá (h). Ambos, adolescentes, dieron sus primeros pasos en LA GACETA, allí encontraron orientación y hoy son figuras destacadas de las letras y el periodismo argentinos. Casos similares de tucumanos prestigiosos que forjaron buena parte de su obra en las páginas literarias del diario fueron Ricardo Casterán, Guillermo Orce Remis, Arturo Ponsati, Ramón Leoni Pinto, Hugo Foguet y Néstor Grau, que ya no están con nosotros. Pero también son los de María Eugenia Valentié, Lucía Piossek, Julio Ardiles Gray, Roberto Rojo, Jorge Estrella, Samuel Schkolnik, Cristina Bulacio, Eugenia Flores de Molinillo, Roberto Espinosa, Inés Aráoz, Carmen Perilli, Juan Carlos Di Lullo, Beatriz Parolo, Alvaro Aurane, Patricia Kreibohm, Federico Abel, Domingo Cosenza y Daniel Dessein. Todos ellos, a través de LA GACETA Literaria, dieron prueba de la vitalidad creadora de Tucumán en el cuadro de la inteligencia argentina.
El suplemento de Dessein alcanzó un alto nivel en su género. Esa publicación de provincia podría haberse limitado al cerco localista que, de por sí, era y sigue siendo muy rico. Pero en cambio se abrió a colaboradores externos y a una variedad de perspectivas. Esta opción por la apertura fue, una vez más, la expresión de esa viva tradición tucumana proclive a la pluralidad y a la síntesis, a unir los temas de actualidad y los de investigación académica, lo local y lo foráneo.Siempre la nota de ese paradójico cosmopolitismo "de tierra adentro" que yo celebraba en mis años juveniles. Dicho de otra manera: un férreo provincianismo empecinado, no obstante, en superar sus propios límites. (c) LA GACETA







